El plan naval de China para superar a la Armada de Estados Unidos y controlar el Pacífico en 2030.

Hasta el 001A, China solo tenía un portaaviones, el “Liaoning”, que comenzó a construirse en la Unión Soviética en 1985 y vendido por Ucrania a China en 1998.

Fuente: BBC Mundo.

Un océano separa a Estados Unidos y a China. Su dominio es ahora también un motivo de disputa.

Desde finales de la Segunda Guerra Mundial, el control del Pacífico y los mares del mundo ha estado en el radar de la Armada estadounidense.

Grandes marinas de guerra, como la de Rusia o India, no han podido superarla en número o capacidad.

Pero desde hace un par años, los expertos navales de Washington temen por un “nuevo peligro” para la potencia naval más fuerte del mundo: el creciente poderío marítimo de China.

James Fanell, quien fuera director de inteligencia de la Sexta Flota de Estados Unidos, presentó en mayo ante el Congreso un informe de 64 páginas en el que asegura que China desarrolla actualmente una Armada dos veces más grande que la de Estados Unidos y podría reemplazarla como la principal potencia marítima mundial.

“La Armada china está en un proceso de rápido desarrollo y expansión de sus capacidades, y eso está lógicamente generando preocupación en Estados Unidos”, explica a BBC Mundo Lyle Goldstein, profesor del Instituto de Estudios Marítimos de China del Colegio Naval de EE.UU.

“En los últimos tiempos, hemos visto que incluso desarrollaron un portaaviones propio, diseñado por ellos mismos. También se habla de que están construyendo un tercero, con capacidad nuclear, lo que debe ser motivo de orgullo para ellos, pero que genera inquietud de este lado”, añade.

La botadura a finales de abril del 001A, como se conoce al nuevo portaaviones, fue una más de las múltiples señales de poderío naval que Pekín envío en los últimos meses al mundo, entre ellas:

  • Este mes de mayo, la Armada de China lanzó al mar e inició los entrenamientos a bordo de su segundo destructor de la clase 055, el mayor y más avanzado buque de este tipo en las fuerzas navales de toda Asia.
  • Sus buques de guerra y aviones de combate formaron parte de una ostentosa exhibición militar en el polémico Mar de China Meridional, cuya soberanía es motivo de disputa con Estados Unidos y otros países de la región.
  • Las fuerzas navales chinas enviaron bombarderos H-6K con capacidad nuclear a varias de las islas en disputa en ese mar.

“Son hechos que tienen obviamente una importante connotación militar y es por eso que Estados Unidos retiró la invitación a China para participar en el RIMPAC (el mayor ejercicio naval del mundo que tendrá lugar en el verano)”, explica a BBC Mundo Christopher Yung, profesor de la Universidad del Cuerpo de Marines.

En Washington, por lo pronto, ya se dispararon las alarmas.

¿Una Armada invencible?

Bryan McGrath, investigador del Centro de Poder Naval de Estados Unidos en el Instituto Hudson, explica a BBC Mundo que la Armada china ha estado rezagada por más de una generación, lo que ha hecho que el desarrollo en estos últimos tiempos sea más impresionante.

A su llegada al poder, el presidente Xi Jinping impulsó una profunda reforma del Ejército para cambiar sus prioridades: un recorte de 300.000 soldados a cambio de invertir más en innovación y tecnología para modernizar sus fuerzas armadas, sobre todo las navales, aéreas o de misiles.

Según el informe presentado por James Fanell ante el Congreso, la Armada de China ya supera a la de Estados Unidos en algunos aspectos:

  • Tiene desplegados 330 buques y 66 submarinos (396 en total).
  • Estados Unidos, en cambio, tiene desplegados actualmente un total de 283: 211 buques y 72 submarinos.

Según los cálculos del informe presentado por Fanell, China tendrá 450 buques y 99 submarinos operativos y Estados Unidos unos 355 para el año 2030.

Y la gran incertidumbre, en su opinión, es si Washington podrá financiar suficientes construcciones navales para flotar tal cantidad de buques y submarinos para entonces.

Cazabombarderos J15 a bordo del portaviones chino Liaoning.
Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES Image captionCazabombarderos J15 a bordo del portaaviones chino Liaoning.

El ex director de inteligencia de la Sexta Flota advirtió además que, mientras que Estados Unidos busca contar con la mejor tecnología militar tanto por mar como por aire, China ha cerrado la brecha tecnológica.

“La calidad de los buques de guerra (de Pekín) ya presenta hoy una amenaza creíble en la región de Asia-Pacífico”, afirmó.

No obstante, para el profesor Yung ello no implica necesariamente que Pekín sobrepase el poder militar de la primera potencia mundial en este momento.

“En estos casos debe analizarse en tamaño, es decir, número de barcos; y en capacidad militar. Yo diría que tenemos poco tiempo para que China nos alcance en la primera, pero creo que faltaría todavía al menos una o dos décadas antes de que China alcance a Estados Unidos en capacidad en poder de combate”, explica a BBC Mundo.

Goldstein, por su parte, señala que si bien Estados Unidos tiene 11 grandes portaaviones nucleares, China solo tiene dos que son significativamente más pequeños y sin poder atómico.

“La fuerza submarina la están desarrollando pero la nuestra sigue siendo superior y además contamos con mayor experiencia”, asegura el profesor del Instituto de Estudios Marítimos de China del Colegio Naval de EE.UU.

China ha logrado cerrar la brecha tecnológica con Estados Unidos en sus nuevos buques de guerra.
Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES Image captionChina ha logrado cerrar la brecha tecnológica con Estados Unidos en sus nuevos buques de guerra.

Mar abierto, Mar de China Meridional

De acuerdo con el investigador Bryan McGrath, el desarrollo marítimo de China ha llevado a que el balance de poder haya variado “significativamente” en los últimos años.

Goldstein, por su parte, señala en ese sentido que en algunas de las áreas de tensión, como lo son ahora Taiwán y el Mar de China Meridional, ya la marina de guerra de Pekín supera a la estadounidense.

“Es una región que está más cerca del terreno continental de China, por lo que geográficamente ellos tienen una mayor ventaja. Pero en mar abierto, la Armada de Estados Unidos seguirá siendo la más poderosa por un largo tiempo“, señala.

