Fútbol y geopolítica, de Rabat a Moscú.

Marruecos presentando su candidatura para albergar el mundial de fútbol en 2026, en Moscú, 2018. Mladen Antonov/AFP/Getty Images

Fuente: esglobal.org. 27/06/2018

Autor: David Alvarado

La fallida candidatura marroquí para albergar la Copa del Mundo de fútbol en 2030 y la celebración en Rusia de uno de los mayores eventos deportivos del planeta denotan la importancia del deporte en la escena política internacional, el soft power que representa, con sus intereses ocultos y bondades, pero también, y sobre todo, sus perjuicios y riesgos.

Cierto que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se había valido de Twitter para amenazar a sus propios aliados, por si éstos albergaban algún tipo de duda a la hora de no apoyar la candidatura norteamericana. No es menos cierto, por otra parte, que la oferta representada por estadounidenses, canadienses y mexicanos obtuvo una mejor nota técnica de la FIFA que su rival marroquí, incluyéndose en este apartado las capacidades materiales para acoger la competición, y que las previsiones financieras, los cálculos sobre el volumen de negocio e ingresos, eran más prometedoras en el caso de la candidatura conjunta. Marruecos logró obtener el voto mayoritario de los países que pertenecen a su confederación futbolística, la africana, suponiendo dos tercios del total de sufragios obtenidos; el apoyo de Francia y algunos de sus satélites, de Estados “no alienados” como Cuba y Eslovenia, de Brasil, único país del continente suramericano que votó por Rabat, e incluso de China, Taiwán y Corea del Norte. “Si unos cuantos países africanos han concedido su sufragio es porque, lejos del fútbol, a menudo a cambio de un voto en la ONU o en la Unión Africana en lo concerniente a la misión del Sáhara Occidental, Marruecos les ofrece ayudas económicas o contrapartidas proporcionales. Si Francia ha utilizado su influencia a favor de la candidatura marroquí es porque aún representamos su periferia de negocio y su feudo cultural. De este modo, cada apoyo concreto responde a una lógica política particular”, estima Amar.Meses de ilusión y esperanza, de comunión ciudadana alrededor de un objetivo común, de bombardeo mediático y exacerbado nacionalismo, de vanagloria e ínfulas de grandeza, un periodo en lo que aquello que realmente importa, lo acuciante y urgente, fue relegado al olvido. Un inconmensurable estado de ánimo que dio paso a la decepción, dándose los marroquíes, y su régimen, de bruces con la cruda realidad. Demasiado optimista y en ocasiones incluso arrogante, encomendada por Mohamed VI a Mulay Hafid Elalamy, ministro de Comercio Exterior y uno de los hombres más ricos del país, la candidatura de Marruecos para albergar la Copa del Mundo en 2026, que no escatimó en gastos, acabó por sucumbir ante la alternativa concurrente representada, de forma conjunta, por Estados Unidos, Canadá y México. “Más allá de los pequeños cálculos sobre las defecciones, las abstenciones y los apoyos inesperados, lo cierto es que, a través del voto en las urnas de los representantes de las diferentes federaciones futbolísticas planetarias, ha quedado de manifiesto el limitado peso del Reino de Marruecos en la geopolítica mundial”, estima Alí Amar, director del portal de informaciones Le Desk. En total, de los 203 países con derecho a voto hasta 134 optaron por la candidatura United 2026 y apenas 65 por la marroquí, a lo que hay que incluir tres abstenciones (España, Cuba y Eslovenia) y la posición particular de Irán, que rechazó las dos propuestas en liza para albergar la mayor competición del fútbol mundial.

Tras el voto adverso, las iras marroquíes se concentraron en Arabia Saudí que, más allá de emitir un sufragio a favor de United 2026, promovió de forma activa la candidatura estadounidense en Asia, llevando de la mano a algunos otros miembros del Consejo de Cooperación del Golfo (Emiratos Árabes Unidos, Bahrein y Kuwait), tal y como desveló The New York Times. Riad era considerado un aliado objetivo de Rabat, que ha apoyado al reino árabe en su guerra en Yemen si bien no ha cesado de flirtear con Catar, a pesar de las sanciones impuestas por el régimen saudí. Es por ello que la actitud de Riad fue tildada de “traición” por la prensa del Reino de Marruecos, multiplicándose los mensajes a través de las redes sociales impeliendo a las autoridades a reconsiderar la relación bilateral, e incluso a adoptar represalias, quizás sin tomar en consideración la importante ayuda económica que cada año destina Arabia Saudí al país magrebí. El Viejo Continente también se ha mostrado muy poco receptivo hacia su vecino meridional: apenas 11 de 55 federaciones europeas apostaron por su candidatura. España se abstuvo y Rusia, a quien Marruecos ha abierto las puertas en aras de un refuerzo de la cooperación bilateral para ser menos dependiente de Estados Unidos y la UE, ha preferido sostener al “enemigo” estadounidense. “Son los fundamentos mismos de la doctrina diplomática marroquí que han sido invalidados por el voto de la FIFA, que muestra hasta que punto la percepción de nuestra posición en el mundo está sobrevalorada, fruto de la propaganda de Estado”, sentencia Amar.

 

Prestigio y soft power ruso

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El príncipe heredero saudí, Mohammed Bin Salman , habla con el Presidente ruso, Vladímir Putin, durante la ceremonia de apertura del Mundial de Fútbol 2018. Pool/Getty Images

El Mundial que acoge Rusia entre el 14 de junio y el 15 de julio reviste de una significación geopolítica particular. Para Moscú, que acoge el evento, se trata en primer término de paliar la mala imagen que se derivó de los Juegos Olímpicos de Invierno en 2014. En un momento en que el gigante rusose había anexionado Crimea, entró en guerra en Donbass, se descubrió una trama de dopaje organizado e incluso acababa de aprobarse en la Duma una ley contra los derechos de los homosexuales. Las sanciones económicas europeas y americanas y la anulación de la cumbre del G8 prevista en marzo de ese mismo año en Sochi, ensombrecieron la organización de aquel evento deportivo a ojos de la opinión pública internacional. Sobrepasar tal revés y evitar su repetición, transmitiendo al mundo la imagen de país moderno y desarrollado, constituyen un primer objetivo para Rusia en la actual Copa del Mundo de fútbol, reforzando el poder blando ruso a escala planetaria. Para lograr el éxito en esta operación de marketing internacional, sólo los estadios de la Rusia europea albergan la competición, en aras de facilitar los desplazamientos de los turistas occidentales. “Se quiere mostrar al mundo que Rusia no es ese país repulsivo que nos describen, que la gente puede ser bien acogida, que hay infraestructuras de primer nivel”, enfatiza Pascal Boniface, director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas de París, autor de Planète football y L’empire du foot.

