El nuevo mapa de Oriente Próximo.

Mapa de Oriente Próximo en 1862. Fuente: Maproom.

Autora: Clara Rodríguez

Fuente: elordenmundial.com, 27/03/2018

La guerra de Siria y la lucha contra el Dáesh presentan oportunidades de redefinición de las fronteras en determinadas regiones de Oriente Próximo que, si bien podrían no consolidarse de forma física, podrán apreciarse demográficamente o como zonas de influencia. Las identidades, los recursos y los intereses geopolíticos son algunos de los factores que rediseñan el nuevo mapa de Oriente Próximo.

“Sueñas / que te despiertas / cuando no hay guerras”, escribía el poeta iraquí Basem Furat hace más de una década. Probablemente cualquiera en su país vecino habrá pensado lo mismo en algún momento. La guerra en Siria dura ya siete años y por el momento ha dejado más de 350.000 muertos, cinco millones de refugiados y un país arruinado económicamente. Ahora que el conflicto ha entrado en una nueva fase, con un Bashar al Asad triunfante sobre los rebeldes gracias a la intervención rusa y con un Dáesh reducido y acorralado en puntos concretos del país, viene la pregunta: ¿y ahora qué?

Nueve reuniones de las Naciones Unidas y un Congreso del Diálogo Nacional Sirio convocado por Rusia junto con Turquía e Irán han fracasado en el intento de establecer unas bases para el posconflicto sirio. En todo caso, en el documento final de este último se continúa respaldando a Al Asad y defendiendo “la total soberanía, independencia, integridad territorial y unidad de la República Árabe de Siria, su territorio y su pueblo”. Precisamente Siria es el punto alrededor del cual órbita un posible cambio de fronteras en Oriente Próximo.

La cantidad de actores que han intervenido en la guerra siria y la ubicación geográfica del país funcionarán como elementos claves para hacer un esbozo del futuro de la región una vez finalice oficialmente el conflicto. Las nuevas y, probablemente, breves alianzas surgidas al calor de la guerra —Rusia, Turquía e Irán con el añadido del Gobierno de Damasco y, sorprendentemente, Catar— y las rutas de recursos energéticos marcarán el futuro de la región.

Los kurdos en Siria e Irak

Como una de las cartas eternas dentro de la baraja de posibilidades para el posconflicto sirio, la destitución del presidente Al Asad ha sido una de las más presentadas, especialmente por Estados Unidos. Los analistas estadounidenses han mantenido siempre dos líneas de discurso cuando se ha abordado el tema de la solución al conflicto sirio: que se constituyeran provincias con poder autónomo —al menos temporalmente— y que no gobernara Al Asad bajo ningún concepto. La primera propuesta hace un guiño a los kurdos; la segunda pretende que las regiones sirias conformen un Gobierno de mayoría suní que, sin Al Asad —de confesión alauita— al frente, favorezca los intereses de otros países suníes.

Que Al Asad goza de poca popularidad entre sus homólogos de los países vecinos no es ninguna sorpresa; por eso precisamente la tríada Turquía-Rusia-Irán es hipócrita. Mientras tanto, Rusia protege al presidente alauita, tal como ha hecho desde el inicio del conflicto; en realidad, el Gobierno de Moscú tampoco quiere ejercer en Oriente Próximo más influencia de la que le conviene, porque sabe que los aliados son coyunturales y que existen rivalidades entre ellos.

La excelente defensa de sus territorios contra el Dáesh tanto en Siria como en Irak y la autoadministración de las zonas que dominaban después han despertado simpatía por la causa kurda. Con el apoyo de Estados Unidos y también de Rusia, los kurdos evitaron el avance de Dáesh, recuperaron todo el norte y el este de Siria, liberaron ciudades y se encargaron de la población civil. Todo ello los hizo sentirse legitimados para la consagración, por fin, del Kurdistán sirio. Jamás se vieron en otra igual.

Pero la creación de un Estado kurdo nunca ha interesado por razones históricas —en el caso de Turquía— y, sobre todo, geopolíticas —Siria e Irak—, relacionadas especialmente con el terreno sobre el que los kurdos se asientan, rico en recursos energéticos y naturales. Los kurdos han sido, de hecho, una de las principales preocupaciones de Turquía en relación a la guerra de Siria. El Gobierno de Ankara reprueba el nacimiento de un territorio autónomo kurdo en su frontera sur que pudiera hacer más intensa la insurgencia del Partido de los Trabajadores de Kurdistán en suelo turco. Por eso, en enero de 2018 Turquía atacó la provincia kurdosiria de Afrín, en el noroeste de Siria.