Soldados de Filipinas participan en maniobras militares con fuerzas de Estados Unidos en el mar Meridional de China.
Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES Image captionSoldados de Filipinas participan en maniobras militares con fuerzas de Estados Unidos en el mar Meridional de China.

De hecho, según Yung, una de las cuestiones a tener en cuenta es si Pekín está reforzando su Armada regional únicamente para el control estratégico del Mar de China Meridional, o quiere desarrollar una fuerza marítima global para competir con otras potencias como Estados Unidos.

Según el Instituto Internacional de Investigación para la Paz con sede en Estocolmo, Suecia, aunque Washington se mantuvo durante 2017 como el país que registra los mayores gastos de defensa a nivel global, China realizó el mayor incremento absoluto en esos costes (US$ 12 mil millones).

Es por eso que, en opinión de Macgrath, el hecho de que China busque ahora ser la potencia líder en la región de Asia-Pacífico hace que el desafío para Estados Unidos en unas décadas pueda ser mayor en caso de que quiera expandir su control.

“El problema es que mantener ese dominio que ahora tiene la Armada de Estados Unidos conlleva una serie de gastos que me parecen que no cuenta con el necesario apoyo. Y lo que veo en un periodo de 15 años es que dejaremos de ser la fuerza naval más poderosa del mundo”, sostiene.

El Indo-Pacífico: lo que hay detrás del concepto.

El Indo-Pacífico: lo que hay detrás del concepto. Buques de la Armada de la India, Australia, Japón, Singapur y los Estados Unidos durante el Ejercicio Malabar en la bahía de Bengala (5/9/2007). Foto: U.S. Navy (Mass Communication Specialist Seaman Stephen W. Rowe) vía Wikimedia Commons (Dominio Público).

Autor:    9/05/2018

Fuente: Real Instituto Elcano.

 

En “La venganza de la geografía” Robert Kaplan advierte que la geografía no cambia. Lo que cambia es la manera en la que la concebimos. Y yo añadiría que las maneras de concebir la geografía nunca son neutras.

Hay motivos geográficos para defender el concepto de Indo-Pacífico. De alguna manera el Índico y el Pacífico son océanos complementarios. El tráfico marítimo que transita por el Estrecho de Malaca debe pasar primero por el Índico. El componente marítimo del proyecto OBOR de China requiere del Índico para su realización. En cuanto a biodiversidad marina el Índico y el Pacífico forman una unidad. Pero la introducción de nuevas concepciones geográficas no depende tanto del marco geográfico subyacente como de los intereses geopolíticos. Y hoy en día esos intereses geopolíticos existen en el contexto de la rivalidad entre EEUU y China.

Desde un punto geopolítico, hay ganadores y perdedores con la introducción del concepto.

El más obvio ganador es India. El concepto de Indo-pacífico le otorga una posición centralfrente a la marginación geográfica en que le deja la concepción habitual de Asia-Pacífico. El concepto de Indo-pacífico es un acicate para desarrollar su Armada y convertirse en una potencia naval. Precisamente la Estrategia de Seguridad Marítima que la Armada india elaboró en 2015 ya menciona el Indo-pacífico e incluye áreas del Pacífico Occidental como zonas de interés marítimo secundario para el país. Entre las zonas de interés marítimo primario incluye los cuellos de botella entre los dos océanos: los estrechos de Malaca, Sunda y Lombok.

El concepto de Indo-pacífico asimismo otorga una nueva importancia a Australia e Indonesia, dos potencias que están a caballo entre los dos océanos y que vienen a convertirse en sus nexos de unión. El Libro Blanco de la Defensa australiano de 2016 hace del Indo-pacífico el eje de su reflexión estratégica y señala que de su estabilidad dependen la seguridad y prosperidad nacionales. El Libro Blanco destaca a EEUU como a uno de los socios con quienes debe colaborar para asegurar la estabilidad del Indo-pacífico.

El Libro Blanco de la Defensa indonesio de 2015, en cambio, se atiene al concepto tradicional de Asia-Pacífico. El deseo de hacer valer su condición de potencia marítima que está a caballo entre dos océanos, que ya aparece en dicho Libro Blanco, y su protagonismo en la Asociación de la Cuenca del Océano Índico (IORA, según sus siglas en inglés) hacen previsible que en futuras ediciones Indonesia acabe abrazando el concepto de Indo-pacífico.

La perdedora es evidentemente China. El Índico tiene una importancia geoestratégica clave para China. Es por él que transita una parte importante del petróleo y gas que consume. También es la vía de comunicación más rápida hacia los mercados del África Subsahariana, cada vez más importantes para China.

La importancia que tiene el Índico para China puede apreciarse al analizar sus actividades en este océano, clave para la Iniciativa de la Franja y de la Ruta, en los últimos años. En relación con la Iniciativa señalada, aunque no exclusivamente, conectará Xinjiang con el puerto de Gwadar; la Zona Económica Especial del puerto Kyaukpyu en Myanmar, más el gasoducto que irá de esta Zona a China; la conexión viaria entre Kunming y el puerto bangladeshí de Chittagong, que atravesará Myanmar; el puerto de Hambantota en Sri Lanka. A los proyectos de conectividad, hay que sumar que en el Índico, por primera vez China ha proyectado su poder naval fuera de su vecindario más inmediato: participación de la marina china en operaciones de anti-piratería en el Golfo de Adén y la construcción de una base de apoyo naval en Yibuti.

Si hasta ahora China había podido operar en el Índico sin casi oposición, la situación cambiará probablemente en breve. El pasado noviembre, en los márgenes de la Cumbre de Asia Oriental, EEUU, Australia, India y Japón retomaron el Diálogo de Seguridad Cuatripartito(Quadrilateral Security Dialogue), que incluyó temas tales como la libertad de navegación, la seguridad marítima y el respeto al Derecho Internacional. La primera impresión es que en su aproximación al Indo-pacífico los aspectos de la seguridad y la libertad de navegación son los que van a primar.

Tal vez, para ver lo que hay detrás del concepto y lo que se persigue con él, convenga hacer referencia a la sesión informativa que el subsecretario de Estado Adjunto para Asuntos de Asia del Este y el Pacífico, Alex N. Wong, dio el pasado 2 de abril en Washington para explicar la estrategia de la Administración Trump para una región Indo-Pacífica libre y abierta.

