La clave está en el mapa.

Muro que separa Estados Unidos de México. JEROME SESSINI MAGNUM PHOTOS

Autor: TIM MARSHALL, 

Fuente: El País.

Existen muchos factores que influyen de manera decisiva en las decisiones que toman los dirigentes de cada país. Y el factor más olvidado es la geografía. Tratar de entender los conflictos sin un mapa y una explicación geográfica es casi imposible.

Las palabras pueden decirnos qué ha pasado; el mapa nos ayuda a comprender por qué. Los ríos, montañas, desiertos, islas y mares son factores determinantes en la historia… Los líderes, las ideas y la economía son cruciales. Pero son temporales, y el macizo del Hindú Kush los sobrevivirá a todos. Esta teoría no es nueva, pero pocas veces se explica con el detalle que merece.

Empecé a reflexionar sobre este tema cuando trabajé como periodista en la guerra de Bosnia, en los años noventa. Una vez estaba en una colina observando un pueblo en llamas, y pregunté a quienes habían provocado el incendio por qué lo habían hecho. Los pistoleros respondieron que, si quemaban el pueblo, sus habitantes huirían al siguiente, y luego a la población de más allá, y eso les permitiría a ellos avanzar por el valle hacia la carretera a la que querían llegar por razones estratégicas. A partir de entonces, traté de no emplear el término “violencia sin sentido”. En esas situaciones tan terribles, la violencia suele guiarse por una lógica fría, dura y brutal.

Un ejemplo más reciente es el de Siria. La historia nos dice que la tribu alauí, la minoría a la que pertenece el presidente El Asad, procede de la región montañosa sobre la costa. Pues bien, si miramos el mapa y ciertos lugares en los que se han producido combates, es evidente que el bando de El Asad ha querido asegurarse la ruta que une Damasco con la costa por si tenía que refugiarse en la zona en la que se encuentran sus raíces históricas.

El Asad ha querido asegurarse la ruta que une Damasco con la costa por si tenía que refugiarse

Los otomanos dividieron lo que hoy es Irak en tres áreas administrativas: Mosul, Bagdad y Basora. Después, los británicos unieron las tres en una sola, una imposibilidad lógica que los cristianos quizá resuelven recurriendo a la Santísima Trinidad, pero que, en Irak, ha desembocado en un caos muy poco santo y más bien nefasto, porque hoy los kurdos, los suníes y los chiíes se disputan el control de las regiones.

Dos osos polares sobre una placa de hielo en Spitsbergen (Noruega).
Dos osos polares sobre una placa de hielo en Spitsbergen (Noruega). ALAMY STOCK PHOTO

  

Rusia ofrece dos buenos ejemplos de la influencia de la geografía. Ha sufrido numerosas invasiones llegadas de las llanuras del norte de Europa, y por eso sus gobernantes han tratado de dominar la región para que les sirva de parachoques frente a nuevas incursiones.

En Rusia, la mayoría de los puertos se congelan en invierno. Por consiguiente, Sebastopol, en el mar Negro, tiene una importancia crucial. Cuando Ucrania “se pasó” a la esfera de influencia de la OTAN, Putin pensó que la geografía no le dejaba otra opción que invadir el país. Si dejamos aparte el aspecto moral, suele ser más fácil comprender un acontecimiento. No defiendo que haya que olvidar la ética en los asuntos humanos, solo subrayo que, como dijo el escritor especializado en geopolítica Nicholas Spykman, “la geografía no discute; se limita a ser”.

La realidad geográfica del continente norteamericano explica los vínculos comerciales

Lo que quería decir Spykman era que, para comprender mejor el mundo, debemos verlo, no como queremos que sea, sino tal y como es. La geografía nos ayuda a ello, y, una vez que lo hemos logrado, podemos saber mejor cómo cambiarlo. Por eso debemos empezar con un mapa; todo lo demás viene después.

Cientos de emigrantes procedentes de Libia son rescatados en el Mediterráneo por la ONG Proactiva Open Arms.
Cientos de emigrantes procedentes de Libia son rescatados en el Mediterráneo por la ONG Proactiva Open Arms. AFP

¿Cuál es el tamaño de un país concreto? ¿Qué recursos naturales tiene? ¿Cuántos habitantes tiene? ¿Hay defensas naturales, por ejemplo montañas, o es vulnerable porque su frontera está en terreno llano?

