‘Un puente sobre el Drina’, de Ivo Andrić

Portada de una de las versiones del libro en castellano.

Autor: Ferran Muñoz Jofre

Fuente: United Explanations, 12/06/2019

A través de la reconstrucción de la historia de un puente situado en la ciudad de Višegrad, Ivo Andrić despliega una mirada a la sociedad balcánica a lo largo de cinco siglos. Escribiéndola, el autor yugoslavo trató de retratar el final de una época y la desaparición de un modo de vivir, así como comprender los signos de los tiempos en la zona tras las caídas de los Imperios Otomano y Austrohúngaro, a principios del siglo XX.

Historia ficcionalizada

Parafraseando Ivo Andrić, el puente sobre el Drina, de «belleza única», fue el único que durante mucho tiempo unió permanentemente y de modo seguro a Bosnia y a Serbia en  la parte media y superior de dicho río. Su relevancia histórica tiene mucho que ver, por lo tanto, con su situación geoestratégica: era zona de paso hacia el Imperio Otomano y hasta Estambul. El puente se encuentra en la ciudad –o, como se llama en el libro, kasaba– de Višegrad, población que se encuentra actualmente en la República Srpska, –entidad de Bosnia y Herzegovina–.

Explicar la historia de este puente es explicar, a su vez, la de la gente de Višegrad. En palabras de Andrić al final del primer capítulo del libro: «la historia de la construcción y el destino del puente es al mismo tiempo la historia de la vida de la kasaba y sus pobladores, de generación en generación, igual que a través de todos los relatos sobre la ciudad se traza la línea del puente de piedra con once ojos, con la kapija en el centro como una corona».

El puente sobre el Drina fue construido entre 1571 y 1577 por orden del Gran Visir Mehmed Paša Sokolović. El militar y político otomano era de origen bosnio y de pequeño fue reclutado a la fuerza por el Imperio Otomano con el objetivo de convertirlo en soldado –esta práctica, padecida anualmente por los bosnios, era conocida como devşirme–. Literaturizando –o no– los hechos, Andrić cuenta que el Gran Visir decidió construirlo con tal de acabar con una opresión en el pecho fruto del trauma que le provocó cruzar el río, justamente en Višegrad, camino de Estambul tras su reclusión forzosa.

A grandes rasgos, esta es una novela que pretende, con la excusa de la historia del puente, retratar toda una época y unas costumbres que el autor considera ya perdidas. Publicada en marzo de 1945, la obra no es solamente antimilitarista antiimperialista, sino un logrado estudio de la naturaleza humana y su psicología. Sus análisis van más allá de lo anécdotico y consiguen ser conetmporáneamente extrapolables. Es más, hasta desmitifica algunas percepciones erróneas modernas; la más llamativa, la inexistencia de realidades multiculturales hasta finales del siglo XX.

Hace cerca de dos siglos que Europa vive bajo la lógica de los Estados-Nación; en la actualidad podemos ver un auge de los discursos ultranacionalistas, que defienden volver a una nación primigenia. Qué sorpresa se llevarían los más esencialistas si leyeran la obra del escritor yugoslavo: Andrić recoge el mosaico de culturas y religiones que conformaba aquella sociedad, al mismo tiempo que nos muestra cómo la migración por razones económicas y laborales ha existido desde tiempos inmemoriales. Por ejemplo, el autor explica que los constructores del puente hablan «en esa extraña lengua mixta que a lo largo de los años se había creado entre estas personas de diversos rincones del mundo».

Siguiendo con este retrato de corte más sociocultural, Andrić también hace hincapié en las imposiciones culturales sufridas en Višegrad por parte de los Imperios, ejemplificadas a menudo a través del uso de las lenguas. En más de una ocasión algunos de sus personajes no entienden las órdenes gubernamentales –ya sean en turco o en alemán– y algunos llegan hasta el punto de sufrir indefensión durante un interrogatorio –hecho que les acaba costando la vida–.

«La historia de la construcción y el destino del puente es al mismo tiempo la historia de la vida de la kasaba y sus pobladores», dice Andrić. Haciéndolo, el autor retrata también toda una época y costumbres que considera ya perdidas.

Otra de las peculiaridades que el escritor yugoslavo consigue capturar es el incremento de la velocidad con el que la vida transcurre. Andrić lo ejemplifica con la llegada del tren: el recorrido hasta Sarajevo, que hasta entonces suponía un trayecto de dos días de carruaje, pasa a poder hacerse en tan sólo cuatro horas de tren. Como hemos observado, el contacto con otros mundos ya existía, pero con el progreso social y económico, este se da cada vez más rápida y profundamente.

