Las amistades peligrosas del Cuerno de África.

El vicepresidente de Emiratos Árabes Unidos en un foro económico sobre África en Dubai. Karim Sahib/AFP/Getty Images

Autor: Victoria Silva Sánchez. 8/05/2018

Fuente: esglobal.org.

Tener una base militar está de moda. Somalia, Yibuti o Eritrea pueden dar fe de ello. A las ya tradicionales instalaciones militares francesas y estadounidenses presentes en la región desde hace décadas, se unen ahora las de países como India y China, pero también Turquía, Arabia Saudí o Emiratos Árabes Unidos (EAU), contribuyendo a la rampante militarización del continente.

Como apuntaba hace poco Roberto Mansilla en un artículo, el área del Mar Rojo está viviendo una creciente militarización que podría desembocar en un conflicto regional cuyos principales protagonistas son Egipto, Sudán, Turquía y Eritrea. Esta militarización se ha reflejado desde hace algunos años en el establecimiento de bases militares por parte de Estados hasta entonces extraños a la región como EAU o Arabia Saudí. EAU cuenta desde 2015 con una base en Assab, Eritrea, a la que está intentando sumar una nueva en Somalilandia y cuyo resultado es el incremento de las tensiones con Somalia y Etiopía.

Pero la presencia militar del Golfo en el Cuerno de África no se limita a la construcción de infraestructuras o a otorgar facilidades logísticas, sino que amenaza con trasladar las tensiones regionales de los países del Consejo de Cooperación del Golfo con Irán y, recientemente, con Qatar, uno de sus miembros, a una región ya de por sí desestabilizada y cuyas perspectivas de mejora pueden verse truncadas por las políticas exteriores faltas de miras de Arabia Saudí y EAU.

 

Cruzando el Mar Rojo

La presencia de los países del Golfo en el Cuerno de África respondía, al menos en un inicio, a consideraciones estratégicas estrechamente relacionadas con el conflicto que se libra en Yemen desde 2014. Las instalaciones militares de EAU en Eritrea han permitido al emirato llevar a cabo ataques contra los hutíes, así como hacer posible el bloqueo marítimo.

También existen consideraciones económicas. La compañía Dubai Ports World Ltd., con base en Dubai, gestionó el puerto de Yibuti, por el que transitan la mayor parte de las mercancías procedentes de Etiopía, durante 10 años. Pero una disputa entre el jefe de la Fuerza Aérea de Yibuti y diplomáticos emiratíes derivó en la ruptura de relaciones entre ambos países en 2015. En 2016, la misma compañía firmó un contrato por valor de 442 millones de dólares para operar por un periodo de 30 años el puerto de Berbería en Somalilandia, lo que ha desatado la furia del Gobierno Federal de Somalia. Para más inri, el Gobierno etíope adquirió una participación del 19% en el proyecto, dando así su apoyo tácito a Somalilandia, cuya independencia declarada en 1991 no es reconocida internacionalmente.

Pero la presencia del Golfo en el este de África no se limita a consideraciones logísticas y económicas. Arabia Saudí y EAU buscan que dichos Estados se posicionen claramente en los conflictos regionales. En 2015, todos los países de la región excepto Etiopía, se sumaron a la coalición contra los hutíes en Yemen, que lidera Arabia Saudí. Asimismo, cuando Riad rompió relaciones diplomáticas con Irán a comienzos de 2016, Sudán, Yibuti y Somalia hicieron lo propio. Este apoyo incondicional es premiado con asistencia financiera. A modo de ejemplo, el día en que Somalia cortó sus lazos diplomáticos con el país persa, recibió de Arabia Saudí 50 millones de dólares en concepto de ayuda.

 

Una estrategia peligrosa

Golfo
Un hombre pasa junto a las banderas de los países del Golfo en la cumbre de Consejo de Cooperación del Golfo en Kuwait, diciembre 2017. Giuseppe Cacade/AFP/Getty Images

Era de esperar que el reciente bloqueo a Qatar también influyera en los países del Cuerno de África. Sin embargo, posicionarse en este caso se ha mostrado mucho más difícil. Eritrea y Yibuti tomaron el lado saudí, mientras que Somalia, Etiopía y Sudán se declararon neutrales, pero ninguno se ha librado de las consecuencias de su decisión.

Desde 2010 Qatar era mediador en el conflicto por la isla de Doumeira, en el Mar Rojo, que enfrenta a Eritrea y Yibuti, pero al declararse ambos en favor del bando saudí, los observadores qataríes fueron inmediatamente retirados, contribuyendo a la reavivación del conflicto. Eritrea aprovechó la situación para ocupar de facto la isla, un paso que amenaza con desatar el conflicto armado entre Eritrea, Yibuti y Etiopía, principal aliado de este último y enemigo del primero, según advierte Rashid Abdi, analista de International Crisis Group.

En el caso de Somalia, el Gobierno Federal decidió declararse neutral pese a las presiones ejercidas especialmente por EAU. Como consecuencia, el estado de Puntland se declaró favorable a la alianza saudí, ignorando así la competencia exclusiva del gobierno de Mogadiscio en política exterior. Esta decisión es una muestra de cómo la diplomacia emiratí soslaya al Ejecutivo somalí en favor de los gobiernos estatales al negociar directamente con Puntland y Somalilandia, boicoteando el débil proceso de paz y contribuyendo al resurgimiento del conflicto.

Esta difícil relación se ha complicado aún más en las últimas semanas, tras el supuesto “robo” de 9,6 millones de dólares de un avión militar de EAU por parte de las fuerzas de seguridad de Somalia. El gobierno de Mogadiscio alegó que el dinero sin marcar fue hallado en una inspección rutinaria y se abrió una investigación para determinar si el mismo había sido introducido en el país de forma ilegal. Como consecuencia, las autoridades somalíes han puesto fin a la financiación por parte de Emiratos del Ejército de Somalia, declarando que las tropas obedecían órdenes de UAE en lugar de al Gobierno Federal.

El analista Mehari Taddele describe la política emiratí hacia el Cuerno de África como cortoplacista y fragmentada. “Emiratos Árabes Unidos no ve el Cuerno como una entidad estratégicamente integrada y elige socios al azar, siendo estos los países más pequeños y vulnerables de la región. En otras palabras, EAU ha adoptado un enfoque de alto riesgo desde el inicio”.

