Semillas, cada vez menos y en menos manos.

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Fuente: esglobal.org. 02/04/2018

Autores: Mª Ángeles Fernández y Jairo Marcos

La  variedad de semillas se reduce a pasos agigantados debido, en gran medida, al control absoluto del mercado que tienen las grandes corporaciones del sector.

“Pocas cosas en la Tierra son tan milagrosas y vitales como las semillas”. Frágiles y duraderas, llevan alimentando a la población mundial desde hace 12.000 años. Frágiles y duraderas, cada vez quedan menos variedades: durante el siglo pasado desapareció el 94% de las variedades, nueve de cada 10 semillas dejaron de existir, según las investigaciones del sector.

Esta realidad silenciada y esta contundente cifra sirvió de referencia y motivó al director Taggart Siegel a producir el documental SEED: The Untold Story, cuya sinopsis abre con la frase que sirve de arranque a este reportaje. “La velocidad y el alcance de esta pérdida es asombrosa, y sus implicaciones para nuestro futuro son evidentes. SEED explora un tema que aún se desconoce en gran medida, pero que es cada vez más urgente, junto con el cambio climático y la consolidación y control de la industria de semillas”, explica el director estadounidense a esglobal.

El dilema, no sólo ambientalista, implica un reto para afrontar crisis y procesos de cambios futuros. “Una mayor diversidad ofrece más posibilidades de que alguna de las especies o variedades sobreviva. Cuanto más cartas tengamos, más opciones para jugar”, resume Joseba Ibargurengoitia, dinamizador de la Red de Semillas de Euskadi. Como ejemplo, el número 161 de la revista Cuadernos de Estrategia, del Instituto Español de Estudios Estratégicos, dedicó un capítulo a la biodiversidad y la seguridad. “La erosión de estos recursos pone en peligro la seguridad alimentaria mundial”, escribe José Esquinas Alcázar, doctor en Ingeniería Agrónoma y en Genética, y que estuvo vinculado a la FAO durante 30 años.

La hambruna que sufrió Europa a mitad del siglo XIX, especialmente Irlanda (dos millones de muertes y la emigración a Estados Unidos fue para otras tantas personas la única alternativa), tuvo que ver con las escasas variedades de patatas cultivadas en el continente. Un problema enorme cuando este tubérculo suponía una parte fundamental para la dieta europea. La incapacidad de afrontar el ataque de tizón (Phytophthora infestans) arrasó los cultivos. La solución pasó por encontrar genes resistentes al tizón (presentes en variedades tradicionales de patata cultivadas por el campesinado andino) e introducirlos en las variedades comerciales utilizadas en Europa. Es decir, que con una mayor biodiversidad hubiera sido más sencillo evitar que la cosecha fuera devastada y que la hambruna asolara.

El robo de recursos genéticos durante la Segunda Guerra Mundial es otro ejemplo más de la importancia estratégica del asunto, desde un punto de vista de seguridad y geopolítico. “Ningún país es autosuficiente en lo que respecta a la biodiversidad agrícola necesaria para su alimentación. La cooperación internacional para la conservación y el acceso a los recursos fitogenéticos para la agricultura y la alimentación no es una opción, sino una necesidad con fuertes implicaciones socioeconómicas, jurídicas, políticas y éticas”, añade Esquinas.

Se trata, además, de una excelente herramienta para afrontar de una forma más eficaz el cambio climático, pues permite “dotar al sistema de la necesaria capacidad de adaptarse a los cambios impredecibles que se avecinan. En este contexto, las llamadas especies infrautilizadas y las variedades tradicionales de los agricultores adquieren una enorme importancia”, añade el experto en la mencionada revista.