En 2014 los tres cantones del norte de Siria —Afrín, Kobane y Jazira— pasaron a ser las regiones de la independizada de facto Federación Democrática del Norte de Siria, más conocida como Kurdistán sirio o Rojava. La región de Afrín abarca el noroeste —gama de amarillos—; la de Jazira, el nordeste —gama de verdes—, y la del Éufrates, antiguo cantón de Kobane, el área intermedia —gama de rojos y morados—. La zona azul corresponde a territorio controlado aún no incorporado a una provincia. Fuente: Wikimedia

La incursión militar de Turquía tenía, por tanto, la intención de impedir la estabilidad y continuidad territorial de las regiones kurdas, especialmente en el entorno de sus fronteras, aunque maquillara la actuación como lucha antiterrorista. Actualmente, en la ciudad más importante de la región de Afrín, homónima, ya ondea la bandera turca. El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdoğan, fue el encargado de confirmarlo con un discurso que puede interpretarse en clave imperialista, aunque el primer ministro turco previamente había zanjado cualquier conjetura al respecto negando que su país tuviera interés en expandir su territorio en Siria. En cualquier caso, tanto si Turquía mantiene sus tropas en Afrín como, sobre todo, si continúan avanzando, cabe poca duda de que habrá una prolongación del conflicto y borrones en la frontera del norte sirio.

En Irak, como en Siria, los kurdos aprovecharon sus victorias contra el Dáesh para ganar territorio, con enclaves tan importantes como la ciudad petrolera de Kirkuk. Eufóricos, los kurdos iraquíes llegaron a celebrar en septiembre de 2017 un referéndum para decidir la independencia respecto de Irak y constituirse por fin como Estado. Pero fue una decisión precipitada: apenas un mes después, el ejército iraquí —con ayuda de Irán— retomó Kirkuk y obligó a los kurdos a replegarse hasta sus posiciones iniciales, esto es, la autonomía reconocida como kurda en la Constitución iraquí de 2005. Lo que en un principio era el sueño cumplido del Kurdistán quedó disuelto en pocos días. En realidad, la falta de cohesión de los diferentes grupos políticos kurdos es uno de los factores que mantiene estancado un resurgimiento del Kurdistán en Irak, lo cual no impide que pueda darse en los próximos años un nuevo intento de formación del Estado kurdo.

Las aspiraciones iraníes

La escalada de tensión y violencia entre Arabia Saudí e Irán va mucho más allá de lasupuesta rivalidad entre suníes y chiíes o el odio sectario convenientemente explotado: está en juego el dominio geopolítico de Oriente Próximo y también elcontrol de los flujos de gas y petróleo en la zona. La competencia entre las dos potencias ha sido evidente en la guerra de Siria, pero sobre todo en el conflicto en Yemen. Aun así, más que juego de poderes o cambio de fronteras entre los Estados creados por el tratado de Sykes-Picot, en esta ocasión se trata de la predominancia de aliados a lo largo de toda la región. Y aquí Irán ya tiene mucho trabajo hecho.

En los últimos años, Irán ha construido un arco de influencia chií de oeste a este que le permite alcanzar el Mediterráneo a través de poblaciones y zonas aliadas. ¿Cómo lo ha conseguido? Teherán se ha valido de circunstancias como la situación inestable en Irak, la alianza con Siria, la lucha contra el Dáesh y, por supuesto, su contacto con Hezbolá para ganar presencia militar a lo largo de Oriente Próximo. El corredor sale de Irán por el suroeste para entrar en Irak a través de las provincias iraquíes de mayoría chií, situadas al sur. Las mismas milicias chiíes que ayudaron al Gobierno de Irak en el repliegue del Dáesh y de los kurdos aseguran el camino hacia el norte del país para finalmente entrar en Siria a través de las zonas dominadas por Al Asad. La salida al mar la tendría o bien a través de Hezbolá en el sur de Líbano o bien a través de la base militar rusa en Latakia (Siria).