Una vez que hemos averiguado todo esto, debemos añadir la historia para comprender mejor la psicología del país, y de ahí pasamos a la política. Y después llegamos a las personas.

Como sostuvo el experto en geopolítica Nicholas Skypman, hay que ver el mundo no como queremos, sino tal como es

En las relaciones internacionales existe un dicho: “Estados Unidos tiene unos intereses y unos presidentes. Los presidentes cambian; los intereses, no”. En el fondo, esta frase está hablando de la geopolítica y la geografía. Un ejemplo actual es Donald Trump. El presidente, como muchos otros de sus predecesores, llegó al poder diciendo que iba a mantener a EE UU al margen de los líos en el extranjero, pero las realidades de la geografía ya le han arrastrado a todo lo contrario. EE UU no quiere que Rusia domine Europa; por eso Trump ya ha empezado a enfrentarse a Moscú. La geografía del continente norteamericano explica cómo y por qué los vínculos comerciales entre Moscú, Canadá y EE UU son los que son; Trump ha descubierto que no puede cambiar esa geografía y ya está suavizando su postura sobre el Tratado de Libre Comercio.

Un niño recorre en bicicleta las ruinas de la ciudad de Douma en Siria. 
Un niño recorre en bicicleta las ruinas de la ciudad de Douma en Siria.  BASSAN KABIEH REUTERS

 

La geografía y la historia son también las que hacen que EE UU se implique en la situación de Corea del Norte. Los estadounidenses tienen en Corea del Sur unas estructuras que albergan a 28.000 soldados norteamericanos, todos ellos al alcance del ejército del Norte. La tecnología puede doblar los barrotes de la prisión de la geografía, pero no romperlos. La tecnología ha permitido a Corea del Norte desarrollar unas armas de artillería convencional y situarlas en las colinas que dominan la zona desmilitarizada, desde donde podrían llegar a Seúl. Esa distancia, 56 kilómetros, es un factor relevante para cualquier decisión política y militar que tomen Corea del Norte, Corea del Sur y EE UU.

Las personas son fundamentales, sin duda. Da la impresión de que el presidente Trump está más dispuesto a emplear la fuerza militar que su predecesor, y ese es un dato que todo el mundo tiene en cuenta, pero que no resta importancia a los factores geográficos, también necesarios a la hora de tomar decisiones.

A veces me preguntan si los misiles balísticos intercontinentales (ICBM, por sus siglas en inglés) han roto los barrotes de la prisión geográfica. Yo respondo que no, lo único que han hecho es cambiar las ecuaciones. Lo que tienen que hacer ahora los vecinos de Corea del Norte y los estadounidenses es descubrir el alcance de los ICBM y buscar en el mapa hasta dónde pueden llegar. Las decisiones siguen dependiendo, en parte, de la geografía.

No es que los infinitos artículos sobre el carácter de Trump, Putin, Duterte y otros carezcan de sentido; de hecho, forman parte de nuestro discurso público. Pero, si no estudiamos el mapa, no podremos comprender por completo el entorno estructural en el que actúan esos personajes.

En definitiva, para entender como es debido los motivos de una situación, es necesario interpretar la política, conocer la historia, examinar las estadísticas y mirar el mapa. Sin esto último, es posible que se nos escapen las obviedades. Ya lo dijo el gran escritor británico George Orwell: “Para ver lo que tenemos delante de nuestros ojos hay que hacer un esfuerzo permanente”.

Tim Marshall, veterano corresponsal de guerra británico, es autor de ‘Prisioneros de la geografía’ (Península) y fundador de la web informativa TheWhatAndTheWhy.com

De Vilna a Moscú: Historia de una frontera.

Fuente: elordenmundial.com

Autor:  · 8 JUL, 2015

Lituania había sido un estado de considerables dimensiones a lo largo de la Edad Media e incluso durante la Edad Moderna cuando conformó, junto a Polonia, la República de las Dos Naciones. Hoy en día se recuerda esa época con gran orgullo entre la población lituana y sobre todo en sus libros de Historia, sobre todo si pensamos que a partir del siglo XVII el desarrollo del estado lituano va a ser nulo e incluso su independencia pasará de unas manos a otras.

El año crítico que convirtió a este estado báltico en vasallo de los intereses de Moscú fue 1795, año en que la zarina Catalina II anexionó Lituania como una provincia más de su inmenso imperio. De este modo Lituania vivió durante dos siglos encadenada a otros intereses. De hecho, los siglos XVIII y XIX se recuerdan como los siglos de la vergüenza en la que la nación lituana vivió alejada de toda posibilidad de independencia.