Por vez primera en la historia de las copas del mundo, el presidente del país organizador pronunciaba un discurso de apertura de la competición. El presidente ruso asistió al partido inaugural entre Rusia y Arabia Saudí con el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, pero también acompañado del príncipe heredero saudí, Mohamed Bin Salman, denotando que el fútbol es un medio de hacer geopolítica. “Este Mundial se antoja determinante para el estatuto de Vladímir Putin, reelegido por cuarta vez tras las elecciones del pasado mes de marzo, en aras de reforzar su imagen de liderazgo y éxito, su simbolismo como dirigente capaz y carismático, tanto entre sus propios compatriotas como a escala internacional”, estima Cirille Bret, experto francés en relaciones internacionales y profesor en Sciences Po París. Para Pascal Boniface, “(Putin) puede mostrar a los rusos que gracias a su liderazgo, el mundo entero viene a su casa y, sobre todo, lava la afronta del boicot de 1980 en tiempos de la Unión Soviética. Para la estima del pueblo ruso y para estimular el patriotismo alrededor de su figura, el Mundial es un buen punto de apoyo”. Más allá de la imagen y propaganda, la situación económica de Rusia es preocupante, ya que desde 2014 su PIB se ha retraído un 3% y la tasa de pobreza se ha acentuado, extendiéndose a capas más amplias de la población, al tiempo que las finanzas públicas se mantienen en una situación delicada, ahogadas por las sanciones occidentales y el bajo curso de los hidrocarburos, en un momento en que el barril de crudo cotiza a 50 dólares, frente a los 70 dólares de 2014. “La fotografía de Putin con el príncipe heredero saudí denota también el interés ruso en atraer nuevas, e importantes, inversiones, que es, por tanto, otro de las prioridades de este Mundial”, apunta Bret.

 

Fútbol y economía (y nacionalismo)

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Unos niños cataríes celebran la elección de su país para albergar el Mundial de Fútbol en 2022. Marwan Naamani/AFP/Getty Images

El fútbol se presenta como una nueva modalidad de conflicto, simbólico, entre naciones y como un revelador de los equilibrios de poder mundiales. “También constituye una actividad económica que, a través de los beneficios que genera, atesta de forma clara la relación entre geopolítica y economía”, enfatiza Boniface. Incluso en aquellos países sin una importante tradición futbolística, la organización de copas del mundo es una anhelada vitrina para los pretendientes al estatuto de flamantes potencias económicas. Una expectativa a la que no es ajena la FIFA, cuyas opciones en los 90 son reveladoras, así como la designación de Japón y Corea del Sur en 2002, un hecho que consagró la adscripción occidental de ambos Estados asiáticos. Esta tendencia es si cabe más acusada durante los últimos años, con la designación consecutiva de tres países miembros de los BRICS: Suráfrica en 2010, Brasil en 2014 y Rusia en 2018. Igual para la polémica, elección de Catar para albergar la competición en 2022. Para Boniface, “la ambición del emirato en materia de fútbol es manifiestamente global, utilizando los efectos del Mundial como un arma de soft power para consagrar su influencia planetaria y dopar su economía”. El rol instrumental del fútbol para Catar es manifiesto a través de las inversiones que realiza en los centros neurálgicos de este deporte en distintas partes del mundo, en París o en Barcelona, por ejemplo, pero también en lo referente a su política deportiva más general, a través del establecimiento de filiales deportivas cataríes en África o la academia Aspira, que busca jóvenes talentos en todos los rincones del planeta.

Pero las bondades del fútbol no serían tal, según destaca Robet Redeker, autor de, en su momento polémico, Le sport contre les peuples, “el fútbol no libera a los pueblos de la opresión económica, la miseria, la corrupción o la injusticia”. Para este autor, la ideología deportiva, y de forma más acusada si cabe la futbolística, participa de forma activa en el advenimiento de una suerte de “barbarie dulce” que coloniza el imaginario colectivo en aras de privar a los individuos de toda capacidad de reflexión y de acción. “El deporte, en su dimensión de espectáculo lúdico-mercantil planetario persigue un doble objetivo; a saber, la domesticación del cuerpo y del alma”, sentencia Redeker. El fútbol como una suerte de “religión secular” cuyo objeto último es “la castración del pensamiento y, por tanto, de la vida, un freno a una aprehensión sana y potencialmente militante de lo real, un muro de contención al pensamiento político”. “El fútbol, que se ha convertido en un deporte identitario, contribuye al mantenimiento de un nacionalismo residual, portador de una carga política simbólica, un refugio a privilegiar para la emergencia o afirmación de los Estados, susceptible de catalizar las pasiones de un pueblo y sublimar, y justificar, toda suerte de antagonismos y derivas sobre el césped de un terreno de juego”, reflexionaba el historiador francés fallecido en París hace apenas unos meses Pierre Milza, experto en fascismos y relaciones internacionales durante el periodo de entreguerras. El fútbol se sitúa en el corazón de las dinámicas del nuevo mundo y su capitalismo desenfrenado, como un potencial vector de desarrollo y como motor de la realpolitik del siglo XXI, que se sustenta en frágiles alianzas, relaciones de fuerza e interés, catalizando de paso toda suerte de sentimientos de pertenencia y anestesiando a la ciudadanía frente a los acuciantes problemas y contradicciones de sus propias sociedades. Una muy compleja ecuación que Mohamed VI ya ha resuelto anunciando, inmediatamente después de la debacle del voto de la FIFA, que su país se presenta candidato para albergar el Mundial de fútbol en 2030.

Los ataques a Siria no afectan a la geopolítica de la guerra.

Un grupo de personas partidarias de Al Asad se manifiestan con banderas de Siria, Irán y Rusia contra el ataque de EEUU, Francia y Reino Unido. (GEORGE OURFALIAN/AFP/Getty Images)

Fuente; esglobal.org, 18/04/2018

Autor: Mariano Aguirre

El lanzamiento de misiles de Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña contra instalaciones militares en Siria no alterarán el curso de la guerra. El ataque ha estado motivado por intereses diferentes que la protección de los sirios. El país es un espejo de las múltiples ambiciones y tensiones hegemónicas en Oriente Medio. He aquí un análisis que actualiza el contexto geopolítico de la guerra.

“Misión cumplida”, declaró el presidente Donald Trump el 15 de abril después de que Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia atacaran tres instalaciones de armas químicas. La primera ministra británica Theresa May aclaró que no fue una operación encaminada a “cambiar el régimen”. El objetivo era disminuir la capacidad del Gobierno sirio para usar armas químicas.

Formalmente, el régimen sirio entregó su arsenal de este tipo a la organización internacional para la prohibición de las armas químicas en 2014, pero ha seguido produciéndolas y usándolas, según la organización Human Rights Watch, en más de 50 ocasiones. Damasco y Moscú afirman que las noticias son inventadas.

El ataque tuvo un impacto limitado. Desde días antes Trump avisó que preparaba una represalia. Siria y Rusia tuvieron tiempo de proteger sus arsenales. En realidad, la operación, como la que Estados Unidos llevó a cabo en 2017, le indica a Damasco que puede seguir reprimiendo, mientras sea con armas convencionales.

