Fútbol y geopolítica, de Rabat a Moscú.

Marruecos presentando su candidatura para albergar el mundial de fútbol en 2026, en Moscú, 2018. Mladen Antonov/AFP/Getty Images

Fuente: esglobal.org. 27/06/2018

Autor: David Alvarado

La fallida candidatura marroquí para albergar la Copa del Mundo de fútbol en 2030 y la celebración en Rusia de uno de los mayores eventos deportivos del planeta denotan la importancia del deporte en la escena política internacional, el soft power que representa, con sus intereses ocultos y bondades, pero también, y sobre todo, sus perjuicios y riesgos.

Cierto que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se había valido de Twitter para amenazar a sus propios aliados, por si éstos albergaban algún tipo de duda a la hora de no apoyar la candidatura norteamericana. No es menos cierto, por otra parte, que la oferta representada por estadounidenses, canadienses y mexicanos obtuvo una mejor nota técnica de la FIFA que su rival marroquí, incluyéndose en este apartado las capacidades materiales para acoger la competición, y que las previsiones financieras, los cálculos sobre el volumen de negocio e ingresos, eran más prometedoras en el caso de la candidatura conjunta. Marruecos logró obtener el voto mayoritario de los países que pertenecen a su confederación futbolística, la africana, suponiendo dos tercios del total de sufragios obtenidos; el apoyo de Francia y algunos de sus satélites, de Estados “no alienados” como Cuba y Eslovenia, de Brasil, único país del continente suramericano que votó por Rabat, e incluso de China, Taiwán y Corea del Norte. “Si unos cuantos países africanos han concedido su sufragio es porque, lejos del fútbol, a menudo a cambio de un voto en la ONU o en la Unión Africana en lo concerniente a la misión del Sáhara Occidental, Marruecos les ofrece ayudas económicas o contrapartidas proporcionales. Si Francia ha utilizado su influencia a favor de la candidatura marroquí es porque aún representamos su periferia de negocio y su feudo cultural. De este modo, cada apoyo concreto responde a una lógica política particular”, estima Amar.Meses de ilusión y esperanza, de comunión ciudadana alrededor de un objetivo común, de bombardeo mediático y exacerbado nacionalismo, de vanagloria e ínfulas de grandeza, un periodo en lo que aquello que realmente importa, lo acuciante y urgente, fue relegado al olvido. Un inconmensurable estado de ánimo que dio paso a la decepción, dándose los marroquíes, y su régimen, de bruces con la cruda realidad. Demasiado optimista y en ocasiones incluso arrogante, encomendada por Mohamed VI a Mulay Hafid Elalamy, ministro de Comercio Exterior y uno de los hombres más ricos del país, la candidatura de Marruecos para albergar la Copa del Mundo en 2026, que no escatimó en gastos, acabó por sucumbir ante la alternativa concurrente representada, de forma conjunta, por Estados Unidos, Canadá y México. “Más allá de los pequeños cálculos sobre las defecciones, las abstenciones y los apoyos inesperados, lo cierto es que, a través del voto en las urnas de los representantes de las diferentes federaciones futbolísticas planetarias, ha quedado de manifiesto el limitado peso del Reino de Marruecos en la geopolítica mundial”, estima Alí Amar, director del portal de informaciones Le Desk. En total, de los 203 países con derecho a voto hasta 134 optaron por la candidatura United 2026 y apenas 65 por la marroquí, a lo que hay que incluir tres abstenciones (España, Cuba y Eslovenia) y la posición particular de Irán, que rechazó las dos propuestas en liza para albergar la mayor competición del fútbol mundial.