Wong dijo que por “libre” quiere decir que los países de la región se vean libres de coerción y que puedan seguir las vías que soberanamente decidan. “Libre” también significa sociedades más libres en términos de anticorrupción, derechos fundamentales, transparencia y buen gobierno. “Abierta” alude a líneas de comunicación marítima y abierta, a logística e infraestructuras, que favorezcan realmente la integración regional y el crecimiento económico y que se desarrollen en un ambiente favorable a la inversión.

Las potencias del Diálogo de Seguridad Cuatripartito acaso sientan que las batallas de la vigencia de la Convención de NNUU sobre Derecho del Mar y de la libre navegación están perdidas en el mar del Sur de China y deseen que este escenario no se repita en el Océano Indico.

Finalmente, en lo que se refiere a la UE, la impresión es que la reflexión sobre el Indo-Pacífico y sus implicaciones geoestratégicas apenas ha comenzado. En la Estrategia Global de la UE, publicada en junio de 2016, el término “Indo-pacífico” sólo aparece una vez y de una manera muy marginal en la frase: “En todas las regiones del Indo-Pacífico y del este asiático, la UE promoverá los derechos humanos y apoyará las transiciones democráticas, como la de Myanmar/Birmania”. Irónicamente, en las líneas precedentes la Estrategia menciona varios objetivos en Asia, que habrían sido perfectamente aplicables al Indo-Pacífico: defensa de la libertad de navegación, defensa del respeto al Derecho Internacional, incluido el Derecho del Mar, apoyo a la formación de capacidades marítimas de ASEAN… Tal vez estos últimos años la UE haya estado tan preocupada por insertarse en la arquitectura de seguridad en Asia-Pacífico y por la situación en el mar del Sur de China que haya pasado por alto que el Pacífico entretanto había crecido y se había convertido en el Indo-Pacífico.

Geopolítica en el Indo-Pacífico: el factor militar en la nueva China.

Autora: Laura Paíno Peña.

Fuente: I.E.E.E. , 18/05/2018.

El notable incremento del presupuesto de defensa chino en la última década y su expansión comercial imparable, sumados a la ocupación china de territorios marítimos disputados y a la creación de nuevos grupos aeronavales, denotan la intención china de ejercer la supremacía en el Indo-Pacífico. Tal política ofensiva ha puesto en alerta a Estados Unidos, que ha visto dañada su influencia en la zona. China, la nueva potencia emergente, está desafiando el poder estadounidense en la región, poder al que Estados Unidos no está dispuesto a renunciar. La lucha por la hegemonía en el área conduce a ambos países a un enfrentamiento. Se trata de un nuevo ejemplo en el que la «Trampa de Tucídides» marcará el futuro no solo de una región, sino de todo el mundo.

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Irán: regreso al pasado.

Una mujer protesta contra el Gobierno iraní en la Universidad de Teherán, diciembre 2017. STR/AFP/Getty Images

 

Autor: Javier Martín

Fuente: esglobal.org/ 08/01/2018

En junio de 2009, apenas conocidos los resultados que confirmaban la reelección del entonces presidente, el ultraconservador Mahmud Ahmadineyad, cientos de miles de iraníes, en su mayoría jóvenes pertenecientes a las clases acomodadas, salieron a las calles de Teherán y otras grandes ciudades del país para denunciar lo que definían como una victoria amañada en favor del controvertido mandatario. Impelidos por la ilusión que había suscitado en campaña su oponente aperturista, Mir Husein Musaví, y al grito de “¿Dónde está mi voto?”,  el incipiente “movimiento verde” de reforma –prólogo persa de las futuras “primaveras árabes”– llenó plazas y avenidas con una marea de concentraciones y marchas, en un principio pacíficas. Presionado tanto por los reformistas como por la nueva hornada de ultraconservadores –liderados por el propio Ahmadineyad, cabecilla de una corriente ansiosa por reemplazar a la generación que en 1979 derribó al último Sha de Persia–, que aprovecharon la oleada de indignación para tratar de avanzar en su propia agenda secreta, la vieja guardia optó una vez más por la represión y la extrema violencia. Primero, contra Musaví y sus seguidores, que con el devenir de los días habían comenzado a evolucionar y a convencerse de que podían mutar en un ambicioso movimiento protorevolucionario capaz de generar una grieta en la opresiva teocracia iraní, sacudir sus ásperos cimientos y forzar un cambio final de régimen.

Sostenido en sus dos principales brazos ejecutores –las milicias populares Basij y la Guardia Revolucionaria, cuerpo de elite fundado por el propio Alí Jameneí–, el régimen apaleó, arrestó y mató sin contemplación a sus ciudadanos. Acusó a las potencias extranjeras de azuzar las movilizaciones –en aquella ocasión con cierto motivo, ya que el peso de los enfrentamientos lo sostuvo el grupo opositor en el exilio Mujahidin Jalq, tutelado por Francia y vinculado a la CIA y el MI6 británico–, expulsó a la prensa extranjera desplazada para los comicios, bloqueó los accesos a Internet, las cadenas satélites y cualquier información proveniente del exterior; encarceló a los líderes reformistas, pese a ser revolucionarios de primera hora, y suprimió a sangre y fuego, con total impunidad, un movimiento surgido de un pueblo cansado pero incansable al que animaba el aroma de libertad y el color de la esperanza en un mañana distinto.

Después, se aplicó en el castigo a Ahmadineyad y a esa llamada “segunda generación de la Revolución”, la de aquellos jóvenes radicales que lucharon desde las trincheras contra la dictadura del Sha y que ahora reclaman su botín. Una corriente mesiánica, ultra religiosa y más hostil si cabe a Occidente, ávida de poder y dinero, que ha crecido durante la última década e inquieta aún más a al ayatolá Jameneí y su estrecho círculo de clérigos y militares, ya que cultiva y cosecha adeptos en los mismos campos: las clases populares y desfavorecidas.