La política del Golfo hacia el Cuerno de África también tiene un impacto en conflictos de largo recorrido. Es el caso del conflicto entre Etiopía y Eritrea, en el que Addis Abeba considera una amenaza el establecimiento de bases militares de EAU en la vecina Eritrea y las relaciones con Arabia Saudí, que podrían contribuir a la salida del ostracismo internacional del pequeño Estado africano.

El conflicto entre Etiopía y Egipto por la construcción de la presa del Renacimiento en el Nilo también se ve afectado por las dinámicas regionales del Golfo. Mientras que tanto Egipto como Sudán son grandes aliados de Riad, en la cuestión de la presa, Sudán se alía con Etiopía, lo que complica aún más el difícil juego de alianzas en la región. Ante esta situación, Addis Abeba ha buscado fortalecer sus lazos con Doha como contrapeso al fuerte apoyo saudí a Egipto, que a su vez ha estrechado la cooperación militar con Eritrea, eterno enemigo de Etiopía. Algunas fuentes sugieren que el país de los faraones ha desplegado tropas, aunque las autoridades egipcias lo niegan.

En conclusión, el despliegue financiero y de tropas de los países del Golfo en el Cuerno de África amenaza con hacer estallar una situación de por sí volátil. La falta de miras de estos Estados en la persecución de sus intereses nacionales pone en peligro la seguridad regional, contribuyendo al resurgimiento de conflictos y al fracaso de procesos de paz y estabilización. Tanto si se posicionan en un bando como si no, los países africanos se ven arrastrados a una tensión regional en la que sus intereses a menudo no importan, pero por la que pagan un elevado precio.

Irán: regreso al pasado.

Una mujer protesta contra el Gobierno iraní en la Universidad de Teherán, diciembre 2017. STR/AFP/Getty Images

 

Autor: Javier Martín

Fuente: esglobal.org/ 08/01/2018

En junio de 2009, apenas conocidos los resultados que confirmaban la reelección del entonces presidente, el ultraconservador Mahmud Ahmadineyad, cientos de miles de iraníes, en su mayoría jóvenes pertenecientes a las clases acomodadas, salieron a las calles de Teherán y otras grandes ciudades del país para denunciar lo que definían como una victoria amañada en favor del controvertido mandatario. Impelidos por la ilusión que había suscitado en campaña su oponente aperturista, Mir Husein Musaví, y al grito de “¿Dónde está mi voto?”,  el incipiente “movimiento verde” de reforma –prólogo persa de las futuras “primaveras árabes”– llenó plazas y avenidas con una marea de concentraciones y marchas, en un principio pacíficas. Presionado tanto por los reformistas como por la nueva hornada de ultraconservadores –liderados por el propio Ahmadineyad, cabecilla de una corriente ansiosa por reemplazar a la generación que en 1979 derribó al último Sha de Persia–, que aprovecharon la oleada de indignación para tratar de avanzar en su propia agenda secreta, la vieja guardia optó una vez más por la represión y la extrema violencia. Primero, contra Musaví y sus seguidores, que con el devenir de los días habían comenzado a evolucionar y a convencerse de que podían mutar en un ambicioso movimiento protorevolucionario capaz de generar una grieta en la opresiva teocracia iraní, sacudir sus ásperos cimientos y forzar un cambio final de régimen.

Sostenido en sus dos principales brazos ejecutores –las milicias populares Basij y la Guardia Revolucionaria, cuerpo de elite fundado por el propio Alí Jameneí–, el régimen apaleó, arrestó y mató sin contemplación a sus ciudadanos. Acusó a las potencias extranjeras de azuzar las movilizaciones –en aquella ocasión con cierto motivo, ya que el peso de los enfrentamientos lo sostuvo el grupo opositor en el exilio Mujahidin Jalq, tutelado por Francia y vinculado a la CIA y el MI6 británico–, expulsó a la prensa extranjera desplazada para los comicios, bloqueó los accesos a Internet, las cadenas satélites y cualquier información proveniente del exterior; encarceló a los líderes reformistas, pese a ser revolucionarios de primera hora, y suprimió a sangre y fuego, con total impunidad, un movimiento surgido de un pueblo cansado pero incansable al que animaba el aroma de libertad y el color de la esperanza en un mañana distinto.

Después, se aplicó en el castigo a Ahmadineyad y a esa llamada “segunda generación de la Revolución”, la de aquellos jóvenes radicales que lucharon desde las trincheras contra la dictadura del Sha y que ahora reclaman su botín. Una corriente mesiánica, ultra religiosa y más hostil si cabe a Occidente, ávida de poder y dinero, que ha crecido durante la última década e inquieta aún más a al ayatolá Jameneí y su estrecho círculo de clérigos y militares, ya que cultiva y cosecha adeptos en los mismos campos: las clases populares y desfavorecidas.

Ocho años después, las protestas y la represión violenta de la mismas han vuelto a colocar los focos sobre Irán y a teñir de sangre y oprobio sus calles. Pero al contrario que en 2009, su motor no ha sido la clase acomodada urbana, sino los jóvenes de las áreas periféricas y rurales, más empobrecidos, descontentos por la continuidad de la crisis económica, el fracaso de las reformas prometidas por el actual Presidente, el moderado Hasán Rohaní, y la creciente desconfianza hacia las elites tradicionales, a las que acusan de preocuparse únicamente por su propio bienestar. El catalizador del descontento ha sido, al parecer, la filtración de una serie de partidas secretas del opaco Presupuesto general del Estado. En un país rico en materias primas, donde el índice de paro supera –extraoficalmente– el 40%, la inflación crece de manera sostenida, y los jóvenes –que suponen cerca de un 50% del censo– tienen graves dificultades para afrontar el futuro, impactó la confirmación de un secreto que solo se intuía en privado: que se destinan las mayores partidas al sostenimiento de ciertas instituciones religiosas, y que cientos de millones se dedican a privilegiar a la Guardia Revolucionaria, a la guerra en Siria y a la ayuda de grupos extranjeros, en busca de influencia política en la región. Aunque era un arcano compartido a voces, la puntilla ha sido el descubrimiento de que la dotación para este cuerpo militar, pilar del corrupto régimen junto a los Basij, aumentará en más de 11.000 millones de euros el próximo ejercicio, al tiempo que se recortan por décimo año consecutivo las dotaciones sociales y la factura de los subsidios a bienes fundamentales como el combustible, a productos básicos como el pan, o a servicios esenciales, como la educación.