Tras el voto adverso, las iras marroquíes se concentraron en Arabia Saudí que, más allá de emitir un sufragio a favor de United 2026, promovió de forma activa la candidatura estadounidense en Asia, llevando de la mano a algunos otros miembros del Consejo de Cooperación del Golfo (Emiratos Árabes Unidos, Bahrein y Kuwait), tal y como desveló The New York Times. Riad era considerado un aliado objetivo de Rabat, que ha apoyado al reino árabe en su guerra en Yemen si bien no ha cesado de flirtear con Catar, a pesar de las sanciones impuestas por el régimen saudí. Es por ello que la actitud de Riad fue tildada de “traición” por la prensa del Reino de Marruecos, multiplicándose los mensajes a través de las redes sociales impeliendo a las autoridades a reconsiderar la relación bilateral, e incluso a adoptar represalias, quizás sin tomar en consideración la importante ayuda económica que cada año destina Arabia Saudí al país magrebí. El Viejo Continente también se ha mostrado muy poco receptivo hacia su vecino meridional: apenas 11 de 55 federaciones europeas apostaron por su candidatura. España se abstuvo y Rusia, a quien Marruecos ha abierto las puertas en aras de un refuerzo de la cooperación bilateral para ser menos dependiente de Estados Unidos y la UE, ha preferido sostener al “enemigo” estadounidense. “Son los fundamentos mismos de la doctrina diplomática marroquí que han sido invalidados por el voto de la FIFA, que muestra hasta que punto la percepción de nuestra posición en el mundo está sobrevalorada, fruto de la propaganda de Estado”, sentencia Amar.

 

Prestigio y soft power ruso

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El príncipe heredero saudí, Mohammed Bin Salman , habla con el Presidente ruso, Vladímir Putin, durante la ceremonia de apertura del Mundial de Fútbol 2018. Pool/Getty Images

El Mundial que acoge Rusia entre el 14 de junio y el 15 de julio reviste de una significación geopolítica particular. Para Moscú, que acoge el evento, se trata en primer término de paliar la mala imagen que se derivó de los Juegos Olímpicos de Invierno en 2014. En un momento en que el gigante rusose había anexionado Crimea, entró en guerra en Donbass, se descubrió una trama de dopaje organizado e incluso acababa de aprobarse en la Duma una ley contra los derechos de los homosexuales. Las sanciones económicas europeas y americanas y la anulación de la cumbre del G8 prevista en marzo de ese mismo año en Sochi, ensombrecieron la organización de aquel evento deportivo a ojos de la opinión pública internacional. Sobrepasar tal revés y evitar su repetición, transmitiendo al mundo la imagen de país moderno y desarrollado, constituyen un primer objetivo para Rusia en la actual Copa del Mundo de fútbol, reforzando el poder blando ruso a escala planetaria. Para lograr el éxito en esta operación de marketing internacional, sólo los estadios de la Rusia europea albergan la competición, en aras de facilitar los desplazamientos de los turistas occidentales. “Se quiere mostrar al mundo que Rusia no es ese país repulsivo que nos describen, que la gente puede ser bien acogida, que hay infraestructuras de primer nivel”, enfatiza Pascal Boniface, director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas de París, autor de Planète football y L’empire du foot.

Por vez primera en la historia de las copas del mundo, el presidente del país organizador pronunciaba un discurso de apertura de la competición. El presidente ruso asistió al partido inaugural entre Rusia y Arabia Saudí con el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, pero también acompañado del príncipe heredero saudí, Mohamed Bin Salman, denotando que el fútbol es un medio de hacer geopolítica. “Este Mundial se antoja determinante para el estatuto de Vladímir Putin, reelegido por cuarta vez tras las elecciones del pasado mes de marzo, en aras de reforzar su imagen de liderazgo y éxito, su simbolismo como dirigente capaz y carismático, tanto entre sus propios compatriotas como a escala internacional”, estima Cirille Bret, experto francés en relaciones internacionales y profesor en Sciences Po París. Para Pascal Boniface, “(Putin) puede mostrar a los rusos que gracias a su liderazgo, el mundo entero viene a su casa y, sobre todo, lava la afronta del boicot de 1980 en tiempos de la Unión Soviética. Para la estima del pueblo ruso y para estimular el patriotismo alrededor de su figura, el Mundial es un buen punto de apoyo”. Más allá de la imagen y propaganda, la situación económica de Rusia es preocupante, ya que desde 2014 su PIB se ha retraído un 3% y la tasa de pobreza se ha acentuado, extendiéndose a capas más amplias de la población, al tiempo que las finanzas públicas se mantienen en una situación delicada, ahogadas por las sanciones occidentales y el bajo curso de los hidrocarburos, en un momento en que el barril de crudo cotiza a 50 dólares, frente a los 70 dólares de 2014. “La fotografía de Putin con el príncipe heredero saudí denota también el interés ruso en atraer nuevas, e importantes, inversiones, que es, por tanto, otro de las prioridades de este Mundial”, apunta Bret.