Si se profundiza un poco más en cómo podría afectar ese corredor iraní a las fronteras de Oriente Próximo, hay que detenerse en el caso de Irak. Con el sambenito eterno de“Estado fallido”, el país enfrenta desde hace años un contexto de inestabilidad política y violencia que el vecino Irán ha aprovechado muy bien. El país persa ha extendido su influencia en Irak descentralizando aún más el poder del Estado y azuzando la espada de Damocles que encarna la fragmentación del país. Sin embargo, el daño causado por el Dáesh ha suavizado las tensiones internas, ya que ha despertado un sentimiento nacional por el que previsiblemente Bagdad, encabezado por los chiíes, se volcará con las áreas más afectadas, como Mosul, aunque estas zonas sean kurdo-suníes.

Por su parte, si es cierto, como recogen algunas fuentes, que están produciéndose trasvases forzados de población en Siria, la demografía del país cambiará para siempre. La mayoría de la población siria —aproximadamente el 70%— es suní. La guerra provocó la huida de la población civil —especialmente suníes, ya que minorías como las cristianas nunca fueron atacadas por el régimen—, que siete años después, con la consolidación de Al Asad en la mayor parte del país, regresa a sus hogares. No obstante, hay fuentes que indican que se están llevando a cabo ocupaciones en zonas anteriormente de mayoría suní con ciudadanos y milicianos de creencia chií, así como permutas de población suní y chií en zonas del oeste de Siria, en ciudades como Homs y Damasco; asimismo, hay indicios claros de una fuerte presencia militar iraní en Siria. Evidentemente, Al Asad se está asegurando zonas leales, sin rebeldes ni opositores, lo que consolidaría la influencia chií en una Siria de posguerra. Quedaría pendiente para más adelante la situación en los Altos del Golán.

Si en el norte tiene lugar una guerra de desgaste cuyo fondo es la cuestión kurda y es cierto que Al Asad está concentrando población de lo que hasta entonces eran minorías en Siria —cristianos, alauíes y otros grupos chiíes—, presumiblemente, en el oeste, los suníes quedarían desplazados hacia el este, colindando justo con las provincias de Irak de mayoría suní. De cumplirse esta previsión, se haría realidad parte de los famosos mapas hipotéticos que abogan por la división de Oriente Próximo según las diferentes ramas religiosas o entidades culturales. Eso sí, sería sobre todo en clave demográfica, ya que de facto habría que plantearse si políticamente los ciudadanos suníes sirios e iraquíes se identifican entre sí hasta el punto de querer conformar un país o renunciar al actual tan solo por coincidir en el tipo de islam que practican. Por otro lado, Al Asad quedaría retratado como el dirigente que sacrificó todo, incluso parte de su territorio, con tal de la victoria y de continuar gobernando. Y el gran beneficiado de todo ello sería Irán.

Siria, el epicentro de los recursos

Si todo saliera según lo previsto, el arco de influencia o puente iraní incluirá carreteras y ferrocarriles que facilitarán el transporte tanto de efectivos como de mercancías o incluso armamento —para Hezbolá, por ejemplo— y, sobre todo, permitirá la construcción del gasoducto que Siria firmó con Irán en 2011 en el contexto de las primaveras árabes. La ejecución del gasoducto sería un gran triunfo para la república islámica y un golpe para países de corte suní como Catar y Turquía. En su momento, el reino catarí también aspiró a un proyecto similar, con una ruta que lo beneficiaba hasta Turquía; sin embargo, finalmente fue rechazado por Al Asad. Sin el presidente alauita y el apoyo de un hipotético Gobierno sirio suní, la aprobación de ese gasoducto tendría más posibilidades. Una vez finalizado el conflicto sirio, la reanudación de la pugna por este tipo de proyectos promete ser foco de nuevas tensiones en la zona, ya que las preferencias de Turquía e Irán, que por el momento comparten alianza con Rusia, difieren completamente con respecto a este tema.

Hubo un tiempo en que toda la parte del Levante mediterráneo era conocido como “la Gran Siria”. Desmembrada en cinco Estados —Siria, Líbano, Jordania, Palestina e Israel— y provincias delegadas a otros países, una vez más la zona podría enfrentarse a un nuevo dibujo de sus fronteras en las próximas décadas. La influencia desde Irán, los intereses territoriales para usos militares o energéticos y la lucha por o contra el reconocimiento del Kurdistán podrían considerarse factores de peso para una posible reconfiguración de la zona. Políticamente, hay elementos que lo favorecen: un Estados Unidos más impasible que de costumbre, una Rusia centrada en sus intereses concretos en la región y un miembro de la OTAN como es Turquía plenamente implicado. La intensidad de los movimientos por parte de Ankara, Teherán, Bagdad, los kurdos, la actividad de una Damasco dependiente de Moscú e Irán y las reacciones desde el Golfo por parte de Catar serán determinantes para establecer una posible reconfiguración de fronteras entre los países de la zona.