Siria, con el apoyo de Rusia e Irán, lleva a cabo en zonas controladas por grupos rebeldes la estrategia de arrasar y atacar a la población civil sin respeto por el Derecho Internacional Humanitario. El mismo modelo que utilizó Moscú en las guerras de Chechenia (1994-1996 y 1999), que ha usado Estados Unidos en Irak y que aplica, actualmente, Arabia Saudí, con el apoyo de Washington, en Yemen.

En 2003 el entonces presidente George W. Bush declaró que la misión en Irak estaba “cumplida”. A continuación, le siguió una década de guerra que se prolonga hasta hoy, con ramificaciones en Siria y Kurdistán, y en otras partes del mundo a través de Daesh.

Igualmente, en 2011 Gran Bretaña y Libia movilizaron al presidente Barack Obama y a la OTAN para atacar Libia en una operación que prometía ser humanitaria (“proteger civiles”) pero que se transformó en promover la caída del régimen de Muamar el Gadafi, su captura y asesinato. París y Londres tenían interés en ocupar el sitio que dejaba parcialmente libre el presidente Barack Obama en la Alianza Atlántica.

Libia se partió primero en dos y después en múltiples áreas controladas por decenas de grupos armados, hasta convertirse en tierra de nadie y en ilícita plataforma de llegada y salida de miles de inmigrantes hacia Europa.

 

El síndrome de Irak

El presidente Obama tuvo presente la guerra sin fin en Afganistán y las experiencias de Irak y Libia cuando se negó a implicar tropas en Siria o a lanzar ataques que acabaran con el régimen de Bashar al Asad. Las críticas a su supuesta falta de decisión para defender a los sirios todavía resuenan. El argumento es que si hubiese atacado al régimen al principio de la guerra nunca se hubiese llegado al drama actual, y a la presencia rusa.

En una entrevista, Obama explicó que tuvo en consideración las intervenciones anteriores y la multiplicidad de actores que, crecientemente, operan desde 2011 en la guerra en Siria, la debilidad de la fragmentada oposición, y la imposibilidad del Ejército Libre de Siria de cohesionar a centenares de grupos armados. Por lo tanto, se limitó a proveer limitada ayuda militar a algunas organizaciones armadas y apoyar las, hasta hoy, frustradas negociaciones lideradas por Naciones Unidas en Ginebra. Su posición fue, duramente, criticada por Israel y Arabia Saudí, que se sintieron abandonados por su principal aliado.

 

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La geopolítica de la guerra siria

Siria es un espejo de casi todas las tensiones que asolan a Oriente Medio. Arabia Saudí e Irán compiten por la influencia regional en la zona, representando las concepciones chií y suní del islam. Turquía lucha contra los kurdos sirios para evitar que formen un territorio independiente que podría unificarse con el Kurdistán turco, y apoya a grupos armados suníes contra Damasco.

El grupo político militar libanés Hezbolá, sostenido por Irán, pelea junto con Bashar al Asad (que pertenece a la secta alauí, una rama del chiismo) contra los múltiples grupos insurgentes suníes armados por Arabia Saudí, otros países del golfo Pérsico y Ankara.

A la vez, Daesh ha combatido al presidente sirio y algunos de los grupos armados que disputan su poder. Este grupo ha sido, en gran medida, derrotado en 2017 por la acción combinada de fuerzas sirias, rusas e iraníes, milicias kurdas y árabes sostenidas por la fuerza aérea de Estados Unidos, y grupos insurgentes apoyados por el Ejército turco.

Cada grupo, además, controla o quiere controlar una región, un poblado o una ciudad, unos pozos de petróleo, carreteras y el paso de bienes, armas y gente. Son, en realidad, varias guerras, con decenas de microeconomías ilícitas, que han producido 11 millones de refugiados y 13,5 millones de desplazados interiores.

Es difícil saber cuántos grupos armados combaten en Siria. En 2013 un estudio de la BBC calculó más de 1.000 organizaciones armadas de diversos signos políticos. Según diversas fuentes siguen operandovarios centenares, agrupados en diferentes alianzas yihadistas, con lealtades flexibles. Solamente, en Ghouta Oriental, por ejemplo, han estado resistiendo cinco grupos apoyados por Arabia Saudí, Turquía y Qatar. El mapa interactivo que realiza mensualmente el Centro Carter permite ver la profunda fragmentación del país.

 

La carta rusa

Rusia tiene varias razones para apoyar militar, diplomática y económicamente a Bashar al Asad desde 2015. Primero, para mostrar a Estados Unidos y Europa su capacidad de influencia global. Tras la caída de la URSS en 1989, la élite político militar y empresarial de este país reconstruyó un nacionalismo ruso defensivo y autoritario frente a Occidente.

Las políticas antirusas de Estados Unidos durante las presidencias de George W. Bush y Barack Obama, y las respuestas de Moscú, generaron una nueva carrera de armas nucleares, la expansión de la OTAN hacia el Este, la instalación de una nueva generación de misiles contra misiles en Europa, la toma de Crimea y parte de Ucrania, las luchas entre agencias de inteligencia, y la guerra en Siria.

Segundo, Rusia tiene interés en contar con presencia estratégica en Oriente Medio. Según su cálculo, cuando la guerra en Siria termine Moscú estará en una posición geopolítica de privilegio, con presencia en un país vecino a Israel (con quien tiene una excelente relación comercial y militar) y Turquía (potencia regional con la que mantiene una relación ambigua), en buenas relaciones con Irán, y manteniendo su base naval en el Mediterráneo.

Tercero, Rusia tiene una población musulmana de 25 millones de personas (un quinto de la población total del país). Desde el 2000 ha habido diversos atentados terroristas llevados a cabo por separatistas de Chechenia en el Norte del Cáucaso. Alrededor de 7.000 jóvenes ciudadanos de esta región, Uzbekistán y Kirguistán han ido a luchar con insurgentes sirios contra la intervención rusa. La represión de Moscú contra los musulmanes ha agudizado la radicalización. El Kremlin quiere evitar que Siria se transforme en un territorio radicalizado y sin control, similar a Afganistán.

En el terreno diplomático, Rusia ha impulsado desde enero de 2017 en la ciudad de Astaná (Kazajistán) junto con Irán y Turquía negociaciones entre Bashar al Asad y la oposición para crear zonas de “distensión”. Pero ni Ginebra ni Astaná han servido, entre otras razones por la negativa de Siria y Rusia a aceptar la renuncia de Al Asad como una carta de negociación. Otros aspectos, como la liberación de presos políticos y la verificación del posible uso de armas químicas han polarizado los debates en el Consejo de Seguridad de la ONU.

 

El factor israelí

Israel convivió durante décadas con Siria, a la que arrebató los Altos del Golán en la guerra de 1967, en la denominada “paz fría”. El espionaje y el apoyo a radicales palestinos, por un lado, y conspiradores contra el régimen en Damasco, por el otro, sustituyeron todo enfrentamiento directo. Israel prefería la estabilidad del régimen del padre de Bashar al Asad al caos de grupos armados, la presencia de Daesh y, especialmente, la influencia de Irán y Hezbolá.