 

Fútbol y economía (y nacionalismo)

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Unos niños cataríes celebran la elección de su país para albergar el Mundial de Fútbol en 2022. Marwan Naamani/AFP/Getty Images

El fútbol se presenta como una nueva modalidad de conflicto, simbólico, entre naciones y como un revelador de los equilibrios de poder mundiales. “También constituye una actividad económica que, a través de los beneficios que genera, atesta de forma clara la relación entre geopolítica y economía”, enfatiza Boniface. Incluso en aquellos países sin una importante tradición futbolística, la organización de copas del mundo es una anhelada vitrina para los pretendientes al estatuto de flamantes potencias económicas. Una expectativa a la que no es ajena la FIFA, cuyas opciones en los 90 son reveladoras, así como la designación de Japón y Corea del Sur en 2002, un hecho que consagró la adscripción occidental de ambos Estados asiáticos. Esta tendencia es si cabe más acusada durante los últimos años, con la designación consecutiva de tres países miembros de los BRICS: Suráfrica en 2010, Brasil en 2014 y Rusia en 2018. Igual para la polémica, elección de Catar para albergar la competición en 2022. Para Boniface, “la ambición del emirato en materia de fútbol es manifiestamente global, utilizando los efectos del Mundial como un arma de soft power para consagrar su influencia planetaria y dopar su economía”. El rol instrumental del fútbol para Catar es manifiesto a través de las inversiones que realiza en los centros neurálgicos de este deporte en distintas partes del mundo, en París o en Barcelona, por ejemplo, pero también en lo referente a su política deportiva más general, a través del establecimiento de filiales deportivas cataríes en África o la academia Aspira, que busca jóvenes talentos en todos los rincones del planeta.

Pero las bondades del fútbol no serían tal, según destaca Robet Redeker, autor de, en su momento polémico, Le sport contre les peuples, “el fútbol no libera a los pueblos de la opresión económica, la miseria, la corrupción o la injusticia”. Para este autor, la ideología deportiva, y de forma más acusada si cabe la futbolística, participa de forma activa en el advenimiento de una suerte de “barbarie dulce” que coloniza el imaginario colectivo en aras de privar a los individuos de toda capacidad de reflexión y de acción. “El deporte, en su dimensión de espectáculo lúdico-mercantil planetario persigue un doble objetivo; a saber, la domesticación del cuerpo y del alma”, sentencia Redeker. El fútbol como una suerte de “religión secular” cuyo objeto último es “la castración del pensamiento y, por tanto, de la vida, un freno a una aprehensión sana y potencialmente militante de lo real, un muro de contención al pensamiento político”. “El fútbol, que se ha convertido en un deporte identitario, contribuye al mantenimiento de un nacionalismo residual, portador de una carga política simbólica, un refugio a privilegiar para la emergencia o afirmación de los Estados, susceptible de catalizar las pasiones de un pueblo y sublimar, y justificar, toda suerte de antagonismos y derivas sobre el césped de un terreno de juego”, reflexionaba el historiador francés fallecido en París hace apenas unos meses Pierre Milza, experto en fascismos y relaciones internacionales durante el periodo de entreguerras. El fútbol se sitúa en el corazón de las dinámicas del nuevo mundo y su capitalismo desenfrenado, como un potencial vector de desarrollo y como motor de la realpolitik del siglo XXI, que se sustenta en frágiles alianzas, relaciones de fuerza e interés, catalizando de paso toda suerte de sentimientos de pertenencia y anestesiando a la ciudadanía frente a los acuciantes problemas y contradicciones de sus propias sociedades. Una muy compleja ecuación que Mohamed VI ya ha resuelto anunciando, inmediatamente después de la debacle del voto de la FIFA, que su país se presenta candidato para albergar el Mundial de fútbol en 2030.