“Desde hace décadas, aquellos que viven en las zonas rurales, en las provincias han sido el contrafuerte en el que se apoyaba el régimen islámico”, explica Thomas Edbrink, uno de los cuatro periodistas que quedamos durante la revuelta de 2009, y que a día de hoy sigue trabajando en Teherán. “Son conservadoras por tendencia, contrarias a los cambios y prototipo de la vida islámica que promueve el Estado. Pero en apenas una década, todo ha cambiado. Las sequías han aumentado el éxodo a la ciudad, donde tampoco es fácil hallar trabajo”,  resalta. “La situación es peor que en 2009”, abunda Mehdi, colaborador y traductor para la prensa extranjera en aquellos años.  “Muchos se sienten desamparados por el régimen, dolidos por la injusticia social que no entienden. Todo es más caro, más difícil”, confirma.

Dos factores más añaden incertidumbre a un conflicto que diversos analistas creen pasará aún por varios episodios violentos más, pese a que la Guardia Revolucionaria anunciara el pasado seis de enero su victoria “sobre las fuerzas conspiradoras”. El primero, la frustración que ha generado la gestión del propio presidente Rohaní, que ascendió a la presidencia bendecido por el líder supremo tras el enfrentamiento con Ahmadineyad como el mesías que había de reconducir la sociedad y resucitar la frágil economía iraní. Y la constatación de que el acuerdo nuclear de 2015 con las seis potencias mundiales –los países miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, más Alemania– y el supuesto fin de las sanciones económicas y políticas tampoco son ni la panacea y ni el salvavidas que los iraníes ansían. Como hiciera en 2009 con el “movimiento verde”, ambas decepciones han sido redituadas por el antiguo mandatario para regresar a la escena política, resucitar el conflicto generacional y tratar de revitalizar el ataque a la vieja guardia. Ahmadineyad no solo fue uno de los primeros políticos iraníes que denunció en público y criticó con dureza las prebendas del círculo de Jameneí y los viejos mastodontes de la revolución, como el presidente Akbar Hashemí Rafsanyaní. Actuó también contra su fuerza pretoriana y contra algunas de las instituciones religiosas corrompidas. Durante sus primeros cuatro años de mandato emprendió una política de privatizaciones cuyo principal objetivo fue arrancar de las manos de la “Guardia Revolucionaria” los centros de poder económico y de influencia social que concentra para cedérselos a esa segunda generación de revolucionarios, aquellos que como él pusieron la sangre en las calles durante el alzamiento contra Mohamed Reza Pahlevi en 1979 y que creen que ha llegado ya la hora disfrutar de su recompensa. Según fuentes locales, el antiguo mandatario fue arrestado  durante el primer pico de las protestas después de que dedicara duras palabras al gobierno y al círculo estrecho del líder supremo durante un mitin en la ciudad meridional de Bushehr.

“La actitud del régimen ha sido la misma que en 2009. Aunque el presidente Rohaní calificó de normales las protestas, la parte más retrógrada de la Guardia Revolucionaria ha impuesto de nuevo su receta”, recalca Mehdi. “Violencia, corte de las redes sociales y movilización de las masas con el cuento del enemigo externo” en cuanto las demandas de mejoras económicas han comenzado a mezclarse con eslóganes como “Jamení dictador”, o viejos lemas de la revolución islámica de 1979, como el “Allahu akbar” nocturno de los balcones, como ocurrió hace nueve años. “Rohaní puede usar el descontento para tratar de forzar al régimen a emprender los cambios estructurales que el pueblo exige… De forma más específica, puede presentar al Parlamento un paquete de grandes reformas, incluidas enmiendas constitucionales que  concedan más poder a los organismos electos”, opina, sin embargo, con optimismo Alí Vaez, investigador del centro de análisis político Crisis Group. “Si es bloqueado, le quedará claro al pueblo iraní dónde está el problema”, agrega. La cuestión es si Rohaní, él mismo un hombre del sistema, tiene disposición y suficiente influencia para hacerlo. Algo que, a la vista de lo sucedido estos años, la mayoría de sus compatriotas cree que carece.

El segundo factor es el contexto geopolítico en el que se enmarcan este pulso político y esta nueva oleada de tensión social, radicalmente diferente al de 2009. Entonces, el gobierno de Ahmadineyad retaba directamente a la comunidad internacional, despreciaba sus sanciones y avanzaba en su programa nuclear frente a un presidente de Estados Unidos más proclive al diálogo que a la guerra, en una región todavía estable en los parámetros que estableció la Guerra Fría, y ante un enemigo –Arabia Saudí– que se sentía confiado. Casi nueve años después, el vigor saudí se ha transformado en una aguda crisis económica, política, social y diplomática que ha debilitado a la teocracia wahabí y la ha colocado a la defensiva, donde juega sucio para tratar de no perder su influencia. Oriente Medio ha estallado en miles de pedazos, fruto del error colosal que supuso la ilegal invasión de Irak, el florecimiento de organizaciones yihadistas más sofisticadas como el autoproclamado Estado Islámico, el fracaso inducido de las denominadas “primaveras árabes” y las guerras sin sentido en Siria y Yemen. Y la Casa Blanca la ocupa un inquilino sin bagaje internacional, más inclinado al jaleo que a la templanza, al estruendo de las armas (que vende a millones en la región) que al sosiego de las palabras, altamente influenciable, amigo íntimo de Israel (hasta el punto de romper el tabú de Jerusalén) y de Riad, y hostil al acuerdo nuclear. Al contrario que su predecesor Barack Obama, que prefirió contemporizar en 2009, Donald Trump no ha vacilado a la hora de ofrecer todo su apoyo a los manifestantes en Irán. La razón parece responder a una nueva estrategia de confrontación y tener una fecha clave: el próximo 12 de enero, el mandatario estadounidense debe decidir si continúa comprometido con el acuerdo nuclear y con el levantamiento paulatino de las sanciones al régimen de los ayatolás. Analistas internacionales coinciden en que una prolongación de las protestas, que la tiranía iraní se ha apresurado a sajar, sería la excusa perfecta para una decisión que, al igual que el infausto reconocimiento de Jerusalén, transformaría y enrevesaría aún más el tablero internacional. El régimen iraní es, sin atisbo de duda –junto a Rusia–, el principal vencedor de la poliédrica guerra regional en Siria. Se siente fuerte, y pocos creen que esté dispuesto a renunciar –o dejar que le arrebaten– una victoria en la que ha gastado tantos recursos, y en la que ha derramado tanta sangre ajena y propia. Ni siquiera los anhelos libertarios de su propio pueblo.