Siria se ha convertido en el tablero de juego de varias potencias de Oriente Próximo. Para 2018 es previsible la continuación de tensiones en la zona, pero además puede convertirse en el epicentro de un cambio cartográfico con fronteras permeables.

Los ataques a Siria no afectan a la geopolítica de la guerra.

Un grupo de personas partidarias de Al Asad se manifiestan con banderas de Siria, Irán y Rusia contra el ataque de EEUU, Francia y Reino Unido. (GEORGE OURFALIAN/AFP/Getty Images)

Fuente; esglobal.org, 18/04/2018

Autor: Mariano Aguirre

El lanzamiento de misiles de Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña contra instalaciones militares en Siria no alterarán el curso de la guerra. El ataque ha estado motivado por intereses diferentes que la protección de los sirios. El país es un espejo de las múltiples ambiciones y tensiones hegemónicas en Oriente Medio. He aquí un análisis que actualiza el contexto geopolítico de la guerra.

“Misión cumplida”, declaró el presidente Donald Trump el 15 de abril después de que Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia atacaran tres instalaciones de armas químicas. La primera ministra británica Theresa May aclaró que no fue una operación encaminada a “cambiar el régimen”. El objetivo era disminuir la capacidad del Gobierno sirio para usar armas químicas.

Formalmente, el régimen sirio entregó su arsenal de este tipo a la organización internacional para la prohibición de las armas químicas en 2014, pero ha seguido produciéndolas y usándolas, según la organización Human Rights Watch, en más de 50 ocasiones. Damasco y Moscú afirman que las noticias son inventadas.

El ataque tuvo un impacto limitado. Desde días antes Trump avisó que preparaba una represalia. Siria y Rusia tuvieron tiempo de proteger sus arsenales. En realidad, la operación, como la que Estados Unidos llevó a cabo en 2017, le indica a Damasco que puede seguir reprimiendo, mientras sea con armas convencionales.

Siria, con el apoyo de Rusia e Irán, lleva a cabo en zonas controladas por grupos rebeldes la estrategia de arrasar y atacar a la población civil sin respeto por el Derecho Internacional Humanitario. El mismo modelo que utilizó Moscú en las guerras de Chechenia (1994-1996 y 1999), que ha usado Estados Unidos en Irak y que aplica, actualmente, Arabia Saudí, con el apoyo de Washington, en Yemen.

En 2003 el entonces presidente George W. Bush declaró que la misión en Irak estaba “cumplida”. A continuación, le siguió una década de guerra que se prolonga hasta hoy, con ramificaciones en Siria y Kurdistán, y en otras partes del mundo a través de Daesh.

Igualmente, en 2011 Gran Bretaña y Libia movilizaron al presidente Barack Obama y a la OTAN para atacar Libia en una operación que prometía ser humanitaria (“proteger civiles”) pero que se transformó en promover la caída del régimen de Muamar el Gadafi, su captura y asesinato. París y Londres tenían interés en ocupar el sitio que dejaba parcialmente libre el presidente Barack Obama en la Alianza Atlántica.

Libia se partió primero en dos y después en múltiples áreas controladas por decenas de grupos armados, hasta convertirse en tierra de nadie y en ilícita plataforma de llegada y salida de miles de inmigrantes hacia Europa.

 

El síndrome de Irak

El presidente Obama tuvo presente la guerra sin fin en Afganistán y las experiencias de Irak y Libia cuando se negó a implicar tropas en Siria o a lanzar ataques que acabaran con el régimen de Bashar al Asad. Las críticas a su supuesta falta de decisión para defender a los sirios todavía resuenan. El argumento es que si hubiese atacado al régimen al principio de la guerra nunca se hubiese llegado al drama actual, y a la presencia rusa.