 

Escasez de especies

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Los datos, recogidos por varias fuentes, como por el director del Worldwatch Institute en España, José Santamarta, apuntan que un 90% de nuestra alimentación procede únicamente de 15 especies de plantas y ocho de animales. Y los análisis establecen las causas en “la masiva adopción de los cultivos mejorados por la agricultura mundial”, como escribe Antonio C. Perdomo Molina, profesor de la Universidad de La Laguna. Una postura que también comparte la FAO: “La principal causa contemporánea de pérdida de diversidad genética ha sido la generalización de la agricultura comercial moderna (…) y la introducción de nuevas variedades de cultivos”, recoge el primer Informe sobre el estado de los recursos fitogenéticos en el mundo, datado en 1996.

Este organismo de Naciones Unidas arroja diferentes datos: en China se utilizaban en 1949 cerca de 10.000 variedades de trigo, mientras que en los 70 solamente se mantenían un millar; y en Estados Unidos, hace dos décadas había dejado de existir el 95%  de las variedades de col, el 91% del maíz de campo, el 94% de los guisantes y el 81% de los tomates.

Son varias las fuentes que hablan de la Revolución Verde, que en los 60 y 70 promovió y extendió un paquete de semillas mejoradas, tecnologías de cultivo, aumento de la irrigación y de los fertilizantes químicos para lograr mayor productividad agrícola, como un punto de inflexión en esta carrera de pérdidas. “La filósofa india Vandana Shiva apunta en el libro Ecofeminismo, escrito junto a María Mies, que “no se considera intrínsecamente valiosa la diversidad de la naturaleza en sí misma, sino que sólo su explotación comercial en busca de un beneficio económico le confiere valor. El criterio del valor comercial reduce así la diversidad a la categoría de un problema, de una deficiencia. La destrucción de la diversidad y la creación de monocultivos se convierten en un imperativo”.

 

El poder del mercado

En 2001, la FAO aprobó el Tratado Internacional sobre los Recursos Fitogenéticos para la Alimentación y la Agricultura (TIRFAA), del que José Esquinas fue uno de los impulsores. Ratificado en 2004 por el Congreso, este tratado versa sobre los derechos de los agricultores a producir, intercambiar y vender sus propias semillas. “Hay marcos normativos que son declaraciones de intenciones interesantes, pero cuando se habla de “mercado”  llega la parte fea de la norma y se fomenta la propiedad intelectual, la gran industria; se dificulta enormemente a los pequeños agricultores que quieren vender sus semillas que lo hagan”, explica a esglobal María Carrascosa. Esta integrante de la Red Estatal de Semillas considera que las políticas públicas al respecto, tanto de la Unión Europea como del Estado español, son “ambivalentes”. De hecho, en el ámbito europeo  en 2014 se retiró una propuesta de un nuevo reglamento en la que se llevaba tiempo trabajando. Desde entonces, no se ha vuelto a tocar el asunto.

Para poder vender semillas locales, entre otras cuestiones, hay que inscribirlas en un registro, algo complicado para las variedades locales por su “hetogeneidad genética”. Según explica el profesor de la Universidad de La Laguna, “aunque mantiene un ideotipo definido por la tradición en el uso de esa variedad, su genética es diferente en cada planta, con lo cual los criterios de homogeneidad y estabilidad que se le exigen a las variedades comerciales híbridas difícilmente casan con la propia esencia de un variedad local”. Y añade en conversación con este medio: “La legislación actual está pensada, y diseñada, para cubrir las necesidades de las empresas productoras de semillas, grandes empresas que en la actualidad monopolizan el mercado mundial de las semillas”.

Los tres años y medio que duró la grabación del documental estuvieron marcados por el mismo eje: el enfrentamiento entre David y Goliat, entre los pequeños proyectos alternativos frente al potente sector agroindustrial: “Queríamos saber de los agricultores, científicos, abogados y cuidadores de semillas indígenas que libran una batalla para defender el futuro de nuestra comida. Los guardianes de las semillas, en los que realmente confío, están organizándose por todo el mundo para la protección al medio ambiente. ¿Cómo puede una compañía adueñarse de algo que lleva ahí siglos? La soberanía de las semillas es fundamental, necesitamos que sean libres. Son vida”, cuenta Siegel en una conversación por Skype desde Portland (Estados Unidos). El director recuerda también que “un grupo de 10 compañías agroquímicas ahora controla más de dos tercios del mercado mundial de semillas, cosechando ganancias sin precedentes”.