De la geopolítica del caos a la geoteología contra-progresista.

Fuente: elmundo.cr

Autor:  Mauricio Ramírez Núñez, 22/04/2018

El nuevo escenario de Guerra Fría en el que nos encontramos plantea un ajedrez geopolítico global, donde no hay pieza que quede por fuera de los cálculos del juego de las grandes potencias protagonistas, que nuevamente son Rusia y los Estados Unidos, con una China de perfil bajo pero presencia fuerte en lo económico. La doctrina geopolítica del caos controlado implica el desarrollo de formas de lucha híbridas violentas y no violentas, incluidas psicológicas y culturales en las regiones donde existen intereses concretos. El objetivo es llevar a la desestabilización política interna y a cambios abruptos de gobiernos, procesos también llamados “primaveras”, en especial contra aquellos gobiernos considerados “hostiles” o como los mismos Estados Unidos los han llamado, “Rogue State” o Estados Canallas, para referirse a esas naciones no alineadas a su línea de política exterior. Este modelo de instaurar el caos ha sido la tónica después del año 2001 y los atentados contra las torres gemelas.

Especialistas en el tema plantean que el método de llevar desorden y mantenerlo en el tiempo es un mecanismo de administración y control geoestratégico, implica el auge de conflictos étnicos y religiosos así como disputas antiguas que producto del revisionismo histórico, vuelven a reactivarse, siguiendo la estrategia al mejor estilo de la Roma Antigua y su frase famosa “divide y vencerás”. Una vez sumidas las poblaciones en la falta de claridad, dirección, en una profunda crisis política y con gran rechazo hacia las élites gobernantes, lo que se necesita es crear nuevos fenómenos ideológicos que empiecen a recoger todo el descontento popular y malestar ante la falta de respuestas del sistema a temas como la injusticia social, la falta de oportunidades o la corrupción, que valga la acotación es el tema de moda en todo el continente.

Hoy, las ideologías clásicas y las organizaciones políticas tradicionales como partidos o sindicatos están desgastadas y sin capacidad de movilización real de las masas. Ya lo que mueve a la ciudadanía no es necesariamente un color, menos a las personas más jóvenes y con pensamiento crítico. La historia ha demostrado que el auge de movimientos alternativos, la lucha por ideas concretas y en algunas ocasiones mezclados con religión, han dado buenos frutos en la dirección de movilizar grandes grupos sin más dirección estratégica que su disgusto contra el orden imperante. La teología de la liberación fue precisamente un movimiento muy fuerte en América Latina que jugaba al lado de la izquierda en aquella época y que era una lectura ética y política del cristianismo basada más en la justicia social, económica, reconociendo la dignidad de los pueblos y las clases sociales que luchaban por ello. Los Estados Unidos por su parte, en 1961 bajo el mandato del presidente Kennedy, desarrolló programas de cooperación como la famosa Alianza Para El Progreso, con el fin de contener al comunismo y ejercer influencia ideológica. Parte del objetivo era eliminar toda causa de disidencia o insurgencia, ganando los “corazones y las mentes” de la población con una imagen de nación colaboradora a los procesos de desarrollo económico de sus socios.