En una entrevista, Obama explicó que tuvo en consideración las intervenciones anteriores y la multiplicidad de actores que, crecientemente, operan desde 2011 en la guerra en Siria, la debilidad de la fragmentada oposición, y la imposibilidad del Ejército Libre de Siria de cohesionar a centenares de grupos armados. Por lo tanto, se limitó a proveer limitada ayuda militar a algunas organizaciones armadas y apoyar las, hasta hoy, frustradas negociaciones lideradas por Naciones Unidas en Ginebra. Su posición fue, duramente, criticada por Israel y Arabia Saudí, que se sintieron abandonados por su principal aliado.

 

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La geopolítica de la guerra siria

Siria es un espejo de casi todas las tensiones que asolan a Oriente Medio. Arabia Saudí e Irán compiten por la influencia regional en la zona, representando las concepciones chií y suní del islam. Turquía lucha contra los kurdos sirios para evitar que formen un territorio independiente que podría unificarse con el Kurdistán turco, y apoya a grupos armados suníes contra Damasco.

El grupo político militar libanés Hezbolá, sostenido por Irán, pelea junto con Bashar al Asad (que pertenece a la secta alauí, una rama del chiismo) contra los múltiples grupos insurgentes suníes armados por Arabia Saudí, otros países del golfo Pérsico y Ankara.

A la vez, Daesh ha combatido al presidente sirio y algunos de los grupos armados que disputan su poder. Este grupo ha sido, en gran medida, derrotado en 2017 por la acción combinada de fuerzas sirias, rusas e iraníes, milicias kurdas y árabes sostenidas por la fuerza aérea de Estados Unidos, y grupos insurgentes apoyados por el Ejército turco.

Cada grupo, además, controla o quiere controlar una región, un poblado o una ciudad, unos pozos de petróleo, carreteras y el paso de bienes, armas y gente. Son, en realidad, varias guerras, con decenas de microeconomías ilícitas, que han producido 11 millones de refugiados y 13,5 millones de desplazados interiores.

Es difícil saber cuántos grupos armados combaten en Siria. En 2013 un estudio de la BBC calculó más de 1.000 organizaciones armadas de diversos signos políticos. Según diversas fuentes siguen operandovarios centenares, agrupados en diferentes alianzas yihadistas, con lealtades flexibles. Solamente, en Ghouta Oriental, por ejemplo, han estado resistiendo cinco grupos apoyados por Arabia Saudí, Turquía y Qatar. El mapa interactivo que realiza mensualmente el Centro Carter permite ver la profunda fragmentación del país.

 

La carta rusa

Rusia tiene varias razones para apoyar militar, diplomática y económicamente a Bashar al Asad desde 2015. Primero, para mostrar a Estados Unidos y Europa su capacidad de influencia global. Tras la caída de la URSS en 1989, la élite político militar y empresarial de este país reconstruyó un nacionalismo ruso defensivo y autoritario frente a Occidente.

Las políticas antirusas de Estados Unidos durante las presidencias de George W. Bush y Barack Obama, y las respuestas de Moscú, generaron una nueva carrera de armas nucleares, la expansión de la OTAN hacia el Este, la instalación de una nueva generación de misiles contra misiles en Europa, la toma de Crimea y parte de Ucrania, las luchas entre agencias de inteligencia, y la guerra en Siria.

Segundo, Rusia tiene interés en contar con presencia estratégica en Oriente Medio. Según su cálculo, cuando la guerra en Siria termine Moscú estará en una posición geopolítica de privilegio, con presencia en un país vecino a Israel (con quien tiene una excelente relación comercial y militar) y Turquía (potencia regional con la que mantiene una relación ambigua), en buenas relaciones con Irán, y manteniendo su base naval en el Mediterráneo.

Tercero, Rusia tiene una población musulmana de 25 millones de personas (un quinto de la población total del país). Desde el 2000 ha habido diversos atentados terroristas llevados a cabo por separatistas de Chechenia en el Norte del Cáucaso. Alrededor de 7.000 jóvenes ciudadanos de esta región, Uzbekistán y Kirguistán han ido a luchar con insurgentes sirios contra la intervención rusa. La represión de Moscú contra los musulmanes ha agudizado la radicalización. El Kremlin quiere evitar que Siria se transforme en un territorio radicalizado y sin control, similar a Afganistán.

En el terreno diplomático, Rusia ha impulsado desde enero de 2017 en la ciudad de Astaná (Kazajistán) junto con Irán y Turquía negociaciones entre Bashar al Asad y la oposición para crear zonas de “distensión”. Pero ni Ginebra ni Astaná han servido, entre otras razones por la negativa de Siria y Rusia a aceptar la renuncia de Al Asad como una carta de negociación. Otros aspectos, como la liberación de presos políticos y la verificación del posible uso de armas químicas han polarizado los debates en el Consejo de Seguridad de la ONU.