 

Los ataques a Siria no afectan a la geopolítica de la guerra.

Un grupo de personas partidarias de Al Asad se manifiestan con banderas de Siria, Irán y Rusia contra el ataque de EEUU, Francia y Reino Unido. (GEORGE OURFALIAN/AFP/Getty Images)

Fuente; esglobal.org, 18/04/2018

Autor: Mariano Aguirre

El lanzamiento de misiles de Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña contra instalaciones militares en Siria no alterarán el curso de la guerra. El ataque ha estado motivado por intereses diferentes que la protección de los sirios. El país es un espejo de las múltiples ambiciones y tensiones hegemónicas en Oriente Medio. He aquí un análisis que actualiza el contexto geopolítico de la guerra.

“Misión cumplida”, declaró el presidente Donald Trump el 15 de abril después de que Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia atacaran tres instalaciones de armas químicas. La primera ministra británica Theresa May aclaró que no fue una operación encaminada a “cambiar el régimen”. El objetivo era disminuir la capacidad del Gobierno sirio para usar armas químicas.

Formalmente, el régimen sirio entregó su arsenal de este tipo a la organización internacional para la prohibición de las armas químicas en 2014, pero ha seguido produciéndolas y usándolas, según la organización Human Rights Watch, en más de 50 ocasiones. Damasco y Moscú afirman que las noticias son inventadas.

El ataque tuvo un impacto limitado. Desde días antes Trump avisó que preparaba una represalia. Siria y Rusia tuvieron tiempo de proteger sus arsenales. En realidad, la operación, como la que Estados Unidos llevó a cabo en 2017, le indica a Damasco que puede seguir reprimiendo, mientras sea con armas convencionales.

Siria, con el apoyo de Rusia e Irán, lleva a cabo en zonas controladas por grupos rebeldes la estrategia de arrasar y atacar a la población civil sin respeto por el Derecho Internacional Humanitario. El mismo modelo que utilizó Moscú en las guerras de Chechenia (1994-1996 y 1999), que ha usado Estados Unidos en Irak y que aplica, actualmente, Arabia Saudí, con el apoyo de Washington, en Yemen.

En 2003 el entonces presidente George W. Bush declaró que la misión en Irak estaba “cumplida”. A continuación, le siguió una década de guerra que se prolonga hasta hoy, con ramificaciones en Siria y Kurdistán, y en otras partes del mundo a través de Daesh.

Igualmente, en 2011 Gran Bretaña y Libia movilizaron al presidente Barack Obama y a la OTAN para atacar Libia en una operación que prometía ser humanitaria (“proteger civiles”) pero que se transformó en promover la caída del régimen de Muamar el Gadafi, su captura y asesinato. París y Londres tenían interés en ocupar el sitio que dejaba parcialmente libre el presidente Barack Obama en la Alianza Atlántica.

Libia se partió primero en dos y después en múltiples áreas controladas por decenas de grupos armados, hasta convertirse en tierra de nadie y en ilícita plataforma de llegada y salida de miles de inmigrantes hacia Europa.

 

El síndrome de Irak

El presidente Obama tuvo presente la guerra sin fin en Afganistán y las experiencias de Irak y Libia cuando se negó a implicar tropas en Siria o a lanzar ataques que acabaran con el régimen de Bashar al Asad. Las críticas a su supuesta falta de decisión para defender a los sirios todavía resuenan. El argumento es que si hubiese atacado al régimen al principio de la guerra nunca se hubiese llegado al drama actual, y a la presencia rusa.

En una entrevista, Obama explicó que tuvo en consideración las intervenciones anteriores y la multiplicidad de actores que, crecientemente, operan desde 2011 en la guerra en Siria, la debilidad de la fragmentada oposición, y la imposibilidad del Ejército Libre de Siria de cohesionar a centenares de grupos armados. Por lo tanto, se limitó a proveer limitada ayuda militar a algunas organizaciones armadas y apoyar las, hasta hoy, frustradas negociaciones lideradas por Naciones Unidas en Ginebra. Su posición fue, duramente, criticada por Israel y Arabia Saudí, que se sintieron abandonados por su principal aliado.

 

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La geopolítica de la guerra siria

Siria es un espejo de casi todas las tensiones que asolan a Oriente Medio. Arabia Saudí e Irán compiten por la influencia regional en la zona, representando las concepciones chií y suní del islam. Turquía lucha contra los kurdos sirios para evitar que formen un territorio independiente que podría unificarse con el Kurdistán turco, y apoya a grupos armados suníes contra Damasco.

El grupo político militar libanés Hezbolá, sostenido por Irán, pelea junto con Bashar al Asad (que pertenece a la secta alauí, una rama del chiismo) contra los múltiples grupos insurgentes suníes armados por Arabia Saudí, otros países del golfo Pérsico y Ankara.

A la vez, Daesh ha combatido al presidente sirio y algunos de los grupos armados que disputan su poder. Este grupo ha sido, en gran medida, derrotado en 2017 por la acción combinada de fuerzas sirias, rusas e iraníes, milicias kurdas y árabes sostenidas por la fuerza aérea de Estados Unidos, y grupos insurgentes apoyados por el Ejército turco.