Hoy, esas experiencias se han visto reflejadas en algunos movimientos estratégicos en lo que a nuevos fenómenos políticos se refiere en el caso de América Latina, mismos que se detallarán más adelante. Ante el conocido y poco exitoso Socialismo del Siglo XXI y el viraje geopolítico hacia la derecha que se inició en el sur del continente con la llegada de Mauricio Macri en Argentina, la destitución de Dilma en Brasil y el triunfo de Sebastián Piñera otra vez en Chile, la confusión vuelve a tomar a la región, pero con el agravante de que ya ni la izquierda ni la derecha son suficientes para satisfacer los grandes problemas que afectan a los países latinos y la pérdida de credibilidad por parte de la ciudadanía pone en jaque el orden político tradicional en cuanto a la forma de organizarse la sociedad y verse representada. Esto no quiere decir que los intereses económicos, las luchas por el poder, las causas sociales, ambientales y las oligarquías hayan desaparecido, por el contrario, nos encontramos ante un reacomodo de fuerzas e ideológico que no es fácil de entender ni está aún consolidado.

Lo que sí se puede vislumbrar es que aquellas fuerzas llamadas progresistas y/o de izquierdas, siguen buscando un espacio o trinchera para reagruparse y seguir con sus luchas, mientras que aquellas fuerzas conservadoras o defensoras del status quo, de una manera muy inteligente han visto en los movimientos pentecostales y protestantes un caballo de Troya perfecto para llegarle a las masas y promover desde ahí sus intereses en lo económico, social y político, ya que la ética protestante es afín a la ideología económica global dominante, circunstancias que han generado roses importantes con el catolicismo. Basta recordar el caso de Costa Rica y la polémica sobre la Virgen de los Ángeles que ocasionaron los protestantes durante la segunda ronda electoral, lo cual según analistas fue lo que hizo perder a su candidato. No obstante, en todo el continente están surgiendo con fuerza dichos movimientos religiosos y cuentan con gran apoyo popular, especialmente de las mayorías con escasos recursos y menos favorecidos por el desarrollo en los últimos años.

Analizando esta coyuntura, podríamos afirmar que nos enocontramos ante una especie de geoteología contra-progresista, un tipo de fenómeno geopolítico conservador tomado de la experiencia de la teología de la liberación, en cuanto a la fuerza política que puede brindar el utilizar la fe de los pueblos como herramienta de lucha socio-política. Esta vez se invirtió la situación, ya que son los grupos conservadores quienes dirigen, no necesariamente buscan la superación de las grandes contradiciones sociales o económicas en el fondo, sino consolidar sus intereses y que no lleguen gobiernos que quieran hacer cambios estructurales que pongan en riesgo sus inversiones. De paso, curiosamente son movimientos afines a la política exterior de una potencia en concreto, como dicen, en río revuelto, ganancia de pescadores.

Para alcanzar esos niveles de apoyo tan altos, su agenda social esta basada en el fundamentalismo religioso, disfrazado de equilibrio moderado, respeto a la familia, a la decisión de las mayorías y el rescate de valores que la sociedad ha perdido, planteando una oposición absoluta contra temas como fertilización in vitro, aborto, legalización de drogas, matrimonio gay, entre otros. De esta forma se cimentan las bases de nuevos conflictos a lo interno de los estados, en el tanto, se divide a las poblaciones por temas de este tipo y separan fuerzas políticas que puedan eventualmente unirse y representar una amenaza según su perspectiva, a la agenda económica que deseen implementar, lo que vuelve más inestable la región. Realidad que concuerda muy bien con la línea del gran juego geopolítico de mantener caos u opciones potenciales del mismo en zonas de interés concretas por parte de las potencias en disputa.

La tendencia a bajar la temperatura por un lado a unos conflictos y subírsela a otros en otras partes, con el fin de desviar la atención mundial es parte del acontecer diario de esta nueva Guerra Fría. En medio de la crisis en Siria, América Latina pasa a ser una región de profunda inestabilidad, su importancia radica no sólo por su posición geográfica, sino por la cantidad de recursos naturales considerados como estratégicos que posee. La desestabilización inicia por Centroamérica desde Honduras y las pasadas elecciones que han tenido al pueblo en la calle por el tema de lo que la OEA llamó “irregularidades” en el proceso electoral, ahora es Nicaragua y al parecer la situación tiende a empeorar, con casi treinta muertos y sumando, algo que tiene riesgos muy altos para Costa Rica. En América del Sur, el bloque regional UNASUR se empieza a desmembrar con la salida de Argentina, Brasil, Colombia, Chile, Perú y Paraguay del mismo.