 

El factor israelí

Israel convivió durante décadas con Siria, a la que arrebató los Altos del Golán en la guerra de 1967, en la denominada “paz fría”. El espionaje y el apoyo a radicales palestinos, por un lado, y conspiradores contra el régimen en Damasco, por el otro, sustituyeron todo enfrentamiento directo. Israel prefería la estabilidad del régimen del padre de Bashar al Asad al caos de grupos armados, la presencia de Daesh y, especialmente, la influencia de Irán y Hezbolá.

Desde 2011 el Gobierno de Benjamín Netanyahu ha realizado regularmente más de 100 ataques en Siria contra armamento destinado o gestionado por Hezbolá y bases operadas por Irán. Las supuestas armas químicas en Siria, y la presencia de milicias iraníes y de Hezbolá son considerados en Israel altos factores de riesgo y de ahí que esté intensificando sus operaciones, en especial ante la posibilidad de que Trump ordene la retirada de los 2.000 efectivos estadounidenses que operan en territorio sirio. Algunos analistas israelíes consideran que Estados Unidos y Rusia han pactado implícitamente que cuando finalice la guerra, Damasco quedará bajo la hegemonía de Rusia e Irán (y Hezbolá).

 

La influencia de Irán

Israel, Arabia Saudí y la mayor parte de las monarquías del Golfo Pérsico tienen especial interés en que el Gobierno de Trump acabe, como ha amenazado, con el acuerdo que Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia, Alemania, China, Francia, Reino Unido y Alemania firmaron en 2015 con Teherán cancelando su programa nuclear militar.

Irán ha ganado espacio geopolítico en la región, beneficiándose de la retirada de Estados Unidos de Irak en 2011. Bagdad pasó entonces a depender, paradójicamente, de la ayuda de Washington a la vez que del apoyo financiero y de las milicias iraníes.

Para la República Islámica de Irán es importante que Siria no caiga en manos de grupos yihadistas porque esto supondría el aumento del poderío suní en Oriente Medio. De ahí que la lucha contra Daesh y Al Qaeda en Siria es para Teherán menos un apoyo a Bashar al Asad que, como explica Bernard Hourcade, una manera de combatir la influencia saudí.

El Gobierno iraní canaliza armas y bienes para Hezbolá a través de Siria, y tiene interés en crear un corredor que vaya desde Irán hasta Líbano, pasando por Irak y Siria. Pese a su presencia en estos escenarios, y en Yemen, Teherán tiene una potencia relativa en comparación con Riad, las monarquías del Golfo, Turquía, Israel y Egipto.

 

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Intereses particulares

La acción militar de Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña ha estado motivada por diferentes razones de cada país. Trump se ve crecientemente asediado por investigaciones judiciales que podrían revelar negocios corruptos y obstrucción a la Justicia. Estas cuestiones acentúan la posibilidad de ser sometido a un juicio político. Siria le sirve para desviar la atención.

A la vez, el presidente se ha rodeado de asesores, como John Bolton, y militares como John Mattis y John Kelly, que bien son halcones o quieren mostrar que su país sigue siendo un líder en el terreno militar.

Pero todos coinciden en evitar intervenciones con despliegues amplios de efectivos, algo que rechaza buena parte de la sociedad estadounidense. El resultado es combinar la presencia de fuerzas especiales y asesores en Siria con ataques desde el aire o larga distancia que no supongan el riesgo de entrar en guerra abierta.

Por su parte, el presidente francés, Emmanuel Macron, sigue la línea que establecieron los gobiernos anteriores en París. Primero, relanzar la presencia de Francia en Oriente Medio, Norte de África y parte de África subsahariana (especialmente en el Sahel) con el fin de ser percibida interna e internacionalmente como una potencia global.

Segundo, presentarse, según las circunstancias, como una alternativa o un aliado de Estados Unidos. Durante los meses anteriores a la guerra del Golfo (2003) fue una alternativa. Ahora, Macron se muestra como un aliado que ha logrado “convencer” a Trump de que no retire las tropas de Siria.