Cada grupo, además, controla o quiere controlar una región, un poblado o una ciudad, unos pozos de petróleo, carreteras y el paso de bienes, armas y gente. Son, en realidad, varias guerras, con decenas de microeconomías ilícitas, que han producido 11 millones de refugiados y 13,5 millones de desplazados interiores.

Es difícil saber cuántos grupos armados combaten en Siria. En 2013 un estudio de la BBC calculó más de 1.000 organizaciones armadas de diversos signos políticos. Según diversas fuentes siguen operandovarios centenares, agrupados en diferentes alianzas yihadistas, con lealtades flexibles. Solamente, en Ghouta Oriental, por ejemplo, han estado resistiendo cinco grupos apoyados por Arabia Saudí, Turquía y Qatar. El mapa interactivo que realiza mensualmente el Centro Carter permite ver la profunda fragmentación del país.

 

La carta rusa

Rusia tiene varias razones para apoyar militar, diplomática y económicamente a Bashar al Asad desde 2015. Primero, para mostrar a Estados Unidos y Europa su capacidad de influencia global. Tras la caída de la URSS en 1989, la élite político militar y empresarial de este país reconstruyó un nacionalismo ruso defensivo y autoritario frente a Occidente.

Las políticas antirusas de Estados Unidos durante las presidencias de George W. Bush y Barack Obama, y las respuestas de Moscú, generaron una nueva carrera de armas nucleares, la expansión de la OTAN hacia el Este, la instalación de una nueva generación de misiles contra misiles en Europa, la toma de Crimea y parte de Ucrania, las luchas entre agencias de inteligencia, y la guerra en Siria.

Segundo, Rusia tiene interés en contar con presencia estratégica en Oriente Medio. Según su cálculo, cuando la guerra en Siria termine Moscú estará en una posición geopolítica de privilegio, con presencia en un país vecino a Israel (con quien tiene una excelente relación comercial y militar) y Turquía (potencia regional con la que mantiene una relación ambigua), en buenas relaciones con Irán, y manteniendo su base naval en el Mediterráneo.

Tercero, Rusia tiene una población musulmana de 25 millones de personas (un quinto de la población total del país). Desde el 2000 ha habido diversos atentados terroristas llevados a cabo por separatistas de Chechenia en el Norte del Cáucaso. Alrededor de 7.000 jóvenes ciudadanos de esta región, Uzbekistán y Kirguistán han ido a luchar con insurgentes sirios contra la intervención rusa. La represión de Moscú contra los musulmanes ha agudizado la radicalización. El Kremlin quiere evitar que Siria se transforme en un territorio radicalizado y sin control, similar a Afganistán.

En el terreno diplomático, Rusia ha impulsado desde enero de 2017 en la ciudad de Astaná (Kazajistán) junto con Irán y Turquía negociaciones entre Bashar al Asad y la oposición para crear zonas de “distensión”. Pero ni Ginebra ni Astaná han servido, entre otras razones por la negativa de Siria y Rusia a aceptar la renuncia de Al Asad como una carta de negociación. Otros aspectos, como la liberación de presos políticos y la verificación del posible uso de armas químicas han polarizado los debates en el Consejo de Seguridad de la ONU.

 

El factor israelí

Israel convivió durante décadas con Siria, a la que arrebató los Altos del Golán en la guerra de 1967, en la denominada “paz fría”. El espionaje y el apoyo a radicales palestinos, por un lado, y conspiradores contra el régimen en Damasco, por el otro, sustituyeron todo enfrentamiento directo. Israel prefería la estabilidad del régimen del padre de Bashar al Asad al caos de grupos armados, la presencia de Daesh y, especialmente, la influencia de Irán y Hezbolá.

Desde 2011 el Gobierno de Benjamín Netanyahu ha realizado regularmente más de 100 ataques en Siria contra armamento destinado o gestionado por Hezbolá y bases operadas por Irán. Las supuestas armas químicas en Siria, y la presencia de milicias iraníes y de Hezbolá son considerados en Israel altos factores de riesgo y de ahí que esté intensificando sus operaciones, en especial ante la posibilidad de que Trump ordene la retirada de los 2.000 efectivos estadounidenses que operan en territorio sirio. Algunos analistas israelíes consideran que Estados Unidos y Rusia han pactado implícitamente que cuando finalice la guerra, Damasco quedará bajo la hegemonía de Rusia e Irán (y Hezbolá).

 

La influencia de Irán

Israel, Arabia Saudí y la mayor parte de las monarquías del Golfo Pérsico tienen especial interés en que el Gobierno de Trump acabe, como ha amenazado, con el acuerdo que Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia, Alemania, China, Francia, Reino Unido y Alemania firmaron en 2015 con Teherán cancelando su programa nuclear militar.

Irán ha ganado espacio geopolítico en la región, beneficiándose de la retirada de Estados Unidos de Irak en 2011. Bagdad pasó entonces a depender, paradójicamente, de la ayuda de Washington a la vez que del apoyo financiero y de las milicias iraníes.

Para la República Islámica de Irán es importante que Siria no caiga en manos de grupos yihadistas porque esto supondría el aumento del poderío suní en Oriente Medio. De ahí que la lucha contra Daesh y Al Qaeda en Siria es para Teherán menos un apoyo a Bashar al Asad que, como explica Bernard Hourcade, una manera de combatir la influencia saudí.

El Gobierno iraní canaliza armas y bienes para Hezbolá a través de Siria, y tiene interés en crear un corredor que vaya desde Irán hasta Líbano, pasando por Irak y Siria. Pese a su presencia en estos escenarios, y en Yemen, Teherán tiene una potencia relativa en comparación con Riad, las monarquías del Golfo, Turquía, Israel y Egipto.

 

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Intereses particulares

La acción militar de Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña ha estado motivada por diferentes razones de cada país. Trump se ve crecientemente asediado por investigaciones judiciales que podrían revelar negocios corruptos y obstrucción a la Justicia. Estas cuestiones acentúan la posibilidad de ser sometido a un juicio político. Siria le sirve para desviar la atención.

A la vez, el presidente se ha rodeado de asesores, como John Bolton, y militares como John Mattis y John Kelly, que bien son halcones o quieren mostrar que su país sigue siendo un líder en el terreno militar.