Ocho años después, las protestas y la represión violenta de la mismas han vuelto a colocar los focos sobre Irán y a teñir de sangre y oprobio sus calles. Pero al contrario que en 2009, su motor no ha sido la clase acomodada urbana, sino los jóvenes de las áreas periféricas y rurales, más empobrecidos, descontentos por la continuidad de la crisis económica, el fracaso de las reformas prometidas por el actual Presidente, el moderado Hasán Rohaní, y la creciente desconfianza hacia las elites tradicionales, a las que acusan de preocuparse únicamente por su propio bienestar. El catalizador del descontento ha sido, al parecer, la filtración de una serie de partidas secretas del opaco Presupuesto general del Estado. En un país rico en materias primas, donde el índice de paro supera –extraoficalmente– el 40%, la inflación crece de manera sostenida, y los jóvenes –que suponen cerca de un 50% del censo– tienen graves dificultades para afrontar el futuro, impactó la confirmación de un secreto que solo se intuía en privado: que se destinan las mayores partidas al sostenimiento de ciertas instituciones religiosas, y que cientos de millones se dedican a privilegiar a la Guardia Revolucionaria, a la guerra en Siria y a la ayuda de grupos extranjeros, en busca de influencia política en la región. Aunque era un arcano compartido a voces, la puntilla ha sido el descubrimiento de que la dotación para este cuerpo militar, pilar del corrupto régimen junto a los Basij, aumentará en más de 11.000 millones de euros el próximo ejercicio, al tiempo que se recortan por décimo año consecutivo las dotaciones sociales y la factura de los subsidios a bienes fundamentales como el combustible, a productos básicos como el pan, o a servicios esenciales, como la educación.

“Desde hace décadas, aquellos que viven en las zonas rurales, en las provincias han sido el contrafuerte en el que se apoyaba el régimen islámico”, explica Thomas Edbrink, uno de los cuatro periodistas que quedamos durante la revuelta de 2009, y que a día de hoy sigue trabajando en Teherán. “Son conservadoras por tendencia, contrarias a los cambios y prototipo de la vida islámica que promueve el Estado. Pero en apenas una década, todo ha cambiado. Las sequías han aumentado el éxodo a la ciudad, donde tampoco es fácil hallar trabajo”,  resalta. “La situación es peor que en 2009”, abunda Mehdi, colaborador y traductor para la prensa extranjera en aquellos años.  “Muchos se sienten desamparados por el régimen, dolidos por la injusticia social que no entienden. Todo es más caro, más difícil”, confirma.

Dos factores más añaden incertidumbre a un conflicto que diversos analistas creen pasará aún por varios episodios violentos más, pese a que la Guardia Revolucionaria anunciara el pasado seis de enero su victoria “sobre las fuerzas conspiradoras”. El primero, la frustración que ha generado la gestión del propio presidente Rohaní, que ascendió a la presidencia bendecido por el líder supremo tras el enfrentamiento con Ahmadineyad como el mesías que había de reconducir la sociedad y resucitar la frágil economía iraní. Y la constatación de que el acuerdo nuclear de 2015 con las seis potencias mundiales –los países miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, más Alemania– y el supuesto fin de las sanciones económicas y políticas tampoco son ni la panacea y ni el salvavidas que los iraníes ansían. Como hiciera en 2009 con el “movimiento verde”, ambas decepciones han sido redituadas por el antiguo mandatario para regresar a la escena política, resucitar el conflicto generacional y tratar de revitalizar el ataque a la vieja guardia. Ahmadineyad no solo fue uno de los primeros políticos iraníes que denunció en público y criticó con dureza las prebendas del círculo de Jameneí y los viejos mastodontes de la revolución, como el presidente Akbar Hashemí Rafsanyaní. Actuó también contra su fuerza pretoriana y contra algunas de las instituciones religiosas corrompidas. Durante sus primeros cuatro años de mandato emprendió una política de privatizaciones cuyo principal objetivo fue arrancar de las manos de la “Guardia Revolucionaria” los centros de poder económico y de influencia social que concentra para cedérselos a esa segunda generación de revolucionarios, aquellos que como él pusieron la sangre en las calles durante el alzamiento contra Mohamed Reza Pahlevi en 1979 y que creen que ha llegado ya la hora disfrutar de su recompensa. Según fuentes locales, el antiguo mandatario fue arrestado  durante el primer pico de las protestas después de que dedicara duras palabras al gobierno y al círculo estrecho del líder supremo durante un mitin en la ciudad meridional de Bushehr.

“La actitud del régimen ha sido la misma que en 2009. Aunque el presidente Rohaní calificó de normales las protestas, la parte más retrógrada de la Guardia Revolucionaria ha impuesto de nuevo su receta”, recalca Mehdi. “Violencia, corte de las redes sociales y movilización de las masas con el cuento del enemigo externo” en cuanto las demandas de mejoras económicas han comenzado a mezclarse con eslóganes como “Jamení dictador”, o viejos lemas de la revolución islámica de 1979, como el “Allahu akbar” nocturno de los balcones, como ocurrió hace nueve años. “Rohaní puede usar el descontento para tratar de forzar al régimen a emprender los cambios estructurales que el pueblo exige… De forma más específica, puede presentar al Parlamento un paquete de grandes reformas, incluidas enmiendas constitucionales que  concedan más poder a los organismos electos”, opina, sin embargo, con optimismo Alí Vaez, investigador del centro de análisis político Crisis Group. “Si es bloqueado, le quedará claro al pueblo iraní dónde está el problema”, agrega. La cuestión es si Rohaní, él mismo un hombre del sistema, tiene disposición y suficiente influencia para hacerlo. Algo que, a la vista de lo sucedido estos años, la mayoría de sus compatriotas cree que carece.