Y, como todo en la vida, esto tiene sus partes positivas y negativas. Mientras cada vez más estudiantes pueden permitirse ir a las universidades de Praga, Viena o Zagreb, explicará Andrić, los ciudadanos de Višegrad pierden independencia económica. Obligados a entrar de lleno en un capitalismo incipiente pero estricto, los ciudadanos de la kasaba están más expuestos a los vaivenes de la economía y, lo que durante siglos había permitido vivir con seguridad –una tienda familiar en la que no se pecaba de especulación–, a principios del siglo XX empieza a no ser garantía de nada.

Porque es aquí donde yace el énfasis de Andrić: el mundo anterior, el que se pierde, es el del control, el de aquello conocido, de normas reconocibles y de alto respeto a las distintas religiones y a sus líderes espirituales. Con la llegada de «una nueva melodía» exportada por los austríacos, Višegrad se moderniza y progresa: experimenta un proceso de remodelación, reglamentarización y racionalización forzada del espacio público y de los comportamientos sociales y mercantiles. La técnica y la política han desacralizado todo aquello que era considerado importante en el viejo orden.

El escritor yugoslavo retrata este proceso lento pero implacable, que llevará prosperidad y seguridad pero que, por contra, cambiará por siempre la gente y la fisonomía de la kasaba. Un proceso que iniciará los trámites de el fin de un mundo, rematado al estallar la I Guerra Mundial. Con la desaparición de este mundo, el puente dejará de ser también lo que siempre había sido desde su construcción: la frontera entre Oriente y Occidente.

El escritor Ivo Andrić. [Foto de Stevan Kragujević – CC BY-SA 3.0 rs].

Excelente estructura

Uno de los logros de este libro –que probablemente fue el que hizo merecedor del Premio Nobel de Literatura de 1961 al autor– es la clara y efectiva estructura con la que se viste. Está compuesto por veinticuatro capítulos de temática rica y variable: mientras en algunos se nos explican los grandes hechos históricos y geopolíticos –por ejemplo, cómo las realidades sociales y fragmentarias se complejizan aún más debido a la aparición de las fronteras y los Estados-Nación–, en otros se cuentan historias de corte personal.

Pero ojo, son precisamente estas historias más personales las que mejor retratan las épocas; tengan o no relevancia política y/o social, los protagonistas de estas historias más bien costumbristas explican cómo eran, qué pensaban y cómo se comportaban los habitantes. Las noches en la kapija del puente o en las tabernas de la kasaba, las historias de amor que derivan en canción popular o la desdicha de aquéllos que han terminado adictos al juego son las que mejor nos hacen conocer Višegrad.

Y esto –que no es fácil aunque lo parezca– es otro de los logros de Andrić: conseguir que los personajes funcionen a modo de mosaico, como partes de un todo. En otras palabras, conseguir que los protagonistas no sean exactamente sujetos de la historia, sino más bien objetos a partir de la cual conocerla. Y todo esto, sin que los saltos de un personaje a otro resulten traumáticos o desoncertantes para el lector. Repetimos, un logro.

Lo hiciera a propósito o no, explicar la construcción del puente siguiendo esta construcción ayudó al escritor yugoslavo a ensalzar aquella gente más anónima, a la gente del pueblo y no tanto a las personalidades, que son quien más a menudo pasan a la Historia. El hecho de que Andrić describa ciertos personajes con más afecto y ternura –y que, en la mayoría de casos, éstos acostumbren a ser del pueblo llano–, nos hace sospechar que sí que jugaba esta carta.

El libro se viste de una clara y efectiva estructura, con capítulos de dispar temática y tono donde los personajes protagonistas parecen ser, más que sujetos, objetos a partir de los cuales conocemos la historia.

Diversidad de tonos

Si el tono que el autor utiliza al presentarnos un personaje es importante para el lector a la hora de entender cómo juzgarlo, más lo es la capacidad de retener y enganchar al lector a la obra. Y Andrić consigue esto último desde el primer capítulo, donde trata de atrapar y contagiar de entusiasmo el lector mediante un ejercicio de fantasía –de idealización– de la historia de la construcción del puente.

¿Cómo? Especialmente a través de la mirada de los niños y niñas de la kasaba: ¡quién si no nos podría convencer de que algo fantástico puede existir! Ellos y ellas son los que nos introducen la geografía y el paisaje sobre el que el puente será construido, así como todas las historias, leyendas y cuentos que el puente ha suscitado.

Más adelante –ya a partir del segundo capítulo– Andrić abandonará este tono: no quiere pasar por escritor naif o histriónico. Pero es gracias justamente a dicho inicio que habrá sentado las bases para ir saltando de historia en historia, de tono en tono, para seducir al lector a la vez que rehuyendo la monotonía.

Cabe destacar aquí que, al ser una reconstrucción histórica, Andrić podría haber optado por caer en el enciclopedismo o en el didactismo o tratar de mantener una falsa posición objetiva sobre los hechos. Por contra, encuentra el modo de narrar con el suficiente entusiasmo, rigor histórico, ternura y análisis; todos, utilizados en los momentos precisos y adecuados.