Los constantes atentados en la frontera entre Ecuador y Colombia, de la mano de los secuestros y asesinatos de civiles al parecer por parte de la guerrilla tensa mucho la situación interna al presidente Lenin Moreno que se encuentra implementando nuevas medidas económicas en el país. Brasil por su parte muy dividido por el tema del encarcelamiento del expresidente Lula y por el surgimientos de fuerzas políticas protestantes. Además, el colapso venezolano está acarreando grandes desplazamientos de personas hacia Colombia, Chile, Ecuador y Argentina, lo que detona una desestabilización regional que puede agudizarse si las grandes potencias deciden que el Siria latino sea Venezuela, al cual le podrían aplicar la misma receta de Afganistán, Irak, Libia o Siria. En el mundo de hoy no podemos excluir lamentablemente ninguna opción. La posible firma de paz en la península de Corea y el cese de las pruebas nucleares por parte de Corea del Norte, hace que otros focos de conflicto se activen en otras latitudes, así como fue la dinámica en aquella segunda mitad del siglo pasado. ¿Se convertirá nuestro continente en un segundo Medio Oriente? Sólo el tiempo nos puede decir.

Geopolítica del siglo XXI: fluidez en todas partes

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Autor: WALLERSTEIN Immanuel, 15/02/2018.

Fuente: http://www.europe-solidaire.org/spip.php?auteur1450

La arena más fluida en el sistema-mundo moderno, que está en crisis estructural, es posiblemente la arena geopolítica. Ningún país llega, ni de cerca, a dominar esta arena. El último poder hegemónico, Estados Unidos, ha actuado durante mucho tiempo como un gigante indefenso. Puede destruir pero no controlar la situación. Aún proclama reglas esperando que […]

La arena más fluida en el sistema-mundo moderno, que está en crisis estructural, es posiblemente la arena geopolítica. Ningún país llega, ni de cerca, a dominar esta arena. El último poder hegemónico, Estados Unidos, ha actuado durante mucho tiempo como un gigante indefenso. Puede destruir pero no controlar la situación. Aún proclama reglas esperando que el resto [de países] las cumplan, pero puede ser y es ignorado.

Ahora hay una amplia lista de países que actúan según su conveniencia, a pesar de las presiones de otros países para que actúen en tal o cual sentido. Un vistazo a la situación del mundo confirmará sin dificultad la incapacidad de Estados Unidos para salirse con la suya.

Los dos países, además de Estados Unidos, que disponen de un fuerte poderío militar son Rusia y China. En su momento, se tuvieron que mover con cuidado para evitar la reprimenda de Estados Unidos. La retórica de la guerra fría describió dos campos geopolíticos en competencia. La realidad era diferente. En realidad, la retórica enmascaraba la eficacia relativa de la hegemonía estadounidense.

Ahora es prácticamente al revés. Estados Unidos tiene que moverse con prudencia en relación a Rusia y China, con el fin de evitar perder toda capacidad de obtener su cooperación en las prioridades geopolíticas de Estados Unidos.

Mírese a continuación a los llamados aliados más fuertes de Estados Unidos. Podemos discutir sobre cuál es el aliado más cercano, o sobre quién lo ha sido durante mucho tiempo. Se puede elegir entre Gran Bretaña e Israel o incluso, dirían algunos, Arabia Saudita. También se puede hacer una lista de antiguos socios fiables de Estados Unidos: Japón y Corea del Sur, Canadá, Brasil y Alemania. Calificarlos como los segundos.