Desde 2011 el Gobierno de Benjamín Netanyahu ha realizado regularmente más de 100 ataques en Siria contra armamento destinado o gestionado por Hezbolá y bases operadas por Irán. Las supuestas armas químicas en Siria, y la presencia de milicias iraníes y de Hezbolá son considerados en Israel altos factores de riesgo y de ahí que esté intensificando sus operaciones, en especial ante la posibilidad de que Trump ordene la retirada de los 2.000 efectivos estadounidenses que operan en territorio sirio. Algunos analistas israelíes consideran que Estados Unidos y Rusia han pactado implícitamente que cuando finalice la guerra, Damasco quedará bajo la hegemonía de Rusia e Irán (y Hezbolá).

 

La influencia de Irán

Israel, Arabia Saudí y la mayor parte de las monarquías del Golfo Pérsico tienen especial interés en que el Gobierno de Trump acabe, como ha amenazado, con el acuerdo que Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia, Alemania, China, Francia, Reino Unido y Alemania firmaron en 2015 con Teherán cancelando su programa nuclear militar.

Irán ha ganado espacio geopolítico en la región, beneficiándose de la retirada de Estados Unidos de Irak en 2011. Bagdad pasó entonces a depender, paradójicamente, de la ayuda de Washington a la vez que del apoyo financiero y de las milicias iraníes.

Para la República Islámica de Irán es importante que Siria no caiga en manos de grupos yihadistas porque esto supondría el aumento del poderío suní en Oriente Medio. De ahí que la lucha contra Daesh y Al Qaeda en Siria es para Teherán menos un apoyo a Bashar al Asad que, como explica Bernard Hourcade, una manera de combatir la influencia saudí.

El Gobierno iraní canaliza armas y bienes para Hezbolá a través de Siria, y tiene interés en crear un corredor que vaya desde Irán hasta Líbano, pasando por Irak y Siria. Pese a su presencia en estos escenarios, y en Yemen, Teherán tiene una potencia relativa en comparación con Riad, las monarquías del Golfo, Turquía, Israel y Egipto.

 

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Intereses particulares

La acción militar de Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña ha estado motivada por diferentes razones de cada país. Trump se ve crecientemente asediado por investigaciones judiciales que podrían revelar negocios corruptos y obstrucción a la Justicia. Estas cuestiones acentúan la posibilidad de ser sometido a un juicio político. Siria le sirve para desviar la atención.

A la vez, el presidente se ha rodeado de asesores, como John Bolton, y militares como John Mattis y John Kelly, que bien son halcones o quieren mostrar que su país sigue siendo un líder en el terreno militar.

Pero todos coinciden en evitar intervenciones con despliegues amplios de efectivos, algo que rechaza buena parte de la sociedad estadounidense. El resultado es combinar la presencia de fuerzas especiales y asesores en Siria con ataques desde el aire o larga distancia que no supongan el riesgo de entrar en guerra abierta.

Por su parte, el presidente francés, Emmanuel Macron, sigue la línea que establecieron los gobiernos anteriores en París. Primero, relanzar la presencia de Francia en Oriente Medio, Norte de África y parte de África subsahariana (especialmente en el Sahel) con el fin de ser percibida interna e internacionalmente como una potencia global.

Segundo, presentarse, según las circunstancias, como una alternativa o un aliado de Estados Unidos. Durante los meses anteriores a la guerra del Golfo (2003) fue una alternativa. Ahora, Macron se muestra como un aliado que ha logrado “convencer” a Trump de que no retire las tropas de Siria.

Tercero, aunque en el pasado Francia tuvo una excelente relación con Bashar al Asad y con su padre, a partir de 2011 la diplomacia francesa vio la oportunidad de alinearse con las monarquías suníes del Golfo Pérsico, y hacer buenos negocios con ellos. Francia es criticada por las venta de armas a Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, que son usadas para la guerra en Yemen.

Estados Unidos, Francia y el Reino Unidos han aumentado en los últimos años sus exportaciones de armas a las monarquías del Golfo. Aunque la Unión Europea ha discutido restringir las ventas de armas a Arabia Saudí, París y Londres han rechazado esa posibilidad.

Para Londres, el ataque a Siria es una respuesta a Rusia por el atentado con sustancias químicas contra el ex espía ruso Serguéi Skripal y su hija en territorio británico. Aunque todavía no hay pruebas concluyentes, el Kremlin niega toda implicación y, además, ha acusado a Reino Unido de fabricar el supuesto ataque en Ghouta con armas químicas.

La primera ministra británica, Theresa May, y el secretario de Exteriores, Boris Johnson, vieron la oportunidad de participar en el ataque contra las instalaciones sirias como una forma de mostrar decisión política y responder a Rusia en el mismo terreno de las armas químicas. Además, el doble mensaje implícito es que, pese al Brexit, Gran Bretaña puede asociarse con un miembro destacado (Francia) de la UE, y que continúa siendo el aliado privilegiado de Estados Unidos. La volatilidad de Trump, sin embargo, no le asegura nada al Gobierno de Londres.

 

Cruzar fronteras peligrosas

El ataque a Siria, en definitiva, ha sido limitado con el fin de no traspasar dos fronteras muy delicadas. La primera, evitar que hubiese víctimas entre el personal militar ruso. Esto llevaría al presidente Vladímir Putin a tener que responder, y se podría escalar hasta un enfrentamiento, seguramente controlado, pero no por ello menos peligroso entre potencias con armas nucleares.

La relación entre Estados Unidos y Rusia está muy deteriorada, pese a los esfuerzos del presidente Trump por limitar (probablemente para defender sus posibilidades de hacer negocios) la presión antirusa del Congreso, de expertos y de la mayor parte de los medios de prensa. En una entrevista con la BBC el 16 de abril el ministro de exteriores ruso, Sergei Lavrov, dijo que el clima es “peor que durante la guerra fría”, porque entonces había más canales de comunicación entre las dos potencias.

De hecho, existen protocolos de actuación entre las fuerzas rusas y las estadounidenses que combaten contra Daesh en territorio sirio. Pero en un clima tan volátil y con crecientes desconfianzas entre Moscú y Washington podría producirse un peligroso error.

La segunda es qué sucedería si se derrumba el régimen de Bashar al Assad. Al final, tanto Estados Unidos como Europa han aceptado la tesis rusa e iraní que, frente a una total desintegración del poder y el colapso de las fuerzas armadas sirias, y la posibilidad de que Siria sea una mezcla de Libia y Afganistán, es preferible contar con Al Asad en el poder.

 

 

Los laboratorios de la nueva ciberguerra.

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Fuente: Haffingtonpost, 10/04/2017.