Tercero, aunque en el pasado Francia tuvo una excelente relación con Bashar al Asad y con su padre, a partir de 2011 la diplomacia francesa vio la oportunidad de alinearse con las monarquías suníes del Golfo Pérsico, y hacer buenos negocios con ellos. Francia es criticada por las venta de armas a Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, que son usadas para la guerra en Yemen.

Estados Unidos, Francia y el Reino Unidos han aumentado en los últimos años sus exportaciones de armas a las monarquías del Golfo. Aunque la Unión Europea ha discutido restringir las ventas de armas a Arabia Saudí, París y Londres han rechazado esa posibilidad.

Para Londres, el ataque a Siria es una respuesta a Rusia por el atentado con sustancias químicas contra el ex espía ruso Serguéi Skripal y su hija en territorio británico. Aunque todavía no hay pruebas concluyentes, el Kremlin niega toda implicación y, además, ha acusado a Reino Unido de fabricar el supuesto ataque en Ghouta con armas químicas.

La primera ministra británica, Theresa May, y el secretario de Exteriores, Boris Johnson, vieron la oportunidad de participar en el ataque contra las instalaciones sirias como una forma de mostrar decisión política y responder a Rusia en el mismo terreno de las armas químicas. Además, el doble mensaje implícito es que, pese al Brexit, Gran Bretaña puede asociarse con un miembro destacado (Francia) de la UE, y que continúa siendo el aliado privilegiado de Estados Unidos. La volatilidad de Trump, sin embargo, no le asegura nada al Gobierno de Londres.

 

Cruzar fronteras peligrosas

El ataque a Siria, en definitiva, ha sido limitado con el fin de no traspasar dos fronteras muy delicadas. La primera, evitar que hubiese víctimas entre el personal militar ruso. Esto llevaría al presidente Vladímir Putin a tener que responder, y se podría escalar hasta un enfrentamiento, seguramente controlado, pero no por ello menos peligroso entre potencias con armas nucleares.

La relación entre Estados Unidos y Rusia está muy deteriorada, pese a los esfuerzos del presidente Trump por limitar (probablemente para defender sus posibilidades de hacer negocios) la presión antirusa del Congreso, de expertos y de la mayor parte de los medios de prensa. En una entrevista con la BBC el 16 de abril el ministro de exteriores ruso, Sergei Lavrov, dijo que el clima es “peor que durante la guerra fría”, porque entonces había más canales de comunicación entre las dos potencias.

De hecho, existen protocolos de actuación entre las fuerzas rusas y las estadounidenses que combaten contra Daesh en territorio sirio. Pero en un clima tan volátil y con crecientes desconfianzas entre Moscú y Washington podría producirse un peligroso error.

La segunda es qué sucedería si se derrumba el régimen de Bashar al Assad. Al final, tanto Estados Unidos como Europa han aceptado la tesis rusa e iraní que, frente a una total desintegración del poder y el colapso de las fuerzas armadas sirias, y la posibilidad de que Siria sea una mezcla de Libia y Afganistán, es preferible contar con Al Asad en el poder.

 

 

Siria, fundido a negro.

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Imagen de la ciudad de Raqa en Siria en 2017. (Bulent Kilic/AFP/Getty Images)

Fuente: https://www.esglobal.org/siria-fundido-a-negro/

He aquí una serie de documentales que acercan los diversos temas que el conflicto en Siria está poniendo sobre la mesa y que envuelven tanto a víctimas como a verdugos del enfrentamiento armado.

Hell on Earth: the fall of Syria and the rise of ISIS
Dirección: 
Sebastian Junger y Nicki Quested

Año: 2017

Nacionalidad: EE UU

Idioma:inglés y árabe

En Siria, y así lo pone de manifiesto este documental codirigido por Sebastian Junger y Nicki Quested, cada una de las piezas juega un papel muy definido en este tablero bélico. Realizado para National Geographic Documentaries, Hell on Earth se sumerge, en poco más de hora y media, en las causas y en los hechos que, con escasos puntos medios, llevaron al país de Oriente Medio de unas protestas con tintes pacifistas a la guerra internacionalizada.

Con un hilo conductor cronológico, esta cinta ofrece al espectador una visión global de cómo las revueltas sirias de marzo de 2011 demandaban el fin de la corrupción y de la mano dura con la que la familia Al Assad llevaba dominando a su pueblo desde hacía décadas y cómo se convirtió en una proxy war con actores regionales e internacionales. Para entender este complejo puzle, los directores dejan en mano de diversos analistas internacionales el explicar cómo la situación siria actual es consecuencia de las decisiones tomadas en Irak hace una década y de la correlación directa que esto supuso para el ascenso de Daesh.