En 2013 se publicó el informe Agropoly. Un puñado de corporaciones controlan la producción mundial de comida, de las organizaciones Econexus y Berne Declaration. En el documento se explica que, en 1996, las 10 mayores compañías de semillas tenían una cuota de mercado inferior al 30%; hoy, las tres más grandes controlan más de 50% de este mercado. Y estos tres líderes del mercado de semillas son también importantes productores de plaguicidas. El oligopolio es el resultado de un sinnúmero de fusiones y adquisiciones. Las 10 principales empresas son Monsanto (con el 26% de la cuota), seguido de DuPont (18,2%) y de Syngenta (9,2%), y el listado lo completan Wilmorin, WinField, KWS AG, Bayer CropSciencies, Dow AgroSciencies, Sakata y Takii&Company.

Esta concentración ha provocado, según destaca el informe, que se trabajen pocas variedades de semillas y que el control provoque un aumento de los precios. Un ejemplo: en Filipinas se cultivaban más de 3.000 variedades de arroz antes de la Revolución Verde y, 20 años después, apenas había dos variedades en el 98% de la superficie cultivada.

Y las concentraciones siguen aumentando. 2015 fue el “año más grande de fusiones y adquisiciones”, para IPES-Food (International Panel of Expertson Sustainable Foods Systems). Y desde el pasado mes de septiembre, Dow y DuPont son DowDuPont (DWDP), una fusión que implica más de 100.000 millones de euros. También es reciente la adquisición de Syngenta por parte de ChemChina. Sin olvidar que, desde hace más de un año, Monsanto y Bayer están intentando unir sus caminos, 59.000 millones de euros mediante. Las últimas novedades cuentan que Estados Unidos no permite la fusión por asuntos de monopolio y competencia. Si esta fusión se completa, tres nuevas empresas monopolizarán el 60% del mercado comercial de semillas y el 71% del mercado de los agrotóxicos, según ETC Group.

El informe de IPES-Food, titulado Demasiado grande para alimentar: exploración de los impactos de megafusiones, consolidación y concentración de poder en el sector agroalimentario, recoge que “los altos y rápidamente crecientes niveles de concentración en el sector agroalimentario refuerzan el modelo industrial de alimentos y agricultura, exacerbando su impacto social y ambiental y agravando los desequilibrios de poder. La consolidación también permite que las empresas se unan al capital político, de manera que refuerzan su capacidad para influir en la toma de decisiones en los niveles nacional e internacional para defender el status quo.

 

La resistencia de David

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Campesinos y campesinas de diferentes partes del mundo son quienes protagonizan la película SEED, caracterizada por una espectacular animación y mucha fuerza visual. Junto a Davides más anónimos aparecen voces conocidas como las de la primatóloga Jane Goodall; las del director del Center for Food Safety, Andrew Kimbrell; las de la defensora del medio ambiente, economista, política y escritora estadounidense Winona LaDuke; o las del economista y académico inglés Raj Patel. “Necesitamos proteger la diversidad y la libertad de la vida. Dar semillas es nuestra libertad”, sostiene, por ejemplo, Vandana Shiva, otra de las voces más populares que recoge el documental.

La Red de Semillas de Euskadi lleva más de 20 años trabajado en la recuperación, investigación, conservación y divulgación de semillas. Entre sus labores está la visita a caseríos en busca de variedades locales y tradicionales: “Hay falta de relevo generacional en las zonas rurales. Nos dicen que si hubiéramos ido hace un año, o cinco o tres antes… porque el abuelo tenía un montón de semillas, pero ya murió. Estamos a tiempo, pero no nos podemos dormir. Esto es un trabajo de hormigas. Todo lo que sea intercambiar experiencias y la comunicación con otras redes nos fortalece mucho”, explica Joseba Ibargurengoitia.