El segundo factor es el contexto geopolítico en el que se enmarcan este pulso político y esta nueva oleada de tensión social, radicalmente diferente al de 2009. Entonces, el gobierno de Ahmadineyad retaba directamente a la comunidad internacional, despreciaba sus sanciones y avanzaba en su programa nuclear frente a un presidente de Estados Unidos más proclive al diálogo que a la guerra, en una región todavía estable en los parámetros que estableció la Guerra Fría, y ante un enemigo –Arabia Saudí– que se sentía confiado. Casi nueve años después, el vigor saudí se ha transformado en una aguda crisis económica, política, social y diplomática que ha debilitado a la teocracia wahabí y la ha colocado a la defensiva, donde juega sucio para tratar de no perder su influencia. Oriente Medio ha estallado en miles de pedazos, fruto del error colosal que supuso la ilegal invasión de Irak, el florecimiento de organizaciones yihadistas más sofisticadas como el autoproclamado Estado Islámico, el fracaso inducido de las denominadas “primaveras árabes” y las guerras sin sentido en Siria y Yemen. Y la Casa Blanca la ocupa un inquilino sin bagaje internacional, más inclinado al jaleo que a la templanza, al estruendo de las armas (que vende a millones en la región) que al sosiego de las palabras, altamente influenciable, amigo íntimo de Israel (hasta el punto de romper el tabú de Jerusalén) y de Riad, y hostil al acuerdo nuclear. Al contrario que su predecesor Barack Obama, que prefirió contemporizar en 2009, Donald Trump no ha vacilado a la hora de ofrecer todo su apoyo a los manifestantes en Irán. La razón parece responder a una nueva estrategia de confrontación y tener una fecha clave: el próximo 12 de enero, el mandatario estadounidense debe decidir si continúa comprometido con el acuerdo nuclear y con el levantamiento paulatino de las sanciones al régimen de los ayatolás. Analistas internacionales coinciden en que una prolongación de las protestas, que la tiranía iraní se ha apresurado a sajar, sería la excusa perfecta para una decisión que, al igual que el infausto reconocimiento de Jerusalén, transformaría y enrevesaría aún más el tablero internacional. El régimen iraní es, sin atisbo de duda –junto a Rusia–, el principal vencedor de la poliédrica guerra regional en Siria. Se siente fuerte, y pocos creen que esté dispuesto a renunciar –o dejar que le arrebaten– una victoria en la que ha gastado tantos recursos, y en la que ha derramado tanta sangre ajena y propia. Ni siquiera los anhelos libertarios de su propio pueblo.

 

De la geopolítica del caos a la geoteología contra-progresista.

Fuente: elmundo.cr

Autor:  Mauricio Ramírez Núñez, 22/04/2018

El nuevo escenario de Guerra Fría en el que nos encontramos plantea un ajedrez geopolítico global, donde no hay pieza que quede por fuera de los cálculos del juego de las grandes potencias protagonistas, que nuevamente son Rusia y los Estados Unidos, con una China de perfil bajo pero presencia fuerte en lo económico. La doctrina geopolítica del caos controlado implica el desarrollo de formas de lucha híbridas violentas y no violentas, incluidas psicológicas y culturales en las regiones donde existen intereses concretos. El objetivo es llevar a la desestabilización política interna y a cambios abruptos de gobiernos, procesos también llamados “primaveras”, en especial contra aquellos gobiernos considerados “hostiles” o como los mismos Estados Unidos los han llamado, “Rogue State” o Estados Canallas, para referirse a esas naciones no alineadas a su línea de política exterior. Este modelo de instaurar el caos ha sido la tónica después del año 2001 y los atentados contra las torres gemelas.

Especialistas en el tema plantean que el método de llevar desorden y mantenerlo en el tiempo es un mecanismo de administración y control geoestratégico, implica el auge de conflictos étnicos y religiosos así como disputas antiguas que producto del revisionismo histórico, vuelven a reactivarse, siguiendo la estrategia al mejor estilo de la Roma Antigua y su frase famosa “divide y vencerás”. Una vez sumidas las poblaciones en la falta de claridad, dirección, en una profunda crisis política y con gran rechazo hacia las élites gobernantes, lo que se necesita es crear nuevos fenómenos ideológicos que empiecen a recoger todo el descontento popular y malestar ante la falta de respuestas del sistema a temas como la injusticia social, la falta de oportunidades o la corrupción, que valga la acotación es el tema de moda en todo el continente.

Hoy, las ideologías clásicas y las organizaciones políticas tradicionales como partidos o sindicatos están desgastadas y sin capacidad de movilización real de las masas. Ya lo que mueve a la ciudadanía no es necesariamente un color, menos a las personas más jóvenes y con pensamiento crítico. La historia ha demostrado que el auge de movimientos alternativos, la lucha por ideas concretas y en algunas ocasiones mezclados con religión, han dado buenos frutos en la dirección de movilizar grandes grupos sin más dirección estratégica que su disgusto contra el orden imperante. La teología de la liberación fue precisamente un movimiento muy fuerte en América Latina que jugaba al lado de la izquierda en aquella época y que era una lectura ética y política del cristianismo basada más en la justicia social, económica, reconociendo la dignidad de los pueblos y las clases sociales que luchaban por ello. Los Estados Unidos por su parte, en 1961 bajo el mandato del presidente Kennedy, desarrolló programas de cooperación como la famosa Alianza Para El Progreso, con el fin de contener al comunismo y ejercer influencia ideológica. Parte del objetivo era eliminar toda causa de disidencia o insurgencia, ganando los “corazones y las mentes” de la población con una imagen de nación colaboradora a los procesos de desarrollo económico de sus socios.

Hoy, esas experiencias se han visto reflejadas en algunos movimientos estratégicos en lo que a nuevos fenómenos políticos se refiere en el caso de América Latina, mismos que se detallarán más adelante. Ante el conocido y poco exitoso Socialismo del Siglo XXI y el viraje geopolítico hacia la derecha que se inició en el sur del continente con la llegada de Mauricio Macri en Argentina, la destitución de Dilma en Brasil y el triunfo de Sebastián Piñera otra vez en Chile, la confusión vuelve a tomar a la región, pero con el agravante de que ya ni la izquierda ni la derecha son suficientes para satisfacer los grandes problemas que afectan a los países latinos y la pérdida de credibilidad por parte de la ciudadanía pone en jaque el orden político tradicional en cuanto a la forma de organizarse la sociedad y verse representada. Esto no quiere decir que los intereses económicos, las luchas por el poder, las causas sociales, ambientales y las oligarquías hayan desaparecido, por el contrario, nos encontramos ante un reacomodo de fuerzas e ideológico que no es fácil de entender ni está aún consolidado.

Lo que sí se puede vislumbrar es que aquellas fuerzas llamadas progresistas y/o de izquierdas, siguen buscando un espacio o trinchera para reagruparse y seguir con sus luchas, mientras que aquellas fuerzas conservadoras o defensoras del status quo, de una manera muy inteligente han visto en los movimientos pentecostales y protestantes un caballo de Troya perfecto para llegarle a las masas y promover desde ahí sus intereses en lo económico, social y político, ya que la ética protestante es afín a la ideología económica global dominante, circunstancias que han generado roses importantes con el catolicismo. Basta recordar el caso de Costa Rica y la polémica sobre la Virgen de los Ángeles que ocasionaron los protestantes durante la segunda ronda electoral, lo cual según analistas fue lo que hizo perder a su candidato. No obstante, en todo el continente están surgiendo con fuerza dichos movimientos religiosos y cuentan con gran apoyo popular, especialmente de las mayorías con escasos recursos y menos favorecidos por el desarrollo en los últimos años.