Autor: Daniel Ventura Herranz

WannaCryNotPetya y los virus de ese tipo que estén por venir no han sido creados para conseguir dinero. Esos artefactos que infectan ordenadores, secuestran datos, piden rescates y asustan a Gobiernos, grandes corporaciones y humildes usuarios de Windows que temen por sus fotos y sus historiales de navegación, no son más que un entrenamiento. Ejercicios de práctica con los que los hackers demuestran su fuerza y sofistican las técnicas que van a necesitar, mañana, pasado mañana o esta misma tarde, en la siempre nueva ciberguerraNo todo va a ser envenenar a espías

Ya no hablamos sólo de grupos de cerebritos del código que aspiran a crear el caos o de ciberdelincuentes de diverso pelaje, sino del terrorismo cibernético que está ampliando sus dominios fuera de la propaganda en redes sociales y, sobre todo, de los batallones de cibersoldados con los que las grandes potencias pugnan por la hegemonía mundial. Por eso, todas las miradas señalaron a Rusia en cuanto fue posible contar las “víctimas” de NotPetya y el balance reveló que la mayor parte de ellas estaban en Ucrania.

Ucrania sangra desde 2014 por la herida de una guerra que enfrenta a milicias independentistas prorrusas con los soldados del gobierno ucraniano. El conflicto, un incendio con sucesivos altos el fuego y reavivamientos, le ha costado a Rusia la reprobación internacional y un amplio catálogo de sanciones, pero el coste está siendo mucho mayor para Ucrania: más de 30.000 muertos y heridos, el destrozo de infraestructuras y la caída por la pendiente de los Estados fallidos.

Ensayar sobre los débiles

Grandes empresas europeas como Renault, Maersk o Merck o una web oficial como la de la sanidad británica pueden caer, y de hecho lo han hecho en los últimos ataques. Pero cuentan con un protocolo de defensa digital más o menos robusto. Han dejado de ser tan asequibles como primeros objetivos de guerra porque hacerlos caer requiere ahora de una mayor planificación y una mayor capacidad de ataque. Esto no significa que hayan dejado de ser objetivos prioritarios, sino que sólo serán asaltados cuando “las armas” necesarias para hacerlo hayan sido probadas y perfeccionadas en escenarios más asequibles, como los países en desarrollo.

“Durante años”, como explica a The New York Times Allan Liska, experto en ciberseguridad de la empresa Recorded Future, “Taiwan y Corea del Sur han sido el campo de pruebas de los grupos más avanzados de hackers estadounidenses”. Pero son sólo dos casos: la actividad de malware de todo tipo se está incrementando cada día, según los expertos, en escenarios que hasta ahora habían permanecido al margen de la guerra cibernética: India, África y Oriente Medio. Son lugares a los que la digitalización ha llegado hace poco y en los que el uso de internet se está expandiendo. La velocidad con la que lo hace provoca considerables agujeros de seguridad.

Taiwan, Corea del Sur, India y algunos países africanos llevan años siendo el laboratorio de los hackers. Ahora, Ucrania es la sala de pruebas de la ciberguerra rusa.

En todos ellos, el patrón de actuación de los hackers es el mismo: “Prueban algo, lo mejoran y, seis semanas después, vuelven a lanzar una prueba antes de atacar a sus verdaderos objetivos”, explica Liska. ¿Formaban parte WannaCry y NotPetya de este patrón de experimentación? El período de tiempo transcurrido entre el brote de uno y el otro fue de exactamente seis semanas.

El primero provocó más de 300.000 infecciones en 150 países de todo el mundo y mostró que los hackers pueden detener servicios como las bases de datos de los sistemas de salud de Reino Unido o, en el caso de España, afectar a los servicios de grandes empresas como Telefónica o BBVA. El segundo, mucho más concreto, inutilizó las redes de servicios que los bancos ofrecen a sus clientes y afectó a infraestructuras clave, como aeropuertos o centrales energéticas.

Ucrania como laboratorio

Ucrania no está, según el baremo de desarrollo de los países, en la misma lista que India u Oriente Medio, pero su cercanía a Rusia y la guerra abierta la desplazan a esa categoría si hablamos de ciberguerra. En 2013, el general Valery Gerásimov, jefe absoluto del inmenso ejército ruso, formuló en un artículo académico una doctrina que lleva su apellido y que ha cambiado la manera de entender la guerra. En aquel texto aseguraba que las fronteras entre guerra y paz cada vez son más confusas y que las formas tradicionales de guerra iban a ser desplazadas por nuevas tácticas mucho más propias de la “guerrilla geoestratégica”.

Crimea, intervenida militarmente por Rusia e incorporada a la Federación en 2014, es el gran ejemplo de aplicación de la doctrina Gerásimov. Pero no es el único. La creación de los batallones cibernéticos del ejército ruso es otro ejemplo de esta nueva guerra no-lineal. Los soldados virtuales de Rusia han sido reclutados con las más diversas tácticas, desde anuncios en redes sociales para captar a estudiantes recién licenciados a fichar hackers en las amplias redes de la ciberdelincuencia rusa.

El otro gran ejemplo es Ucrania. La intervención rusa sobre el terreno ucraniano se ha visto acompañada de una “guerra total” en la red. Infiltraciones, borrado y robo de datos, destrucción de sistemas y paralización de las funciones básicas de diversas organizaciones… Ataques de todo tipo y en todos los sectores: medios de comunicación, finanzas, transportes, energía, ejército, política. Tal y como dice Keneth Geers especialista en ciberseguridad de la OTAN a Wired, “no hay un sólo lugar en Ucrania donde no haya habido un ataque” en los últimos tres años.

Según Thomas Rid, especialista en Estudios de Guerra del King’s College de Londres, “Rusia está llevando cada vez más lejos los límites de sus capacidades técnicas”. A su juicio, el Kremlin intervino en las elecciones ucranianas y no pasó nada; por eso, lo intentó después en los comicios de Alemania, Francia y Estados Unidos. “Están probando las líneas rojas, hasta dónde pueden llegar. Tú empujas y ves si algo te detiene. Si no hay nada que te pare, das el siguiente paso”, explica el académico.

Ahora, ni siquiera una estructura tan aparentemente sólida como la de Facebook parece segura. El escándalo de la brecha de datos de 50 millones de sus usuarios abierta por Cambridge Analytica, muestran la debilidad de los sistemas de protección de datos. Pero la ciberguerra irá adquiriendo un rostro más “físico”, o más destructivo, que el de el robo de información.

Destruir con código, cada vez más fácil

La extensión del uso de los teléfonos móviles y el impacto de los últimos ataques ransomware han abierto paso a una evidencia: el mundo digital y el físico están convergiendo a una enorme velocidad y pronto serán prácticamente indistinguibles. Lo que eso tiene de bueno para la vida de los ciudadanos también es una oportunidad, en el contexto de la lucha por la soberanía, para acceder a objetivos sensibles y destruirlos. Destruirlos en el sentido estricto de la palabra.


Lo que se adivina en la ofensiva digital sobre Ucrania es la importancia creciente de los ataques destinados a hacer inservibles infraestructuras básicas o críticas. Son los más difíciles y por eso es preciso tanto entrenamiento previo. Hasta el momento, el más potente que se conoce es el gusano Stuxnet, fechado en 2009 y cuya autoría se atribuye a los servicios de inteligencia estadounidense. Fue el primer artefacto de código capaz de reprogramar sistemas industriales y se piensa que sirvió para acelerar algo más de un centenar de centrifugadoras nucleares iraníes hasta que se destruyeron a sí mismas.