Pero todos coinciden en evitar intervenciones con despliegues amplios de efectivos, algo que rechaza buena parte de la sociedad estadounidense. El resultado es combinar la presencia de fuerzas especiales y asesores en Siria con ataques desde el aire o larga distancia que no supongan el riesgo de entrar en guerra abierta.

Por su parte, el presidente francés, Emmanuel Macron, sigue la línea que establecieron los gobiernos anteriores en París. Primero, relanzar la presencia de Francia en Oriente Medio, Norte de África y parte de África subsahariana (especialmente en el Sahel) con el fin de ser percibida interna e internacionalmente como una potencia global.

Segundo, presentarse, según las circunstancias, como una alternativa o un aliado de Estados Unidos. Durante los meses anteriores a la guerra del Golfo (2003) fue una alternativa. Ahora, Macron se muestra como un aliado que ha logrado “convencer” a Trump de que no retire las tropas de Siria.

Tercero, aunque en el pasado Francia tuvo una excelente relación con Bashar al Asad y con su padre, a partir de 2011 la diplomacia francesa vio la oportunidad de alinearse con las monarquías suníes del Golfo Pérsico, y hacer buenos negocios con ellos. Francia es criticada por las venta de armas a Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, que son usadas para la guerra en Yemen.

Estados Unidos, Francia y el Reino Unidos han aumentado en los últimos años sus exportaciones de armas a las monarquías del Golfo. Aunque la Unión Europea ha discutido restringir las ventas de armas a Arabia Saudí, París y Londres han rechazado esa posibilidad.

Para Londres, el ataque a Siria es una respuesta a Rusia por el atentado con sustancias químicas contra el ex espía ruso Serguéi Skripal y su hija en territorio británico. Aunque todavía no hay pruebas concluyentes, el Kremlin niega toda implicación y, además, ha acusado a Reino Unido de fabricar el supuesto ataque en Ghouta con armas químicas.

La primera ministra británica, Theresa May, y el secretario de Exteriores, Boris Johnson, vieron la oportunidad de participar en el ataque contra las instalaciones sirias como una forma de mostrar decisión política y responder a Rusia en el mismo terreno de las armas químicas. Además, el doble mensaje implícito es que, pese al Brexit, Gran Bretaña puede asociarse con un miembro destacado (Francia) de la UE, y que continúa siendo el aliado privilegiado de Estados Unidos. La volatilidad de Trump, sin embargo, no le asegura nada al Gobierno de Londres.

 

Cruzar fronteras peligrosas

El ataque a Siria, en definitiva, ha sido limitado con el fin de no traspasar dos fronteras muy delicadas. La primera, evitar que hubiese víctimas entre el personal militar ruso. Esto llevaría al presidente Vladímir Putin a tener que responder, y se podría escalar hasta un enfrentamiento, seguramente controlado, pero no por ello menos peligroso entre potencias con armas nucleares.

La relación entre Estados Unidos y Rusia está muy deteriorada, pese a los esfuerzos del presidente Trump por limitar (probablemente para defender sus posibilidades de hacer negocios) la presión antirusa del Congreso, de expertos y de la mayor parte de los medios de prensa. En una entrevista con la BBC el 16 de abril el ministro de exteriores ruso, Sergei Lavrov, dijo que el clima es “peor que durante la guerra fría”, porque entonces había más canales de comunicación entre las dos potencias.

De hecho, existen protocolos de actuación entre las fuerzas rusas y las estadounidenses que combaten contra Daesh en territorio sirio. Pero en un clima tan volátil y con crecientes desconfianzas entre Moscú y Washington podría producirse un peligroso error.

La segunda es qué sucedería si se derrumba el régimen de Bashar al Assad. Al final, tanto Estados Unidos como Europa han aceptado la tesis rusa e iraní que, frente a una total desintegración del poder y el colapso de las fuerzas armadas sirias, y la posibilidad de que Siria sea una mezcla de Libia y Afganistán, es preferible contar con Al Asad en el poder.

 

 

Arabia Saudí, Irán y la geopolítica cambiante de Oriente Medio.

Fuente: www.politicaexterior.com

En la relación entre Arabia Saudí e Irán prima un juego de suma cero y a pesar del cambio de liderazgo, se sigue imponiendo la enemistad.

El 11 de mayo de 2015 saltó la noticia de que el rey Salman de Arabia Saudí no asistiría a una cumbre sumamente encomiada con el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y otros líderes del Consejo de Cooperación del Golfo. La cumbre se había organizado para debatir el acuerdo nuclear con Irán y constaba de una reunión en la Casa Blanca seguida por una jornada en la residencia de descanso presidencial de Camp David. La necesidad de celebrar un encuentro tan destacado refleja las tensiones crecientes entre Washington y Riad, motivadas principalmente por la inquietud que suscita cualquier acuerdo nuclear con Irán. Pero la crisis nuclear no era el único punto de la agenda, en la que también estaban Irak, Siria y los ataques contra los rebeldes hutíes dirigidos por Arabia Saudí. La sombra de la rivalidad entre saudíes e iraníes cubría todos los puntos del orden del día, y se consideraba determinante para los acontecimientos. Si bien la enemistad entre Arabia Saudí e Irán ha oscilado entre periodos de hostilidad y posible acercamiento, en la pasada década las relaciones entre ambos se han enturbiado. Bajo la presidencia de Mahmud Ahmadineyad (2005-2013) hubo una vuelta a la retórica revolucionaria enfocada a la resistencia –aunque, en último término, beligerante– de Ruhollah Jomeini que caracterizó los años posteriores a la revolución. A raíz de la elección de Hasan Rohaní a la presidencia en 2013 nació la esperanza de que el péndulo oscilase hacia el acercamiento, pero ante las coyunturas favorecidas por la fragmentación del sistema de Estados de Oriente Medio, la posibilidad de debilitar al otro –y reforzarse uno mismo– es tentadora.