Analizando esta coyuntura, podríamos afirmar que nos enocontramos ante una especie de geoteología contra-progresista, un tipo de fenómeno geopolítico conservador tomado de la experiencia de la teología de la liberación, en cuanto a la fuerza política que puede brindar el utilizar la fe de los pueblos como herramienta de lucha socio-política. Esta vez se invirtió la situación, ya que son los grupos conservadores quienes dirigen, no necesariamente buscan la superación de las grandes contradiciones sociales o económicas en el fondo, sino consolidar sus intereses y que no lleguen gobiernos que quieran hacer cambios estructurales que pongan en riesgo sus inversiones. De paso, curiosamente son movimientos afines a la política exterior de una potencia en concreto, como dicen, en río revuelto, ganancia de pescadores.

Para alcanzar esos niveles de apoyo tan altos, su agenda social esta basada en el fundamentalismo religioso, disfrazado de equilibrio moderado, respeto a la familia, a la decisión de las mayorías y el rescate de valores que la sociedad ha perdido, planteando una oposición absoluta contra temas como fertilización in vitro, aborto, legalización de drogas, matrimonio gay, entre otros. De esta forma se cimentan las bases de nuevos conflictos a lo interno de los estados, en el tanto, se divide a las poblaciones por temas de este tipo y separan fuerzas políticas que puedan eventualmente unirse y representar una amenaza según su perspectiva, a la agenda económica que deseen implementar, lo que vuelve más inestable la región. Realidad que concuerda muy bien con la línea del gran juego geopolítico de mantener caos u opciones potenciales del mismo en zonas de interés concretas por parte de las potencias en disputa.

La tendencia a bajar la temperatura por un lado a unos conflictos y subírsela a otros en otras partes, con el fin de desviar la atención mundial es parte del acontecer diario de esta nueva Guerra Fría. En medio de la crisis en Siria, América Latina pasa a ser una región de profunda inestabilidad, su importancia radica no sólo por su posición geográfica, sino por la cantidad de recursos naturales considerados como estratégicos que posee. La desestabilización inicia por Centroamérica desde Honduras y las pasadas elecciones que han tenido al pueblo en la calle por el tema de lo que la OEA llamó “irregularidades” en el proceso electoral, ahora es Nicaragua y al parecer la situación tiende a empeorar, con casi treinta muertos y sumando, algo que tiene riesgos muy altos para Costa Rica. En América del Sur, el bloque regional UNASUR se empieza a desmembrar con la salida de Argentina, Brasil, Colombia, Chile, Perú y Paraguay del mismo.

Los constantes atentados en la frontera entre Ecuador y Colombia, de la mano de los secuestros y asesinatos de civiles al parecer por parte de la guerrilla tensa mucho la situación interna al presidente Lenin Moreno que se encuentra implementando nuevas medidas económicas en el país. Brasil por su parte muy dividido por el tema del encarcelamiento del expresidente Lula y por el surgimientos de fuerzas políticas protestantes. Además, el colapso venezolano está acarreando grandes desplazamientos de personas hacia Colombia, Chile, Ecuador y Argentina, lo que detona una desestabilización regional que puede agudizarse si las grandes potencias deciden que el Siria latino sea Venezuela, al cual le podrían aplicar la misma receta de Afganistán, Irak, Libia o Siria. En el mundo de hoy no podemos excluir lamentablemente ninguna opción. La posible firma de paz en la península de Corea y el cese de las pruebas nucleares por parte de Corea del Norte, hace que otros focos de conflicto se activen en otras latitudes, así como fue la dinámica en aquella segunda mitad del siglo pasado. ¿Se convertirá nuestro continente en un segundo Medio Oriente? Sólo el tiempo nos puede decir.

Los ataques a Siria no afectan a la geopolítica de la guerra.

Un grupo de personas partidarias de Al Asad se manifiestan con banderas de Siria, Irán y Rusia contra el ataque de EEUU, Francia y Reino Unido. (GEORGE OURFALIAN/AFP/Getty Images)

Fuente; esglobal.org, 18/04/2018

Autor: Mariano Aguirre

El lanzamiento de misiles de Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña contra instalaciones militares en Siria no alterarán el curso de la guerra. El ataque ha estado motivado por intereses diferentes que la protección de los sirios. El país es un espejo de las múltiples ambiciones y tensiones hegemónicas en Oriente Medio. He aquí un análisis que actualiza el contexto geopolítico de la guerra.

“Misión cumplida”, declaró el presidente Donald Trump el 15 de abril después de que Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia atacaran tres instalaciones de armas químicas. La primera ministra británica Theresa May aclaró que no fue una operación encaminada a “cambiar el régimen”. El objetivo era disminuir la capacidad del Gobierno sirio para usar armas químicas.

Formalmente, el régimen sirio entregó su arsenal de este tipo a la organización internacional para la prohibición de las armas químicas en 2014, pero ha seguido produciéndolas y usándolas, según la organización Human Rights Watch, en más de 50 ocasiones. Damasco y Moscú afirman que las noticias son inventadas.

El ataque tuvo un impacto limitado. Desde días antes Trump avisó que preparaba una represalia. Siria y Rusia tuvieron tiempo de proteger sus arsenales. En realidad, la operación, como la que Estados Unidos llevó a cabo en 2017, le indica a Damasco que puede seguir reprimiendo, mientras sea con armas convencionales.

Siria, con el apoyo de Rusia e Irán, lleva a cabo en zonas controladas por grupos rebeldes la estrategia de arrasar y atacar a la población civil sin respeto por el Derecho Internacional Humanitario. El mismo modelo que utilizó Moscú en las guerras de Chechenia (1994-1996 y 1999), que ha usado Estados Unidos en Irak y que aplica, actualmente, Arabia Saudí, con el apoyo de Washington, en Yemen.

En 2003 el entonces presidente George W. Bush declaró que la misión en Irak estaba “cumplida”. A continuación, le siguió una década de guerra que se prolonga hasta hoy, con ramificaciones en Siria y Kurdistán, y en otras partes del mundo a través de Daesh.

Igualmente, en 2011 Gran Bretaña y Libia movilizaron al presidente Barack Obama y a la OTAN para atacar Libia en una operación que prometía ser humanitaria (“proteger civiles”) pero que se transformó en promover la caída del régimen de Muamar el Gadafi, su captura y asesinato. París y Londres tenían interés en ocupar el sitio que dejaba parcialmente libre el presidente Barack Obama en la Alianza Atlántica.