Las centrales eléctricas ucranianas han sufrido diversos ataques durante los últimos meses, cada vez más potentes, hasta el punto de dejar sin luz a una ciudad de 250.000 habitantes. Durante la infección de NotPetya, una de las principales plantas energéticas del país se vio afectada, así como un aeropuerto y otros sistemas de control gubernamentales. El continuo prueba-error de los hackers hace que un nuevo Stuxnet esté cada vez más cerca. Puede que ya está aquí: algunos miran a Industroyer como su sucesor.

El Instituto Nacional de Ciberseguridad de España (INCIBE) considera aún “poco probable” un accidente industrial causado por sabotaje digital, pero reconoce esa posibilidad como una de las principales preocupaciones de la ciberseguridad a corto y medio plazo. En uno de sus últimos informes, el Centro Criptológico Nacional (CCN) apunta que “mientras que las infraestructuras críticas y los sistemas de fabricación continúen conectados a Internet, a menudo con poca o ninguna protección, estos objetivos siguen estimulando el apetito de los atacantes”.

Los expertos en España creen que un accidente industrial es “poco probable”, pero el CCN advierte de que la tendencia está cambiando: “Los grupos yihadistas disponen de los medios económicos para perpetrar ciberataques a mayor escala”.

En cuanto un Estado tenga en sus manos una herramienta capaz de dañar la infraestructura de sus enemigos, será cuestión de tiempo que ese código acabe, por ejemplo, en las manos del ciberyihadismo. La actividad de estos grupos se ha limitado hasta ahora a la desfiguración de páginas, a pequeños ataques DDoS y a la propaganda en redes sociales, pero el CCN advierte de que la tendencia está cambiando: “Los grupos yihadistas disponen de los medios económicos para perpetrar ciberataques a mayor escala. La capacidad tecnológica y los conocimientos precisos siguen siendo, sin embargo, sus puntos débiles, que están intentando solucionar contratando o atrayendo a la causa especialistas cuyo conocimiento pudiera permitirles la perpetración de ataques a mayor escala”.

Por lo que pueda pasar, el Consejo Nacional de Ciberseguridad, reunido bajo la presidencia del director del Centro Nacional de Inteligencia (CNI), Félix Sanz Roldán, ha estudiado esta semana la conveniencia de elaborar una nueva Estrategia de Ciberseguridad Nacional, que actualice y sustituya a la de 2013.

¿Qué fue la Guerra Fría y por qué algunos dicen que puede resurgir con el enfrentamiento entre Occidente y Rusia tras el caso Sergei Skripal?

Fuente: BBC Internacional.

Autor: Gareth Evans

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¿Qué fue la Guerra Fría?

El término describe las tensas relaciones entre Estados Unidos y la Unión Soviética entre 1945 y 1989.

Ninguno de los bandos peleó contra el otro de forma directa debido a que los temores de una guerra nuclear, pero la confrontación mantuvo bajo tensión a millones de personas en esa época: sólo contemplarla resultaba muy aterrador.

Neil ArmstrongDerechos de autor de la imagen   NASA
Image caption El astronauta estadounidense Neil Armstrong en la Luna. La exploración espacial fue el foco de una feroz competencia durante la Guerra Fría.

En lugar de ello, los historiadores consideran que fue una guerra entre dos sistemas opuestos de gobierno.

Estados Unidos y Occidente representaban al capitalismo, y la Unión Soviética al comunismo.

Ambos bandos tenían ideas muy diferentes de cómo dirigir un país y ambos pensaban que su sistema era superior. Una fuente de enorme tensión fue que ambos creían que el otro estaba tratando de propagar sus creencias alrededor del mundo.

¿Cómo ocurrió?

No hay una sola respuesta para esta pregunta, pero los historiadores por lo general apuntan al fin de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, como un momento clave.

Esto debido a que durante la contienda, Estados Unidos y la Unión Soviética habían sido aliados pero la relación se forjó frente a un enemigo común, la Alemania nazi, y no duró.

La guerra dejó a Europa dividida y ambos bandos emergieron como las superpotencias más dominantes del planeta.

Debido a sus sistemas de creencias opuestas, hubo desacuerdos sobre cómo debía ordenarse el mundo de la postguerra y cómo Europa debía ser dividida.

Esto provocó una feroz rivalidad y congelamiento en las relaciones a medida que ambas potencias competían por la dominación.

Guerra FríaDerechos de autor de la imagenTHINKSTOCK
Image captionDurante la Guerra Fría, EE.UU. y la Unión Soviética participaron en “guerras subsidiarias” en todo el mundo.

¿Qué pasó después?

Los dos bandos se organizaron en grandes alianzas. Estados Unidos y Occidente formaron la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), y la Unión Soviética formó el Pacto de Varsovia con países de Europa oriental, como Polonia y Hungría.

Crucialmente, un lado temía al otro y por ello comenzaron rápidamente a almacenar armamentos.

Para los 1960, Estados Unidos y la Unión Soviética ya eran capaces de lanzar misiles nucleares intercontinentales a altas velocidades.

Para el fin de la década ambos desarrollaron sistemas de misiles antibalísticospara defenderse.

Faltó poco para que estallara una guerra nuclear después de la Crisis de Misiles de Cuba en 1962.

Las “guerras subsidiarias” o “por terceros”, en las que Estados Unidos y la Unión Soviética apoyaban a un bando sin participar directamente, eran comunes.

La Guerra Fría nunca fue realmente tan fría“, dice Malcolm Craig, profesor de historia de Estados Unidos de la Universidad John Moores en Liverpool, Inglaterra.

“Millones de personas murieron en conflictos de apoderados o en conflictos en los que la superpotencias trataron de imponerse sin ningún reconocimiento de la naturaleza local y fundamental de los conflictos. Para los camboyanos, congoleses, coreanos, etíopes, somalíes y muchos muchos más, la Guerra Fría fue una guerra muy caliente”.

Ronald ReaganDerechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image caption El presidente estadounidense Ronald Reagan expulsó a decenas de diplomáticos rusos en 1986.

¿Cómo se compara la Guerra Fría con las tensiones actuales?

Hay ciertamente ecos de la Guerra Fría en las recientes expulsiones de diplomáticos rusos.

En 1986, por ejemplo, Estados Unidos y la Unión Soviética llevaron a cabo expulsiones de ojo por ojo durante un período de varias semanas.

El entonces presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, obligó a dejar el país a 80 diplomáticos rusos, cinco de ellos sospechosos de espionaje.

Sergei SkripalDerechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image caption El envenenamiento del exespía ruso Sergei Skripal en Reino Unido volvió a encender las tensiones.

También ha habido comparaciones del envenenamiento de un exespía ruso y el comportamiento soviético durante la Guerra Fría.

“La Unión Soviética claramente intentó y mató a personas que no le gustaban en el extranjero”, dice Michael Cox, profesor emérito de Relaciones Internacionales de la London School of Economics.