Raíces, revoluciones y batallas por la legitimidad

Para comprender la actual rivalidad entre Arabia Saudí e Irán es necesario tener en cuenta las raíces históricas de una enemistad originada por una herencia de conquista e interacciones. Durante los reinados de Ciro el Grande y Darío, el Imperio persa, que se extendía desde la costa oriental de Grecia hasta las riberas del Indo, era el más grande jamás conocido. Los éxitos militares árabes llegaron mucho más tarde, con la conquista de gran parte de Persia unos 1.100 años después de Ciro. Estas victorias militares árabes llevaron el islam a territorio persa, lo cual, en último término, resultó en la conversión de gran parte de la población a la rama suní del islam. A principios del siglo XVI, el líder Ismail, de 14 años, cambió la religión de los territorios del sunismo al chiismo, lo cual culminó en una división sectaria que se manifestó a nivel de los Estados, especialmente entre Arabia Saudí e Irán.

A pesar de esta división, el periodo posterior a la formación del Estado de Arabia Saudí y anterior a la revolución iraní de 1979 se caracterizó por una cierta desconfianza, aunque no por una hostilidad abierta. Los acontecimientos de 1979 alteraron radicalmente la dinámica de la región del golfo Pérsico, y la revolución en Irán dio al islam un papel protagonista en la disputa. La creación de una República Islámica en Irán suponía un desafío para una fuente principal de legitimidad de Arabia Saudí, ya que, históricamente, los Al Saud habían sido los garantes del islam como protectores de sus dos lugares sagrados. En los momentos inmediatamente posteriores a la revolución, tanto Riad como Teherán buscaron su reconocimiento por parte del mundo islámico y se embarcaron en un proceso retórico dirigido a incrementar la legitimidad islámica propia y menoscabar la del otro. Por ejemplo, Jomeini calificó a los miembros de la Casa de los Saud de corruptos, indignos de ser los guardianes de las dos mezquitas sagradas, y “traidores a los dos santuarios sacros”, mientras que los Al Saud tachaban al régimen de Teherán de nazi. La contienda se agravó en 1987, cuando 400 iraníes fueron asesinados mientras realizaban el hajj (peregrinación) a Arabia Saudí, aunque hay quien piensa que los sucesos fueron provocados por agentes iraníes.

La idea de apoyar a los mustazefin (oprimidos) del mundo musulmán formaba parte de los objetivos en política exterior de la nueva República Islámica. La idea de la defensa de los sometidos del mundo se encuentra en la historia del chiismo, y los conceptos de culpa y martirio, que aparecen con el asesinato de Husein en la batalla de Kerbala, se manifiestan en los cálculos políticos. La tendencia quedó consagrada en el artículo 3.16 de la Constitución, y al parecer consolidó la idea del celo revolucionario en las mentes de otros actores de la región. Como consecuencia, Arabia Saudí, temerosa de las aspiraciones expansionistas de Jomeini, proporcionó ayuda financiera a Irak durante la guerra con Irán, lo cual incrementó la tensión entre Riad y Teherán.

Al parecer inspirados por los acontecimientos en Irán, diversos grupos chiíes de la provincia oriental de Arabia Saudí, que habían vivido décadas de discriminación y persecución, se levantaron contra el Estado. Así empezó una prolongada campaña de resistencia anti-estatal acompañada por insinuaciones de manipulación iraní de los asuntos internos saudíes. De manera similar, en Bahréin, en 1981, el Frente Internacional por la Liberación de Bahréin, una organización chií que actuaba con el apoyo de Irán, lanzó un golpe de Estado contra la familia gobernante suní Al Jalifa. Aunque acabaron fracasando, estos sucesos resultaron ser fundamentales para entender las futuras dinámicas de rivalidad entre Arabia Saudí e Irán. De hecho, esto, unido al legado de la batalla de Kerbala, suscitó la idea que Irán se encontraba detrás del descontento en la región, en particular entre las comunidades chiíes.

Las revueltas árabes

La pasada década demuestra que ni Riad ni Teherán pueden resistirse ante la oportunidad de reforzarse a sí mismos y debilitar al otro. Por eso, las perspectivas abiertas a raíz del estallido de las revueltas árabes intensificaron la rivalidad entre Arabia Saudí e Irán. Las revueltas árabes comenzaron en diciembre de 2010 con la autoinmolación de Mohamed Buazizi. La acción del joven tunecino fue el reflejo de un malestar creciente por las condiciones socioeconómicas de Túnez, padecidas por muchos más a lo largo y ancho de Oriente Medio y el Norte de África. Los regímenes autoritarios de la región se vieron enfrentados al descontento de sus poblaciones, muchas de las cuales empezaron a manifestarse con protestas a gran escala a las que los gobiernos respondieron con la fuerza. La enemistad entre Riad y Teherán se intensificó cuando algunos Estados empezaron a fragmentarse y los diversos actores tuvieron que buscar alternativas a los Estados para proteger sus identidades. De hecho, la quiebra de las relaciones entre el Estado y la sociedad creó la coyuntura para la intromisión externa en los asuntos internos de los países, pero también las circunstancias para sospechar de la injerencia iraní. No obstante, lo que las amenazas a la estabilidad de los regímenes de la región generó en última instancia fueron las condiciones para la escalada de un conflicto subsidiario sin ganadores ni perdedores, en muchos casos a costa de las poblaciones.

Cultivar el sectarismo

A la luz de la quiebra de las relaciones entre los regímenes y la sociedad y la desintegración de la soberanía de los Estados, las identidades sectarias se han convertido en un punto de referencia y de seguridad cada vez más trascendental. Con todo, es importante señalar que, a menudo, esas divisiones sectarias son inducidas con el fin de alcanzar las metas estratégicas de diversos actores.

En el periodo posterior a la invasión de Irak en 2003 encabezada por Estados Unidos, Arabia Saudí e Irán aumentaron su influencia en Irak dando apoyo a los diversos protagonistas siguiendo directrices típicamente partidistas. En Líbano, la naturaleza de la disputa es algo diferente. En ese país, Riad y Teherán proporcionan apoyo político y financiero a las alianzas de 14 de marzo y del 8 de marzo, respectivamente.