Libia se partió primero en dos y después en múltiples áreas controladas por decenas de grupos armados, hasta convertirse en tierra de nadie y en ilícita plataforma de llegada y salida de miles de inmigrantes hacia Europa.

 

El síndrome de Irak

El presidente Obama tuvo presente la guerra sin fin en Afganistán y las experiencias de Irak y Libia cuando se negó a implicar tropas en Siria o a lanzar ataques que acabaran con el régimen de Bashar al Asad. Las críticas a su supuesta falta de decisión para defender a los sirios todavía resuenan. El argumento es que si hubiese atacado al régimen al principio de la guerra nunca se hubiese llegado al drama actual, y a la presencia rusa.

En una entrevista, Obama explicó que tuvo en consideración las intervenciones anteriores y la multiplicidad de actores que, crecientemente, operan desde 2011 en la guerra en Siria, la debilidad de la fragmentada oposición, y la imposibilidad del Ejército Libre de Siria de cohesionar a centenares de grupos armados. Por lo tanto, se limitó a proveer limitada ayuda militar a algunas organizaciones armadas y apoyar las, hasta hoy, frustradas negociaciones lideradas por Naciones Unidas en Ginebra. Su posición fue, duramente, criticada por Israel y Arabia Saudí, que se sintieron abandonados por su principal aliado.

 

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La geopolítica de la guerra siria

Siria es un espejo de casi todas las tensiones que asolan a Oriente Medio. Arabia Saudí e Irán compiten por la influencia regional en la zona, representando las concepciones chií y suní del islam. Turquía lucha contra los kurdos sirios para evitar que formen un territorio independiente que podría unificarse con el Kurdistán turco, y apoya a grupos armados suníes contra Damasco.

El grupo político militar libanés Hezbolá, sostenido por Irán, pelea junto con Bashar al Asad (que pertenece a la secta alauí, una rama del chiismo) contra los múltiples grupos insurgentes suníes armados por Arabia Saudí, otros países del golfo Pérsico y Ankara.

A la vez, Daesh ha combatido al presidente sirio y algunos de los grupos armados que disputan su poder. Este grupo ha sido, en gran medida, derrotado en 2017 por la acción combinada de fuerzas sirias, rusas e iraníes, milicias kurdas y árabes sostenidas por la fuerza aérea de Estados Unidos, y grupos insurgentes apoyados por el Ejército turco.

Cada grupo, además, controla o quiere controlar una región, un poblado o una ciudad, unos pozos de petróleo, carreteras y el paso de bienes, armas y gente. Son, en realidad, varias guerras, con decenas de microeconomías ilícitas, que han producido 11 millones de refugiados y 13,5 millones de desplazados interiores.

Es difícil saber cuántos grupos armados combaten en Siria. En 2013 un estudio de la BBC calculó más de 1.000 organizaciones armadas de diversos signos políticos. Según diversas fuentes siguen operandovarios centenares, agrupados en diferentes alianzas yihadistas, con lealtades flexibles. Solamente, en Ghouta Oriental, por ejemplo, han estado resistiendo cinco grupos apoyados por Arabia Saudí, Turquía y Qatar. El mapa interactivo que realiza mensualmente el Centro Carter permite ver la profunda fragmentación del país.

 

La carta rusa

Rusia tiene varias razones para apoyar militar, diplomática y económicamente a Bashar al Asad desde 2015. Primero, para mostrar a Estados Unidos y Europa su capacidad de influencia global. Tras la caída de la URSS en 1989, la élite político militar y empresarial de este país reconstruyó un nacionalismo ruso defensivo y autoritario frente a Occidente.

Las políticas antirusas de Estados Unidos durante las presidencias de George W. Bush y Barack Obama, y las respuestas de Moscú, generaron una nueva carrera de armas nucleares, la expansión de la OTAN hacia el Este, la instalación de una nueva generación de misiles contra misiles en Europa, la toma de Crimea y parte de Ucrania, las luchas entre agencias de inteligencia, y la guerra en Siria.

Segundo, Rusia tiene interés en contar con presencia estratégica en Oriente Medio. Según su cálculo, cuando la guerra en Siria termine Moscú estará en una posición geopolítica de privilegio, con presencia en un país vecino a Israel (con quien tiene una excelente relación comercial y militar) y Turquía (potencia regional con la que mantiene una relación ambigua), en buenas relaciones con Irán, y manteniendo su base naval en el Mediterráneo.

Tercero, Rusia tiene una población musulmana de 25 millones de personas (un quinto de la población total del país). Desde el 2000 ha habido diversos atentados terroristas llevados a cabo por separatistas de Chechenia en el Norte del Cáucaso. Alrededor de 7.000 jóvenes ciudadanos de esta región, Uzbekistán y Kirguistán han ido a luchar con insurgentes sirios contra la intervención rusa. La represión de Moscú contra los musulmanes ha agudizado la radicalización. El Kremlin quiere evitar que Siria se transforme en un territorio radicalizado y sin control, similar a Afganistán.

En el terreno diplomático, Rusia ha impulsado desde enero de 2017 en la ciudad de Astaná (Kazajistán) junto con Irán y Turquía negociaciones entre Bashar al Asad y la oposición para crear zonas de “distensión”. Pero ni Ginebra ni Astaná han servido, entre otras razones por la negativa de Siria y Rusia a aceptar la renuncia de Al Asad como una carta de negociación. Otros aspectos, como la liberación de presos políticos y la verificación del posible uso de armas químicas han polarizado los debates en el Consejo de Seguridad de la ONU.

 

El factor israelí

Israel convivió durante décadas con Siria, a la que arrebató los Altos del Golán en la guerra de 1967, en la denominada “paz fría”. El espionaje y el apoyo a radicales palestinos, por un lado, y conspiradores contra el régimen en Damasco, por el otro, sustituyeron todo enfrentamiento directo. Israel prefería la estabilidad del régimen del padre de Bashar al Asad al caos de grupos armados, la presencia de Daesh y, especialmente, la influencia de Irán y Hezbolá.