Si bien el siglo XX y sobre todo el fin de la Primera Guerra Mundial trajo una nueva esperanza no sólo a Lituania, sino a toda una serie de territorios que exigían en la Europa de la posguerra su derecho a existir como estado-nación reconocido a nivel internacional. Así, la desaparición en 1918 de los imperios alemán, austro-húngaro, ruso y otomano dejó el espacio necesario para el nacimiento de toda una serie de estados y el reconocimiento del derecho de los pueblos a la auto-determinación. Este derecho fue defendido por el presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson, en sus Catorce Puntos. En este contexto nacieron los estados bálticos de Estonia, Letonia y Lituania, que disfrutaban de su independencia después de varios siglos de dominio ruso.

Este periodo, conocido como la Primera República Independiente de Lituania, tuvo lugar entre 1918 y 1940, periodo en el que el estado desarrolló toda una serie de estrategias internacionales a fin de consolidarse como un estado libre. De este modo, tuvo que hacer frente a una Polonia en expansión que llegó a ocupar la capital, Vilnius, durante varios años. Asimismo, tuvo que lidiar con la creciente influencia de la URSS, que no ocultaba sus ansias expansionistas y con la vecina Alemania, sobre todo a partir de 1933, cuando el país se encontró rodeado de potencias en expansión contrarias a la libertad del pueblo lituano.

Los miedos de Lituania sobre una hipotética invasión se materializaron en el Pacto Ribbentrop-Mólotov en virtud del cual, nueve días antes de que se iniciara la Segunda Guerra Mundial, Alemania y la Unión Soviética acordaban el reparto del este de Europa. En 1940 Moscú pasó a controlar toda la franja este del Báltico, Lituania incluida, lo que puso fin a 22 años de independencia.

De este modo nacía la República Socialista Soviética de Lituania, la decimocuarta república de la URSS y que vivió bajo la influencia de Moscú entre 1940 y 1990, si bien hubo un pequeño periodo de tiempo, entre 1941 y 1944, en el que la Alemania de Hitler “liberó” Lituania del dominio ruso. De hecho, la mayoría de los lituanos recibieron a las tropas de Hitler como auténticos héroes. Sin embargo, la lógica del fin de la II Guerra Mundial, con la derrota de Alemania, llevó a Moscú a ocupar de nuevo la república báltica y esta vez lo hizo con todo el peso de su imperio.

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Lituania vivió casi 50 años en la órbita soviética, cambiando radicalmente su sistema económico, social, político y cultural. Para evitar cualquier tipo de levantamiento de corte nacional, desde Moscú se implantó una política de colonización. Se llegó a impulsar una auténtica campaña por el trasvase de población autóctona rusa a las repúblicas bálticas. Realmente no fue muy complicado, dado que las repúblicas del oeste tenían un mayor nivel de vida que el resto de repúblicas soviéticas. Así, durante medio siglo se silenció toda expresión de cultura lituana e incluso la propia lengua fue relegada al ámbito privado en favor de la oficialización del ruso.

El despertar de Lituania

A finales de los años 80 la URSS va a entrar en un proceso de descomposición producto de las políticas internas llevadas a cabo las décadas anteriores. En un intento de impulsar de nuevo a la Unión, Mijaíl Gorbachov va a desarrollar toda una serie de reformas económicas, conocidas como Perestroika, y va a extender mayores libertades individuales y políticas, que se conocieron como Glásnost.

Captura de pantalla 2015-07-05 a la(s) 02.56.26En este contexto, en las repúblicas bálticas se va a desarrollar un movimiento social conocido como Revolución Cantada, cuyo objetivo era defender la integridad nacional de los pueblos estonio, letón y lituano y su independencia. El nombre deriva de la reunión espontánea del pueblo en diversas plazas con el fin de cantar canciones populares y religiosas – sobre todo en el caso lituano – como arma contra el silencio impuesto desde Moscú. Las protestas siguieron en aumento durante los años finales de la década de 1980. El culmen de estas manifestaciones, en buena medida pacíficas, llegó de la mano de la Cadena Báltica.

Captura de pantalla 2015-07-05 a la(s) 02.55.36Esta campaña unió las tres repúblicas bálticas con una cadena humana de más de 650 kilómetros y contó con la participación de más de 1,5 millones de personas. La cadena cruzaba las tres capitales y su objetivo era llamar la atención de la opinión pública mundial sobre la situación por la que estaban pasando los tres pueblos bálticos.