Fijémonos ahora en el comportamiento de todos estos países en los últimos veinte años. Digo veinte porque la nueva realidad es anterior al régimen de Donald Trump, aunque indudablemente él ha empeorado la capacidad de Estados Unidos para salirse con la suya.

Tomemos la situación en la península de Corea. Estados Unidos quiere que Corea del Norte renuncie a las armas nucleares. Este es un objetivo que Estados Unidos repite regularmente. Es cierto que lo hizo cuando Bush y Obama fueron presidentes. Y continúa siendo cierto con Trump. La diferencia es el modo de tratar de lograr este objetivo. Antes, las actuaciones de Estados Unidos añadían cierto nivel diplomacia a las sanciones. Esto reflejaba la comprensión de que demasiadas amenazas públicas por parte de Estados Unidos eran contraproducentes. Trump cree lo contrario. Él ve las amenazas públicas como el arma básica de su arsenal.

Sin embargo, Trump tiene días diferentes. El primer día amenaza a Corea del Norte con la devastación. Pero en el día siguiente se dirige con prioridad a Japón y Corea del Sur. Trump les acusa de otorgan un apoyo financiero insuficiente para cubrir los gastos derivados de la presencia militar permanente de EE UU en la zona. Entonces, en el vaivén de una posición a la otra, ni Japón ni Corea del Sur tienen la sensación de estar protegidos de forma segura.

Japón y Corea del Sur han hecho frente a sus temores e incertidumbres de forma dispar. El actual régimen japonés busca afianzar las garantías de Estados Unidos ofreciendo un apoyo público total a las (cambiantes) tácticas estadounidenses. De ese modo espera complacer lo suficiente a Estados Unidos para que Japón reciba las garantías que desea. El actual régimen de Corea del Sur desarrolla una táctica bien diferente. Persigue, de forma abierta, relaciones diplomáticas más estrechas con Corea del Norte, muy en contra de los deseos de Estados Unidos. De ese modo espera complacer suficientemente al régimen de Corea del Norte como para que éste responda aceptando no intensificar el conflicto.

No está claro que alguno de estos enfoques tácticos vaya a servir para enderezar la posición de EE UU. Lo que es seguro es que Estados Unidos no está al mando. Tanto Japón como Corea del Sur buscan a hurtadillas disponer de armas nucleares para fortalecer su posición, ya que desconocen lo que pueda depararles Estados Unidos en el futuro. La fluidez de la posición de Estados Unidos debilita aún más el poder de Estados Unidos debido a las reacciones que genera.

Tomemos sino la situación aún más complicada en el llamado mundo islámico, desde Magreb a Indonesia, y en particular en Siria. Cada potencia principal en la región (o que se ocupa de la región) tiene un enemigo (o enemigos) principal diferente. En este momento, para Arabia Saudita e Israel es Irán. Para Irán es Estados Unidos. Para Egipto es la Hermandad Musulmana. Para Turquía, los kurdos. Para el régimen iraquí, los sunitas. Para Italia, Al Qaeda, lo que hace que sea imposible controlar el flujo de migrantes. Y aún podíamos seguir.

¿Y para Estados Unidos? ¿Quién sabe? Esto es lo que da miedo a todos los demás. Estados Unidos parece tener en este momento dos prioridades bastante diferentes. Un día, es la aquiescencia de Corea del Norte con los imperativos de EE UU. Al día siguiente, es poner fin a la participación de Estados Unidos en la región de Asia oriental o, al menos, reducir su desembolso financiero. Nadie sabe a que atenerse.

Podríamos dibujar una situación similar en otras regiones o subregiones del mundo. La lección a retener al hacerlo es que al declive de Estados Unidos no le sigue [la emergencia de] otra hegemonía. Lo que ha ocurrido es que, la fluidez de la que hablamos se ha plegado al zigzag caótico general.