Desde 2011 el Gobierno de Benjamín Netanyahu ha realizado regularmente más de 100 ataques en Siria contra armamento destinado o gestionado por Hezbolá y bases operadas por Irán. Las supuestas armas químicas en Siria, y la presencia de milicias iraníes y de Hezbolá son considerados en Israel altos factores de riesgo y de ahí que esté intensificando sus operaciones, en especial ante la posibilidad de que Trump ordene la retirada de los 2.000 efectivos estadounidenses que operan en territorio sirio. Algunos analistas israelíes consideran que Estados Unidos y Rusia han pactado implícitamente que cuando finalice la guerra, Damasco quedará bajo la hegemonía de Rusia e Irán (y Hezbolá).

 

La influencia de Irán

Israel, Arabia Saudí y la mayor parte de las monarquías del Golfo Pérsico tienen especial interés en que el Gobierno de Trump acabe, como ha amenazado, con el acuerdo que Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia, Alemania, China, Francia, Reino Unido y Alemania firmaron en 2015 con Teherán cancelando su programa nuclear militar.

Irán ha ganado espacio geopolítico en la región, beneficiándose de la retirada de Estados Unidos de Irak en 2011. Bagdad pasó entonces a depender, paradójicamente, de la ayuda de Washington a la vez que del apoyo financiero y de las milicias iraníes.

Para la República Islámica de Irán es importante que Siria no caiga en manos de grupos yihadistas porque esto supondría el aumento del poderío suní en Oriente Medio. De ahí que la lucha contra Daesh y Al Qaeda en Siria es para Teherán menos un apoyo a Bashar al Asad que, como explica Bernard Hourcade, una manera de combatir la influencia saudí.

El Gobierno iraní canaliza armas y bienes para Hezbolá a través de Siria, y tiene interés en crear un corredor que vaya desde Irán hasta Líbano, pasando por Irak y Siria. Pese a su presencia en estos escenarios, y en Yemen, Teherán tiene una potencia relativa en comparación con Riad, las monarquías del Golfo, Turquía, Israel y Egipto.

 

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Intereses particulares

La acción militar de Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña ha estado motivada por diferentes razones de cada país. Trump se ve crecientemente asediado por investigaciones judiciales que podrían revelar negocios corruptos y obstrucción a la Justicia. Estas cuestiones acentúan la posibilidad de ser sometido a un juicio político. Siria le sirve para desviar la atención.

A la vez, el presidente se ha rodeado de asesores, como John Bolton, y militares como John Mattis y John Kelly, que bien son halcones o quieren mostrar que su país sigue siendo un líder en el terreno militar.

Pero todos coinciden en evitar intervenciones con despliegues amplios de efectivos, algo que rechaza buena parte de la sociedad estadounidense. El resultado es combinar la presencia de fuerzas especiales y asesores en Siria con ataques desde el aire o larga distancia que no supongan el riesgo de entrar en guerra abierta.

Por su parte, el presidente francés, Emmanuel Macron, sigue la línea que establecieron los gobiernos anteriores en París. Primero, relanzar la presencia de Francia en Oriente Medio, Norte de África y parte de África subsahariana (especialmente en el Sahel) con el fin de ser percibida interna e internacionalmente como una potencia global.

Segundo, presentarse, según las circunstancias, como una alternativa o un aliado de Estados Unidos. Durante los meses anteriores a la guerra del Golfo (2003) fue una alternativa. Ahora, Macron se muestra como un aliado que ha logrado “convencer” a Trump de que no retire las tropas de Siria.

Tercero, aunque en el pasado Francia tuvo una excelente relación con Bashar al Asad y con su padre, a partir de 2011 la diplomacia francesa vio la oportunidad de alinearse con las monarquías suníes del Golfo Pérsico, y hacer buenos negocios con ellos. Francia es criticada por las venta de armas a Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, que son usadas para la guerra en Yemen.

Estados Unidos, Francia y el Reino Unidos han aumentado en los últimos años sus exportaciones de armas a las monarquías del Golfo. Aunque la Unión Europea ha discutido restringir las ventas de armas a Arabia Saudí, París y Londres han rechazado esa posibilidad.

Para Londres, el ataque a Siria es una respuesta a Rusia por el atentado con sustancias químicas contra el ex espía ruso Serguéi Skripal y su hija en territorio británico. Aunque todavía no hay pruebas concluyentes, el Kremlin niega toda implicación y, además, ha acusado a Reino Unido de fabricar el supuesto ataque en Ghouta con armas químicas.

La primera ministra británica, Theresa May, y el secretario de Exteriores, Boris Johnson, vieron la oportunidad de participar en el ataque contra las instalaciones sirias como una forma de mostrar decisión política y responder a Rusia en el mismo terreno de las armas químicas. Además, el doble mensaje implícito es que, pese al Brexit, Gran Bretaña puede asociarse con un miembro destacado (Francia) de la UE, y que continúa siendo el aliado privilegiado de Estados Unidos. La volatilidad de Trump, sin embargo, no le asegura nada al Gobierno de Londres.

 

Cruzar fronteras peligrosas

El ataque a Siria, en definitiva, ha sido limitado con el fin de no traspasar dos fronteras muy delicadas. La primera, evitar que hubiese víctimas entre el personal militar ruso. Esto llevaría al presidente Vladímir Putin a tener que responder, y se podría escalar hasta un enfrentamiento, seguramente controlado, pero no por ello menos peligroso entre potencias con armas nucleares.

La relación entre Estados Unidos y Rusia está muy deteriorada, pese a los esfuerzos del presidente Trump por limitar (probablemente para defender sus posibilidades de hacer negocios) la presión antirusa del Congreso, de expertos y de la mayor parte de los medios de prensa. En una entrevista con la BBC el 16 de abril el ministro de exteriores ruso, Sergei Lavrov, dijo que el clima es “peor que durante la guerra fría”, porque entonces había más canales de comunicación entre las dos potencias.

De hecho, existen protocolos de actuación entre las fuerzas rusas y las estadounidenses que combaten contra Daesh en territorio sirio. Pero en un clima tan volátil y con crecientes desconfianzas entre Moscú y Washington podría producirse un peligroso error.

La segunda es qué sucedería si se derrumba el régimen de Bashar al Assad. Al final, tanto Estados Unidos como Europa han aceptado la tesis rusa e iraní que, frente a una total desintegración del poder y el colapso de las fuerzas armadas sirias, y la posibilidad de que Siria sea una mezcla de Libia y Afganistán, es preferible contar con Al Asad en el poder.