También ofrece un marco de esperanza María Carrascosa, quien recuerda que hace dos décadas eran siete personas y ahora hay una coordinadora estatal formada por más de veinte redes locales de todo el país que trabajan sin apoyo; “un movimiento desde la base”, subraya.

ETCGroup ofrece datos: el campesinado es el principal, y en ciertos casos el único, proveedor de alimentos para más del 70% de la población del mundo. Producen esta comida con menos del 25% de los recursos (agua, suelo, combustibles). Mientras, la cadena alimentaria agroindustrial utiliza más del 75% de los recursos agropecuarios del mundo, resumen en la tercera edición del informe ¿Quién nos alimentará? , fechada en 2017.

Diásporas climáticas.

Fuente: Eldiario.es, 01/04/2018

Autor: Director de investigaciones de la Fundación porCausa
Nadie hubiera dicho que aquella tierra semidesértica produjese nada, nunca. Sin embargo, en la pequeña parcela que rodeaba la jaima de Aourriye (“Libertad”) en la región mauritana de Assaba, su familia aprovechaba los meses de lluvia entre septiembre y noviembre para cultivar alimentos como el mijo y el sorgo. Con su pequeña cosecha, un puñado de animales y la actividad trashumante de los hombres, ellos y las comunidades rurales de Mauritania han ido toreando el hambre a lo largo de generaciones.

Aquel verano de 2012 las cosas eran diferentes. Cuando entrevisté a Aourriye, la lluvia no había llegado en la temporada pasada y el temible período del soudure(carestía de pocos meses) se había extendido a lo largo de todo el año. La sequía empujó al marido de Aourriye a la emigración y a ella y a sus ocho hijos a la desesperación: “El año pasado hubo un periodo de recogida de alimentos, pero este año no. En la época de lluvias, cultivo; esa es mi actividad y vivo de eso. Ahora tengo muchas dificultades para encontrar alimentos para mis hijos. Todos comen lo mismo, del mismo plato. También tengo muchas dificultades para conseguir agua. (…) Por supuesto, estoy preocupada con el futuro de mis hijos. Lo que más deseo para ellos es que puedan ir a la escuela y que en el futuro sean autónomos, se puedan mantener”.

En un país de algo más de cuatro millones de habitantes, el 25% de los mauritanos se arraciman hoy en la ciudad de Nuakchot, cuya población se ha multiplicado por 120 desde 1980.  No menos de 200.000 han buscado suerte en diversos países de la región, del Golfo Pérsico y de Europa. Otros muchos les seguirán. Son parte de los llamados migrantes y refugiados “climáticos”, un concepto que tomó cuerpo político por primera vez en noviembre de 2015, cuando la Cumbre del Clima de París incorporó este término al catálogo de desaguisados provocados por el calentamiento global. “Nos enfrentamos a grandes movimientos migratorios y de refugiados, y el cambio climático es una de las causas fundamentales del número récord de personas que se han visto obligadas a migrar”, dijo en aquel momento William L. Swing, Director General de la Organización Internacional de Migraciones.

Desde entonces el término se ha establecido por derecho propio en el imaginario político global. La agencia de la ONU para los refugiados (ACNUR)  calcula que una media de 21,5 millones de personas se han visto obligadas cada año desde 2008 a desplazarse de su lugar de origen como consecuencia de fenómenos naturales extremos como inundaciones, tormentas, incendios y períodos extendidos de calor intenso. Un número indeterminado de otros muchos miles de desplazados son las víctimas directas de fenómenos lentos pero insorteables como las sequías, la variabilidad de las lluvias, la degradación del suelo y el aumento del nivel de los mares. De acuerdo con las cifras expresadas en el Foro de Diagnóstico sobre las Migraciones Climáticas –celebrado en Madrid en noviembre de 2017- el número total de afectados se acerca mucho a los 200 millones desde el año 2008. Pero incluso esta cifra podría quedarse corta si, como propone Greenpeace, incluimos en esta categoría a quienes se ven obligados a desplazarse como consecuencia de las propias medidas de lucha contra el cambio climático. Poblaciones enteras de África oriental, por ejemplo, han sido expulsadas de sus territorios para desarrollar grandes operaciones comerciales de reforestación.