“Así que no es que Rusia esté haciendo algo novedoso en ese sentido”.

Pero la historia de este tipo de comportamiento de Moscú va mucho más lejos que la Guerra Fría.

“Las tácticas que están ahora en las noticias, como asesinatos, tienen una historia que trasciende a esa confrontación”, dice Malcolm Craig. “La sensación de que enfrentamos una nueva Guerra Fría debido a esas tácticas es ligeramente falsa”.

Entonces, ¿cuánto deberíamos preocuparnos?

“Todavía tenemos armas nucleares y esto sigue siendo una gran poder disuasivo. Hay relaciones económicas importantes entre Rusia y la Unión Europea, las cuales no son insignificantes. También hay muchos rusos que viven en Occidente”, afirma Michael Cox.

El KremlinDerechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image caption. Rusia tiene lazos económicos importantes con la Unión Europea, lo cual puede hacer que las sanciones sean más efectivas.

También hay diferencias fundamentales entre la Unión Soviética y la Rusia de hoy, lo cual hace que las tensiones actuales sean menos preocupantes.

“Rusia no es la Unión Soviética, y su posición internacional es bastante, bastante diferente”, afirma Malcolm Craig. “Está mucho más firmemente integrada en el sistema económico global que lo que estaba la Unión Soviética, lo cual la hace más susceptible a la presión económica”.

“No puedo imaginar que Putin desee un congelamiento de relaciones a largo plazo o más y más sanciones”, agrega Michael Cox.

Pero advierte que las tensiones presentes son impredecibles.

“Lo único que la Guerra Fría logró, al menos hasta 1989, fue mantener a los dos bandos bastante distanciados uno del otro. Hubo una especia de aceptación de las esferas de influencia”, afirma.

“Las zonas de demarcación parecen haberse roto completamente”.

De Vilna a Moscú: Historia de una frontera.

Fuente: elordenmundial.com

Autor:  · 8 JUL, 2015

Lituania había sido un estado de considerables dimensiones a lo largo de la Edad Media e incluso durante la Edad Moderna cuando conformó, junto a Polonia, la República de las Dos Naciones. Hoy en día se recuerda esa época con gran orgullo entre la población lituana y sobre todo en sus libros de Historia, sobre todo si pensamos que a partir del siglo XVII el desarrollo del estado lituano va a ser nulo e incluso su independencia pasará de unas manos a otras.

El año crítico que convirtió a este estado báltico en vasallo de los intereses de Moscú fue 1795, año en que la zarina Catalina II anexionó Lituania como una provincia más de su inmenso imperio. De este modo Lituania vivió durante dos siglos encadenada a otros intereses. De hecho, los siglos XVIII y XIX se recuerdan como los siglos de la vergüenza en la que la nación lituana vivió alejada de toda posibilidad de independencia.

Si bien el siglo XX y sobre todo el fin de la Primera Guerra Mundial trajo una nueva esperanza no sólo a Lituania, sino a toda una serie de territorios que exigían en la Europa de la posguerra su derecho a existir como estado-nación reconocido a nivel internacional. Así, la desaparición en 1918 de los imperios alemán, austro-húngaro, ruso y otomano dejó el espacio necesario para el nacimiento de toda una serie de estados y el reconocimiento del derecho de los pueblos a la auto-determinación. Este derecho fue defendido por el presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson, en sus Catorce Puntos. En este contexto nacieron los estados bálticos de Estonia, Letonia y Lituania, que disfrutaban de su independencia después de varios siglos de dominio ruso.

Este periodo, conocido como la Primera República Independiente de Lituania, tuvo lugar entre 1918 y 1940, periodo en el que el estado desarrolló toda una serie de estrategias internacionales a fin de consolidarse como un estado libre. De este modo, tuvo que hacer frente a una Polonia en expansión que llegó a ocupar la capital, Vilnius, durante varios años. Asimismo, tuvo que lidiar con la creciente influencia de la URSS, que no ocultaba sus ansias expansionistas y con la vecina Alemania, sobre todo a partir de 1933, cuando el país se encontró rodeado de potencias en expansión contrarias a la libertad del pueblo lituano.

Los miedos de Lituania sobre una hipotética invasión se materializaron en el Pacto Ribbentrop-Mólotov en virtud del cual, nueve días antes de que se iniciara la Segunda Guerra Mundial, Alemania y la Unión Soviética acordaban el reparto del este de Europa. En 1940 Moscú pasó a controlar toda la franja este del Báltico, Lituania incluida, lo que puso fin a 22 años de independencia.

De este modo nacía la República Socialista Soviética de Lituania, la decimocuarta república de la URSS y que vivió bajo la influencia de Moscú entre 1940 y 1990, si bien hubo un pequeño periodo de tiempo, entre 1941 y 1944, en el que la Alemania de Hitler “liberó” Lituania del dominio ruso. De hecho, la mayoría de los lituanos recibieron a las tropas de Hitler como auténticos héroes. Sin embargo, la lógica del fin de la II Guerra Mundial, con la derrota de Alemania, llevó a Moscú a ocupar de nuevo la república báltica y esta vez lo hizo con todo el peso de su imperio.

Captura de pantalla 2015-07-05 a la(s) 02.58.47

Lituania vivió casi 50 años en la órbita soviética, cambiando radicalmente su sistema económico, social, político y cultural. Para evitar cualquier tipo de levantamiento de corte nacional, desde Moscú se implantó una política de colonización. Se llegó a impulsar una auténtica campaña por el trasvase de población autóctona rusa a las repúblicas bálticas. Realmente no fue muy complicado, dado que las repúblicas del oeste tenían un mayor nivel de vida que el resto de repúblicas soviéticas. Así, durante medio siglo se silenció toda expresión de cultura lituana e incluso la propia lengua fue relegada al ámbito privado en favor de la oficialización del ruso.

El despertar de Lituania

A finales de los años 80 la URSS va a entrar en un proceso de descomposición producto de las políticas internas llevadas a cabo las décadas anteriores. En un intento de impulsar de nuevo a la Unión, Mijaíl Gorbachov va a desarrollar toda una serie de reformas económicas, conocidas como Perestroika, y va a extender mayores libertades individuales y políticas, que se conocieron como Glásnost.

Captura de pantalla 2015-07-05 a la(s) 02.56.26En este contexto, en las repúblicas bálticas se va a desarrollar un movimiento social conocido como Revolución Cantada, cuyo objetivo era defender la integridad nacional de los pueblos estonio, letón y lituano y su independencia. El nombre deriva de la reunión espontánea del pueblo en diversas plazas con el fin de cantar canciones populares y religiosas – sobre todo en el caso lituano – como arma contra el silencio impuesto desde Moscú. Las protestas siguieron en aumento durante los años finales de la década de 1980. El culmen de estas manifestaciones, en buena medida pacíficas, llegó de la mano de la Cadena Báltica.