No obstante, desde las revueltas árabes, las identidades sectarias se han utilizado cada vez con más frecuencia como medio para ofrecer diferentes interpretaciones interesadas de los conflictos, al tiempo que para ubicarlos en retóricas geopolíticas más amplias. Esto se puede ver en Bahréin, donde el régimen de la dinastía Al Jalifa intentó tergiversar una protesta originalmente prodemocrática y no partidista presentándola como sectaria. De este modo, los Al Jalifa se aseguraban la lealtad de los suníes que antes habían tomado las calles y suscitado el temor a la influencia iraní en el archipiélago, pero también contextualizando las protestas en la rivalidad geopolítica de más amplio alcance que se está fraguando en la región. Inmediatamente después de las protestas del 14 de febrero, fuerzas militares del Consejo de Cooperación del Golfo dirigidas por Arabia Saudí entraron en Bahréin y contribuyeron a afianzar el régimen de los Al Jalifa. Y, dicho sea de paso, a pesar de que las evidencias que indican que Irán estaba detrás de los disturbios son escasas, prima la percepción de que Teherán manipula los acontecimientos en el archipiélago.

Está claro que Bahréin no es el único ejemplo de un discurso legitimador sectario construido con fines políticos o geopolíticos. En Siria, desde que empezaron las protestas a principios de 2011, los acontecimientos han ido adquiriendo un carácter cada vez más partidista, también en este caso en un intento por afianzar el régimen de Al Asad dentro de su base supuestamente chií, así como por contextualizar el conflicto en el marco de una enemistad más amplia. Para Irán es necesario garantizar la supervivencia del régimen de Al Asad con el fin de tener influencia en Siria, pero también para facilitar el apoyo a Hezbolá en Líbano. Para Arabia Saudí, los manifestantes brindaron la oportunidad de que Siria volviese “al redil árabe” y de mermar la influencia iraní tanto en Siria como en Líbano.

Lo mismo se puede observar en Yemen, donde la campaña aérea capitaneada por Arabia Saudí contra los rebeldes hutíes –que se sospecha cuentan con el apoyo de Irán– ha causado la muerte de más de 1.600 personas. Los hutíes son adeptos a la rama zaidí del islam chií y, como tales, muchos los consideran representantes de Teherán (lo cual no tiene en cuenta que Irán profesa el chiismo duodecimano, un rama chií distinta desde el punto de vista teológico y doctrinal), un caso más de reacción condicionada por las percepciones.

Por supuesto, este escenario de sectarismo se ha complicaco con la aparición del Daesh (organización Estado Islámico de Irak y el Levante, denominado aquí por su acrónimo despectivo en árabe) en Siria e Irak, cuya estentórea actitud anti-chií lo enfrenta con Irán, pero cuya ideología salafista, brutalmente fundamentalista, es una preocupación de primer orden para Arabia Saudí. Si la rivalidad entre Riad y Teherán estuviese motivada estrictamente por intereses sectarios, el Daesh proporcionaría una ocasión más para socavar la influencia iraní.

Seguridad regional y fines estratégicos

Diversas cuestiones relativas a la naturaleza de la seguridad regional, tanto en el golfo Pérsico como, más ampliamente, en Oriente Medio, apoyan este análisis. Riad y Teherán tienen concepciones diferentes sobre cómo debe ser la seguridad regional y cómo lograrla. Dado que considera que su historia es la de un “Estado natural” libre de interferencia colonial, Irán se ve a sí mismo como el único cualificado para responder de la seguridad en la región del Golfo sin estar sometido a la injerencia exterior. En cambio, desde la invasión iraquí de Kuwait en 1990, Arabia Saudí y otros Estados del CCG han dependido de EE UU para garantizar su seguridad. Sin embargo, los cambios en la postura de este último podrían complicar la naturaleza de la seguridad regional y hacer que aumente la preocupación de Riad por lo que parece ser un prometedor acercamiento entre Washington y Teherán.

Por supuesto, detrás de estas cuestiones hay cálculos estratégicos, en el marco de los cuales la enemistad se considera un juego de suma cero, de manera que el triunfo de uno se interpreta como la derrota del otro y viceversa. Los problemas internos van adquiriendo importancia en vista del desarrollo de un conflicto de carácter cada vez más sectario, unido a la percepción de la implicación de la otra parte en estos temas. Aunque el cambio de liderazgo político tanto en Riad como en Teherán abrió la perspectiva de un deshielo de las relaciones, al final parece que la coyuntura se está imponiendo a la consolidación.

El nuevo frente entre Estado Islámico, al Qaeda, Irán y Arabia Saudita.

Fuente: BBC, 27/03/2015.

Un presidente acosado, rebeldes chiitas hutíes, tribus sunitas, Arabia Saudita, Irán, Al Qaeda y, ahora, Estado Islámico: Yemen es un caldero en el que se cocinan en una combinación tóxica los intereses enfrentados de todos estos actores.

La compleja situación de seguridad que vive el país se tornó aún más violenta el jueves, cuando Arabia Saudita lanzó una campaña de ataques aéreos contra los rebeldes de la tribu hutí.

Según los sauditas, su intervención militar busca “defender el legítimo gobierno” del presidente Abdrabbuh Mansour Hadi, quien se ha refugiado en Riad, capital de Arabia Saudita.

Además, dicen, cuentan con el apoyo de Sudán, Marruecos, Egipto y Pakistán, que están dispuestos, si es necesario, a participar activamente en la contienda.

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¿Puede entonces explotar en Yemen un conflicto regional más amplio? El periodista de la BBC Frank Gardner analiza la posible respuesta.

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¿Quiénes son los actores del conflicto?

Los hutíes: rebeldes chiitas, están en el norte. Tomaron el control de la capital, Saná, el año pasado, y han expandido su influencia otras zonas. Se dice que Irán los respalda.

Hay distintos actores en juego en Yemen.
Hay distintos actores en juego en Yemen.
Hay distintos actores en juego en Yemen.

presidente Hadi: Respaldado por Arabia Saudita. Cuenta con partidarios militares y policiales, y de la milicia conocida como los Comités de Resistencia Popular, que está tratando de luchar contra los rebeldes en su bastión en el sur.

Al Qaeda en la Península Arábiga:Considerado por EE.UU. como la rama más peligrosa de Al Qaeda, se opone tanto a los hutíes como al presidente Hadi.

Estado Islámico: Una filial yemení de EI ha surgido recientemente.

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