A principios de la década de 1990 los acontecimientos se precipitaron. Junto a las progresivas protestas pro-independencia se sumó el triunfo del partido Sajūdis (Movimiento Reformista Lituano), que defendía la secesión del pequeño país báltico. Este partido, cuya composición incluía a comunistas reformistas e incluso a conservadores nacionales, logró 101 escaños de 141 en el Soviet Supremo Lituano.

Desde luego este hecho marcó un antes y un después y colocó a Lituania a la cabeza del proceso independentista de las repúblicas bálticas, de tal modo que el 11 de marzo de 1990 el país declaraba su independencia de forma unilateral. Sin embargo, la URSS no lo iba a poner tan fácil y no tardó en invadir la capital ocupando la antena de televisión de Vilna, acto en el que murieron 14 personas.

Si bien hasta Moscú debió darse cuenta de que el proceso independentista era imparable, tanto por el ferviente sentimiento nacionalista surgido en Estonia, Letonia y Lituania, como por la situación interna que estaba viviendo el enorme imperio soviético. De esta forma, en 1991, Lituania, al igual que sus vecinos del norte, recuperaba definitivamente la independencia, soberanía e identidad de la que la URSS les había privado en 1940.

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Las cicatrices territoriales invisibles

Fuente: www.yorokobu.es

Autor: Borja Ventura, 27/05/2015

Apenas quedan fronteras en este lado del mundo. Ya no hay garitas de gendarmes, ni alambres de espino, ni zanjas, ni vallas levadizas.

Al menos no, claro, para los que somos de aquí. Al sur de nuestro país hemos levantado kilómetros de vallas alambradas en paralelo, coronadas de cuchillas y guardadas por militares armados que hacen las veces de cocodrilos en el foso de nuestro primer mundo.

Hay otras divisiones, menos humanas y más racionales, que separan mundos. Ríos que delimitan términos municipales, cadenas montañosas que separan países, el mar aislando un archipiélago o un cartel con una franja roja en la carretera indicando que ese pueblo pintoresco ha llegado a su fin. Los límites de nuestros pequeños trozos de civilización empiezan y terminan, como todo en nuestra existencia.

Sin embargo, no todas las fronteras son así. Hay algunas intangibles pero reales, mucho más poderosas que las anteriores. Hay fronteras que explican por qué algunos creen que es buena idea impedir que otros lleguen a nuestro territorio, y que también explican por qué hay gente dispuesta a dejarse su vida y la de los suyos por intentarlo. Fronteras que explican por qué es mejor nacer a un lado u otro del valle, del río o del mar. O por qué por el hecho de nacer en una ciudad o en otra, en un pueblo o provincia más cerca o lejos, tu vida es distinta.

Son fronteras invisibles, como la ideología, la economía o la herencia del pasado.

Uno de los ejemplos lo recopilaba hace unos días Antonio Delgado en El Español: dividía Madrid y Barcelona, nuestras dos principales ciudades, en distritos, y coloreaba cada distrito en función de qué fuerza política había sido la más apoyada en las recientes elecciones. El resultado era tan claro y evidente que asusta: en la capital hay un muro invisible entre el norte, más rico y conservador, que vota al PP; y el sur, obrero y descontento, que vota a la amalgama de izquierdas que es Ahora Madrid. En la ciudad catalana se traza una línea costera de descontentos que apoyan a la versión catalana de esa amalgama, Barcelona en Comú, y el interior, la parte alta de la ciudad, volcada con CiU.

Elecciones 2015_Madrid

Elecciones 2015_Barcelona

Hay, por tanto, muros de distancia entre distritos de una misma capital.

Hay ejemplos mucho más evidentes en países donde sí existieron fronteras internas, como es Alemania. The Washington Post recopiló hace algunos meses, con motivo del 25 aniversario de la caída del muro, algunos mapas con datos que mostraban que el país, a pesar de llevar tanto tiempo reunificado, seguía dividido. Hay, como entonces, dos Alemanias. Ahí siguen las cifras, congeladas en el tiempo, como en Goodbye Lenin, como sin enterarse de que quien gobierna con autoridad no solo Alemania sino a toda Europa es una mujer que nació «al otro lado» del muro.

Los datos usados para las visualizaciones son de lo más variados: vacunación gripal, cuidado infantil, inmigración, demografía, desempleo e ingresos.

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