Captura de pantalla 2015-07-05 a la(s) 02.55.36Esta campaña unió las tres repúblicas bálticas con una cadena humana de más de 650 kilómetros y contó con la participación de más de 1,5 millones de personas. La cadena cruzaba las tres capitales y su objetivo era llamar la atención de la opinión pública mundial sobre la situación por la que estaban pasando los tres pueblos bálticos.

A principios de la década de 1990 los acontecimientos se precipitaron. Junto a las progresivas protestas pro-independencia se sumó el triunfo del partido Sajūdis (Movimiento Reformista Lituano), que defendía la secesión del pequeño país báltico. Este partido, cuya composición incluía a comunistas reformistas e incluso a conservadores nacionales, logró 101 escaños de 141 en el Soviet Supremo Lituano.

Desde luego este hecho marcó un antes y un después y colocó a Lituania a la cabeza del proceso independentista de las repúblicas bálticas, de tal modo que el 11 de marzo de 1990 el país declaraba su independencia de forma unilateral. Sin embargo, la URSS no lo iba a poner tan fácil y no tardó en invadir la capital ocupando la antena de televisión de Vilna, acto en el que murieron 14 personas.

Si bien hasta Moscú debió darse cuenta de que el proceso independentista era imparable, tanto por el ferviente sentimiento nacionalista surgido en Estonia, Letonia y Lituania, como por la situación interna que estaba viviendo el enorme imperio soviético. De esta forma, en 1991, Lituania, al igual que sus vecinos del norte, recuperaba definitivamente la independencia, soberanía e identidad de la que la URSS les había privado en 1940.

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Bielorrusia: veinte años de dictadura en Europa.

Fuente: elordenmundial.com

Autor:  · 6 SEP, 2014

La bautizada por occidente como ‘última dictadura de Europa’ dura ya veinte años. El pasado 20 de julio se cumplieron dos décadas desde que Alexandr Lukashenko, todavía en el poder, fuera proclamado Presidente de la República de Bielorrusia. Se trataba del primer presidente electo de una república que nació tres años antes, en 1991, resultado de la desmembración de la Unión Soviética. La cuestión de cómo se ha podido mantener un régimen de tales características en Europa, y en pleno siglo XXI, responde a una concatenación de factores interdependientes que han servido para perpetuar una dictadura y un dictador que va camino de revalidar su mandato en los comicios presidenciales de 2015, ante la falta de elecciones libres. Con el objetivo de entender mejor esta situación anómala en el Viejo Continente, en este artículo nos hemos propuesto dar las principales claves de la perduración del extraordinariamente longevo régimen bielorruso.

El presidente

Llegó al poder de forma inesperada y bajo la etiqueta de haberse criado en el seno de una familia campesina del este. Alexandr Lukashenko, entonces conocido por su defensa contra la corrupción, tenía 39 años cuando arrasó con un 80% de los votos en la segunda vuelta de las consideradas últimas elecciones democráticas de Bielorrusia. Una vez en la presidencia, el astuto líder bielorruso iba a consolidar su autoridad mediante dos referéndums que supondrían sendos golpes para las aspiraciones democráticas de la joven república bielorrusa. En el primero de ellos, celebrado en 1995, se elevó al ruso como lengua cooficial junto con el bielorruso, se instauró la antigua bandera de la era soviética, se aprobó un programa de integración económica con Rusia y, sobre todo, el líder consiguió el derecho de disolución del Parlamento. Era la carta de presentación de un Lukashenko que, a finales de 1996, mediante un segundo referéndum, iba a conseguir la aprobación de una serie de enmiendas a la Constitución de 1994 que reforzarían aún más los poderes presidenciales. En concreto, la reforma de la Constitución amplió la capacidad de nominación por parte del Presidente, al que se le permitiría designar y cesar a jueces a su antojo, decidir la composición de la Comisión Electoral, nombrar a dirigentes regionales o dictar decretos con fuerza de ley. Además, podía designar al Primer Ministro y a su gabinete y a parte del Consejo de la República, que junto con el Consejo de Representantes forman las dos cámaras legislativas. Con estas prerrogativas, el Presidente lograba suprimir la clásica separación de poderes al estilo occidental.

Captura de pantalla 2014-09-01 a la(s) 12.00.11Muchos son los que intentan encasillarlo en alguna ideología concreta. La mayoría suele coincidir en que su ideología se basa en la nostalgia del régimen soviético, lo que recuerda su pasado como antiguo dirigente agrícola en la URSS. Lo cierto es que el ‘Batka’ (padrecito), como es apodado Lukashenko, ha aprendido a ser flexible en su ideología y lo que verdaderamente caracteriza su mandato es el pragmatismo, característica propia, dicho sea de paso, de otros dictadores a lo largo de la historia. Debemos reconocer que se trata de una figura política con carisma y con extraordinaria capacidad para defender cada pulgada de su poder político. Se maneja como pez en el agua en los medios de comunicación, en los que suele aparecer con mucha frecuencia, y suele insistir en sus discursos en todas las virtudes de las que ha dotado a su patria bielorrusa. En concreto, se regodea con frecuencia de que gracias a su labor Bielorrusia es de los bielorrusos, en detrimento de las compañías extranjeras usurpadoras que, según él, vienen a “partir Bielorrusia”. De este modo, considera cualquier interferencia en los asuntos internos una amenaza externa. Desde hace unos años, el Presidente va acompañado en cada actividad pública de su hijo menor Kolya, de diez años, alimentando los rumores de que su intención es cederle el poder cuando el menor esté preparado, algo que él niega rotundamente.

Desacredita sin escrúpulos a los opositores públicamente, a los que acusa de intentar agitar al pueblo y desestabilizar el país, al tiempo que niega cualquier tipo de persecución contra ellos: “no hemos encarcelado a nadie a pesar de incitar a la revuelta”. Bien es verdad que no tiene reparos en reconocer que es una figura autoritaria, para la que el orden es una virtud esencial de cualquier régimen. Acusa a Estados Unidos y a Europa de lanzar una campaña de desprestigio hacia su persona con el objetivo de presionar para que abra la economía de su país a los mercados internacionales, algo que a él no parece incomodarle, y de hecho, siempre sonríe irónicamente cuando le recuerdan su apodo de ‘último dictador de Europa’.

INTERESANTE: Entrevista de RT a A. Lukashenko (doblada en español)

La represión

Es difícil imaginar que un régimen como el de Lukashenko haya podido subsistir sin un fuerte aparato represivo. El presidente bielorruso se ha asegurado la longevidad de su mandato mediante el control de las élites del estado, la supresión del activismo y la opresión de la oposición. La estrategia de Lukashenko, evidente con el paso del tiempo, ha resultado en el logro de una red de lealtades sobre la que se erigen los pilares de la estabilidad y el orden de un régimen aparentemente infranqueable.

En primer lugar, el apoyo incondicional de las élites queda prácticamente garantizado con los siloviki, personas de confianza del Presidente a las que éste otorga un puesto de privilegio en diferentes organismos clave del estado, como la policía, el ejército, la comisión electoral, el ministerio del interior o la KGB (la agencia de seguridad e inteligencia bielorrusa, que heredó el nombre de la antigua agencia soviética).

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