El triple frente

Las migraciones climáticas plantean desafíos fundamentales en tres frentes. El primero de ellos es legal. La acepción genérica reconocida por la Cumbre del Clima esconde un batiburrillo conceptual que no deja claro quiénes son realmente estas personas y cómo pueden ser contadas. Ambas cosas son imprescindibles cuando se trata de desarrollar y proteger sus derechos. Mientras que los supuestos actuales de las normas de protección internacional definen con claridad quiénes están bajo su amparo –víctimas de conflictos y persecución por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social u opiniones políticas- y cuáles son las obligaciones de los Estados y de sus autoridades, en el caso de los refugiados climáticos esta obligación legal es inexistente.

Algunos expertos, como el director del Centro para el Estudio de los Refugiados de la Universidad de Oxford, Alexander Betts, han señalado la necesidad de expandir el alcance de las obligaciones de protección internacional para adaptarlas a una realidad muy diferente a la de hace más de medio siglo, cuando estas fueron establecidas (ver cuadro). Otros han señalado la oportunidad de extender al desplazamiento internacional regulaciones existentes para otras circunstancias, como los Principios Rectores sobre el Desplazamiento Interno (1998). El propio Parlamento Europeo se planteó este asunto en 2011 sobre la base de un menú de posibilidades que iban desde la creación de un nuevo marco legislativo hasta la extensión de los actuales mecanismos de protección, pasando por el impulso político que dio lugar al reconocimiento de estos migrantes dentro del Convenio Marco de la ONU sobre Cambio Climático.

Lamentablemente, cualquier posible compromiso de Europa en este campo se diluyó a partir de 2014 con la llamada crisis de refugiados, un fenómeno que ha puesto en riesgo incluso los estrechos supuestos de protección previstos en la legislación actual.

Hodo y sus nueve hijos viven desde hace tres años en un habitáculo hecho con ramas, sacos y mantas en un asentamiento para refugiados climáticos a las afueras de la capital de Somalilandia
Hodo y sus nueve hijos viven desde hace tres años en un habitáculo hecho con ramas, sacos y mantas en un asentamiento para refugiados climáticos a las afueras de la capital de Somalilandia SARA CANTOS

El segundo desafío es de carácter humanitario. Las cifras mundiales de desplazamiento forzoso –que alcanzaron un nuevo record a finales de 2016 con 65,6 millones de personas- constituyen solo una parte de las necesidades humanitarias globales, que afectan actualmente a 136 millones de seres humanos víctimas de conflictos, persecución, desastres naturales y pandemias. Mientras tanto, la brecha que separa las necesidades financieras de los recursos ofrecidos por los donantes se hace cada vez más grande: si en el año 2012 las agencias internacionales reclamaron 8.800 millones de dólares y recibieron 5.800 millones, cinco años después las necesidades humanitarias globales prácticamente se han triplicado (23.500 millones de dólares) y la financiación disponible se ha estancado en menos de la mitad de esa cifra.

Nada en el horizonte de las migraciones climáticas sugiere que esta situación vaya a remitir. Más bien lo contrario. Solo en los últimos meses hemos sido testigos de temperaturas récord y una ola de incendios sin precedentes en regiones enteras de Estados Unidos y Europa occidental; de huracanes en el Golfo de México y el Caribe que han arrasado vidas y hogares y destruido décadas de inversiones e infraestructuras en Texas y Puerto Rico; o de inundaciones de proporciones bíblicas en Nepal, India y Bangladesh que han matado a no menos de 1.300 personas y desplazado a 40 millones. La recurrencia de fenómenos naturales extremos –derivados directa o indirectamente del cambio climático- constituye un signo de nuestro tiempo y una de las mayores amenazas humanitarias que haya vivido el planeta a lo largo de su historia. Como ha demostrado el caso sirio –cuyo conflicto violento fue precedido entre 2006 y 2010 por una devastadora sequía que disparó la vulnerabilidad y el descontento de la población- las crisis humanitarias son fenómenos complejos en donde diferentes factores se imbrican para generar círculos viciosos cada vez más difíciles de romper.