El complejo proceso de paz parece no encontrar la solución. Staffan de Mistura, enviado especial de Naciones Unidas para la crisis de Siria, calificó como una oportunidad de oro perdida la octava ronda de negociaciones mantenida en Ginebra el pasado mes de noviembre. Mientras tanto, según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos, el número de muertos que deja esta guerra es de 360.000 aunque algunas fuentes lo elevan a 450.000.

Leer más.

¿Cómo se distribuyen los refugiados por Europa en la peor crisis desde la II Guerra Mundial?

Fuente: eldiario.es, 29/08/2015

Más de 400.000 personas han solicitado asilo en países europeos en los primeros seis meses de 2015. Huyen de la guerra y la persecución con un solo objetivo: supervivencia. La gran mayoría parten de Grecia hacia el norte de Europa y tienen un destino final: Alemania. Cuatro de cada diez solicitantes de asilo en Europa lo han hecho en el país germano (170.000), seguido de lejos por Hungría con casi dos de cada diez (67.000 solicitantes). Esto es lo que se desprende del análisis de datos de Eurostat de eldiario.es.

 Si se cumplen las previsiones europeas para 2015, estaríamos ante la peor crisis de refugiados en Europa al menos desde 1985, año en el que se remontan los primeros datos de Eurostat. Habría que regresar a principios de los noventa para encontrar unas cifras similares. Las guerras yugoslavas y la caída de las repúblicas satélite de la URSS en Europa del Este llevaron a casi 700.000 personas a solicitar asilo en países europeos en 1992. Si continúa la misma dinámica del primer semestre de 2015, el conflicto sirio, entre otros, elevaría hasta más de 800.000 el número de peticiones de asilo en 2015. En base a los datos de Acnur, nos encontramos con las cifras más elevadas de refugiados desde la II Guerra Mundial.

Solicitantes de asilo a países europeos (1985-2015)

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Fuente: Eurostat | gráfico: Raúl Sánchez

No es lo mismo solicitantes de asilo que refugiados. Los solicitantes han registrado su petición de protección internacional pero todavía no han recibido una respuesta definitiva. Según los datos de Eurostat, hay grandes diferencias entre los países europeos a la hora de decidir favorablemente una solicitud. Bulgaria se situó a la cabeza de los países europeos con el mayor porcentaje de decisiones favorables en 2014 y 2015. Durante esos años, nueve de cada diez solicitudes de las que se tomó una decisión en primera instancia acabaron de forma positiva.

Alemania y Hungría, los dos países que más peticiones de asilo recibieron durante esos años, se ubicaron al otro lado de la balanza. En el país germano, el 42% de las decisiones en primera instancia que se tomaron en 2014 y el 43% en 2015 fueron favorables. Por el contrario, en Hungría apenas una de cada diez veces que se tomó una decisión fue favorable a la concesión de la condición de refugiado.

Evolución mensual de las solicitudes de asilo en países europeos (2008-2015)

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Fuente: Eurostat | gráfico: Raúl Sánchez

¿De dónde vienen los solicitantes de asilo?

Según la Convención de los Refugiados de 1951, un refugiado es una persona que ha abandonado el país de su nacionalidad y no puede regresar a ese país por un temor bien fundado a la persecución por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un grupo social determinado u opinión política. Siria, en guerra desde 2011, encabeza el ránking de países con mayor número de peticiones (200.000), seguido de Kosovo (101.000), territorio todavía en disputa, Afganistán (82.000 solicitantes), que continúa en guerra constante desde la llegada de Estados Unidos en 2011. Por último, Eritrea, que vive en un régimen dictatorial donde las violaciones de derechos se multiplican.

Principales países de origen de los solicitantes de asilo en 2014 y 2015

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Fuente: Eurostat | gráfico: Raúl Sánchez

Siria y la geopolítica.

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SIRIA constituye un enclave estratégico en lo que los occidentales denominamos Oriente Medio. Al norte bordea con Turquía, al este con Irak, al sur con Jordania e Israel y al oeste con Líbano. En segunda línea, a solo unos cientos de kilómetros, tiene a Irán, Arabia Saudí y Egipto. Siria, por lo tanto, está en el centro neurálgico de una de las zonas del mundo con mayor valor geopolítico.
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