Finalmente, cabe remarcar aquí que, como en cualquier obra que no es leída en versión original, si el lector es capaz de detectar las anteriores características, esto es mérito de la persona encargada de su traducción.

La kapija del puente. [Foto de Mazbln – CC BY-SA 3.0].

Transparencia, escritura moralizante y análisis sociohistórico del narrador

Otra de las características de la novela es que Andrić es bastante transparente con el lector: trata de dejar pistas para que éste, a la vez que disfruta de la lectura, pueda ir identificando qué es lo que él está intentando transmitir. Por ejemplo, al final del segundo capítulo, dirá: «el pueblo recuerda y cuenta lo que puede comprender y lo que consigue transformar en leyenda. El resto pasa a su lado sin dejar huellas profundas, con la indiferencia muda de los fenómenos naturales anónimos, no toca su fantasía y no perdura en su memoria.»

Delante de la incapacidad de explicar cosas normales, Andrić narrará estas historias una vez han sido transformadas en leyenda. Sería estéril tratar de discernir si el autor ha contado la verdades lo que evoca –y no su exactitud– lo que debe importar al lector.

Andrić es un narrador moralizante que intenta ser transparente con el lector. Sin embargo, en su empeño de tratar de retratar un mundo que ha dejado de existir, se ‘olvida’ de explicar qué pasó en Yugoslavia una vez estalló la I Guerra Mundial. 

También podemos calificar la narrativa de Andrić en la novela como moralizante, llena de sentencias que, por ejemplo, señalan y critican situaciones de crueldad, injusticia o de exceso de poder. Situaciones protagonizadas a menudo por los militares y el ejército –sean del imperio que sean–.

Este modo sentencioso de escribir conlleva otra característica: parece que el autor yugoslavo piense que la historia es algo que no hace más que repetirse. Andrić no lo dirá textualmente pero, a través de párrafos como el siguiente –de una llamativa contemporaneidad–, podrá vislumbrarse que así lo piensa:

«En los momentos de convulsiones sociales y cambios grandes e inminentes suelen proliferar este tipo de personas malsanas o inmaduras que llevan las cosas de modo erróneo y en una dirección equivocada. Éste es precisamente uno de los signos de tiempos caóticos».

Para terminar con el análisis sociohistórico, nos gustaría remarcar que Andrić presenta a los jóvenes de su época como personas que prefieren una vida más individualista, más animada, excitante y agitada, con ansia de sensaciones diarias. Para él, es como si la vida contemplativa hubiera desaparecido, para dar paso a una especie de vida estimulada –ojo: no necesariamente estimulante–. ¿Les suena de algo?

Gracias a todo lo apuntado, Andrić consiguió que su obra resultara contemporánea en el momento de ser escrita –pese a explicar un pasado– y que a día de hoy, casi setenta y cinco años más tarde, nos lo siga resultando. Y esto es, en gran parte, porque consigue humanizar a sus personajes, los hace creíbles: el autor deja suficientes pistas de cariz social y psicológico para que el lector pueda empatizar con ellos con mayor facilidad y hasta encontrar situaciones análogas en su vida cotidiana.

Un defecto

Como todo en la vida, el libro tiene algunos defectos. El que más resuena es el que seguramente señalan ciudadanos de algunos países exyugoslavos: Andrić se esconde no continuando la historia, acabándola justo al estallar la Primera Guerra Mundial. Y es que ésta hizo estallar también todas las tirrias soterradas entre etnias que él ha ido enterrando a lo largo de la narración. ¿No sería interesante o de justicia histórica narrar también cómo y por qué pasó esto? ¿Se obvia a propósito porque afectaría la visión idealizada de la región que el escritor pretende evocar?

Sea como sea, lo que queda claro es que una narración nunca es del todo objetiva. Y que como se ha comentado anteriormente, siguiendo la estela de lo que a más de un lector meridional puede recordarle la literatura mittleeuropea –pensamos en el Joseph Roth de La marcha Radetzky y La Cripta de los Capuchinos, por ejemploAndrić nos explica una época, con su principio, sus momentos álgidos y su fin.

¡Léanla!

Sean fans o no de la literatura histórica, corran a las librerías, bibliotecas o estanterías familiares. Andrić pretendía mostrar con la novela que todo aquello que está bien trabajado y con una buena base, permanece casi inalterable, indestructible. Tal y como determina la filosofía inconsciente de la kasaba, «la vida es un prodigio incomprensible porque se gasta y se derrocha sin cesar y, sin embargo, dura y perdura firmemente como “el puente sobre el Drina”». Y el consiguió, asentándola sobre unos sólidos pilares, que la novela se nos aparezca, aún a día de hoy, atractiva, estimulante y contemporánea.

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