El tercer reto está directamente relacionado con los anteriores y es de carácter político. El mejor modo de atender las necesidades de los migrantes y refugiados climáticos es, en primer lugar, reconocer la responsabilidad histórica que los principales países contaminantes tienen en su situación. En segundo lugar, trabajar de manera activa para prevenir la intensificación de estos flujos antes de que se produzca. En ambos casos existen pocas razones para ser optimistas. La cumbre del clima celebrada en Bonn hace pocas semanas escenificó el doble fracaso de una agenda que mantiene las emisiones de CO2 en los niveles récord alcanzados en 2015 y de un armazón político seriamente debilitado por el abandono y los ataques de la Administración Trump.

Es difícil que un puñado de legisladores que consideran el calentamiento global una conspiración liberal o un castigo divino reconozcan la obligación de compensar a otros por ello. Curiosamente, necesitaremos algo muy parecido a un milagro para salir del atolladero: si la comunidad internacional quiere financiar en 2050 las estrategias del adaptación al cambio climático –que mitigarían de manera cierta las consecuencias sobre el desplazamiento forzoso-, el esfuerzo anual de los países donantes tendría que crecer entre 6 y 13 veces de aquí a 2030, de acuerdo con  las estimaciones más recientes de la Agencia de la ONU para el Medio Ambiente (UNEP).

El siglo XXI es ya el siglo de la movilidad humana. Cuánto de este proceso será voluntario, ordenado y provechoso para todas las partes, y cuánto se reducirá a la huida caótica y desesperada de masas desposeídas de sus recursos más esenciales dependerá en parte de nuestra capacidad para intervenir ahora. La clave está en reconocer en lugares como Mauritania la fotografía del mundo que seremos y actuar en consecuencia.

Adaptando las normas de protección internacional a la realidad del siglo XXI

El régimen de protección de los refugiados creado tras la Segunda Guerra Mundial fue concebido para amparar a aquellos que escapan de la acción directa de los Estados o incluso de actores no estatales, pero lo que no hace es proteger a aquellos que escapan de privaciones económicas extremas que pueden llegar incluso a amenazar su propia existencia. En este caso, los culpables son Estados frágiles o fallidos que fracasan en la protección de sus propias poblaciones, convirtiéndolas en “migrantes de supervivencia”.

Este concepto, acuñado por el profesor de la Universidad de Oxford Alexander Betts, describe el desplazamiento de centenares de millones de seres humanos procedentes de países como Somalia o Zimbabue, donde el régimen criminal e incapaz del recientemente depuesto Robert Mugabe provocó la huida a Sudáfrica de unos dos millones de sus ciudadanos. Aunque el trabajo del profesor Betts se centra en la región subsahariana, es difícil no recocer en esta categoría a otras muchas poblaciones, como los centenares de miles que han abandonado el llamado Triángulo Norte centroamericano huyendo de la violencia y la desigualdad extremas.

En ocasiones –como en el caso de Kenia- los Estados de acogida han optado por reconocer a estos desplazados internacionales forzosos la misma condición de refugiados que a los demás. Pero esta es la excepción, como señala Betts, y las agencias internacionales no hacen más que seguir el criterio que establecen los gobiernos en cada caso. “Necesitamos reconocer que existe un vacío fundamental en la protección internacional. (…) No se trata de cargarnos con nuevas normas e instituciones, sino de hacer que las actuales funcionen mejor. (…) Los migrantes de supervivencia tienen derechos humanos fundamentales, y en ocasiones el único modo de garantizarlos es no devolverles forzosamente a Estados que no pueden o no quieren protegerlos”.