Por supuesto, en ello reside el gran peligro. De pronto, en todo el mundo la gente piensa, y sobre todo las fuerzas armadas, en accidentes nucleares, en errores, o en una locura. A corto plazo el debate geopolítico más importante es cómo lidiar con este peligro.

 

Traducción: viento sur

vientosur.info/spip.php?article13518

 

La globalización de la salud y la desigualdad

Fuente: esglobal.org24 junio 2015

Autor:  Rafael Vilasanjuan.

En el momento en que la comunidad internacional evalúa si hemos cumplido los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), lo primero que podemos constatar es que, desde que éstos se definieron, la agenda de salud global ha sufrido una transformación profunda. De aquellas promesas cuya misión era evitar las muertes prevenibles en países de renta baja, el interés ha girado, en poco más de una década, hacia inquietudes mucho más cercanas. Los recortes en los sistemas de salud en los países del Estado de bienestar, la falta de investigación para dar respuesta a la creciente resistencia a antibióticos o el inaccesible precio de los medicamentos innovadores para curar enfermedades como la hepatitis C desvelan una realidad nueva. El mundo iniciaba el siglo XXI con los objetivos de desarrollo más ambiciosos hasta el momento, pero solo unos años después las prioridades han cambiado y ya no hablan únicamente de países pobres, sino de hacer frente también a los excluidos en las economías desarrolladas.

Los Objetivos del Milenio, especialmente en el terreno de la salud global y particularmente en el de las enfermedades infecciosas, no se plantearon como objetivos menores. Tomemos, por ejemplo, el capítulo de mortalidad infantil. El número de niños que no alcanzaba los cinco años de vida se ha reducido enormemente, pasando de 12 millones de muertes anuales en los 90 a la mitad en la actualidad (en 2013 la cifra se cerró en 6,3 millones). Aunque la promesa era recortar las muertes en dos tercios, un objetivo que no se ha alcanzado, considerarlo insuficiente sería injusto.

Algo similar podríamos decir de las tres grandes enfermedades infecciosas. La lucha contra el sida ha logrado estabilizar una curva ascendente de infecciones. En 2010, el número de personas viviendo con el virus del VIH era de unos 34 millones, casi un 20% más de los registrado en 2000, pero este aumento se debe a que los enfermos han dejado de morir. La mortalidad por causas relacionadas con esta enfermedad ha ido disminuyendo significativamente desde que en 2000 alcanzara su máximo en más de dos millones. La lucha contra la malaria también ha registrado un descenso de casi el 30% en el número de víctimas mortales durante la última década. El avance en casi todas las enfermedades infecciosas, incluso en aquellas que consideramos en el epígrafe de desatendidas, ha sido considerable gracias a diversos factores. La irrupción de nueva filantropía, con la Fundación Bill y Melinda Gates a la cabeza, la promoción de nuevos mecanismos de financiación, como el Fondo Mundial contra el sida, la malaria y la tuberculosis, o el desarrollo de la innovación para hacerla accesible a las poblaciones más vulnerables, junto con el compromiso político y en el marco de unos objetivos globales, han sido determinantes.

A pesar de que no hemos cumplido muchas de las promesas ni alcanzado todos los resultados esperados, podemos afirmar que los Objetivos del Milenio han funcionado. La zanahoria con la que el motor de desarrollo global arrancó, pese a no alcanzar su recorrido óptimo, ha permitido un progreso sustancial y, con todas sus limitaciones, no hay duda de que hemos asistido a la década más ambiciosa en cuanto a la mejora de la salud global. La cuestión es ahora saber si esos tiempos han pasado.

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Islas, fronteras y migraciones mediterráneas.

Fuente: L’espace politiquenº 25, 2015.

Autores: Nathalie Bernardie-Tahir et Camille Schmoll.

Último número de la revista “L’espace politique” dedicado a los flujos migratorios que se están produciendo en el Mediterráneo y cuyo crecimiento ha sido espectacular: 200.000 en 2014 frente a los 60 000 en 2013, y los 70 000 en 2011, en el momento álgido de la Primavera Árabe.

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