¿Puede Macron reinventar Francia?

El presidente de Francia, Emmanuel Macron, el primer día de una cumbre de líderes de la Unión Europea (UE) en la sede de la UE en Bruselas, el 22 de marzo de 2018. (JOHN THYS/AFP/Getty Images)

Autor: Francis Ghilès

Fuente: esglobal.org 2/07/2018

“Es un gato: lo arrojas por la ventana y consigue caer de pie”. Así es como Alain Minc, el conocedor por excelencia de los círculos parisinos, describió a Emmanuel Macron antes de que este se convirtiera en el presidente más joven de Francia, hace poco más de un año, en el ejemplo de salida a la palestra y eliminación de nombres más rápido de la política gala desde 1945. Es demasiado pronto para poder calificar a Emmanuel Macron de éxito en términos históricos, pero lo que es indudable es que Francia se ha despertado de unos años de profundo pesimismo y miedo al futuro para afrontar el siglo XXI.

Revolution Francaise: Emmanuel Macron and the Quest to Reinvent a Nation es un libro bien trazado, el retrato muy documentado de un rey filósofo moderno muy propio de su autora, Sophie Pedder, que es una periodista experimentada. Pedder ha observado de cerca el ascenso de Macron, aparte de haber tenido acceso a muchos amigos suyos. Se ha reunido periódicamente con él, y su descripción del primer encuentro que tuvieron en el Elíseo, en mayo de 2012, cuando el presidente François Hollande le nombró su asesor económico, es revelador.

Su protagonista es un abanderado del liberalismo, lo cual es alentador en la demoledora era de Donald Trump. Cree en Europa, piensa que la gente debe tener más poder para elegir, adora las discusiones, sobre todo con los que discrepan política o filosóficamente de él. Macron ha demostrado que es un hábil operador político, un puño de hierro en guante de terciopelo, un hombre decidido a modernizar Francia y darle esperanzas.

Además, Macron está convencido de que es posible revivir el motor franco-alemán de Europa y, hasta ahora, ha actuado con astucia en la política internacional. Intentó con todas sus fuerzas que Donald Trump cambiara de opinión sobre Irán, aunque no lo logró, y eso no le impidió criticar la postura del Presidente estadounidense sobre el comercio internacional ante todo el Congreso de Washington. Sacó al Primer Ministro libanés, Said Hariri, de las garras de los saudíes, pero no está claro el peso que pueda tener Francia en el enfrentamiento entre Estados Unidos e Irán. No tiene mucho sentido juzgar a Macron por el mismo rasero que a sus predecesores, en una época en la que Donald Trump parece empeñado en trastocar el orden internacional creado tras la Segunda Guerra Mundial. Sophie Pedder ofrece un relato cercano, a mitad de camino entre el reportaje y el análisis, que resulta de un valor incalculable para explicar la psicología del Presidente francés.

En la campaña para las elecciones presidenciales de Francia de mayo de 2017, Macron tuvo suerte: sus adversarios cometieron errores tan frecuentes y tan oportunos que habría sido normal que algún observador hubiera tenido la tentación de hablar de destino manifiesto. El debate televisivo entre Macron y la candidata del Frente Nacional, Marine Le Pen, que había quedado segunda en la primera ronda, fue fascinante, y un desastre para Le Pen que ni sus peores enemigos habrían podido desearle. La rígida sonrisa de Macron era casi como de torero, un torero elegante cuyos ojos azules miraron a la cara al toro sin domar. El debate duró una hora, pero Macron era el vencedor indiscutible a los cinco minutos de empezar. La mezcla de aura romántica y cálculo deliberado queda patente en el retrato que hace Pedder de un hombre que no es un populista sino un iconoclasta. El cincelado uso que hace Macron del lenguaje, salpicado a veces de alguna que otra palabra de jerga vulgar, su afición a la música clásica y su convicción de que Francia tiene el talento y la capacidad para adaptarse al cambio —una convicción meritoria en un país famoso por su conservadurismo— le hicieron destacar en marcado contraste con Le Pen y los demás rivales conservadores y de la izquierda.

El Presidente es un gran seductor. Recordando cuando lo conoció, en 2012, Pedder escribe: “Aquel joven y fascinante asesor tenía una manera de centrarse en la conversación y ofrecer toda su atención que te dejaba con la extraordinaria impresión —fuera o no cierta— de que durante ese rato no tenía ningún otro lugar más importante en el que estar. Es un talento muy valioso, que posteriormente utilizó de forma implacable en la campaña y al llegar al poder”. Macron es una “máquina de contactos”. Tiene un considerable control de sí mismo y posee “cierta tendencia a pasar bruscamente del lenguaje elegante al más prosaico, de las abstracciones más elevadas a palabras corrientes como machin y truc (‘cosa, chisme’)”. Su capacidad para presentarse como rebelde y disruptivo encajó bien con el sentimiento antisistema en la Francia de 2015-2016: encarnaba un mensaje de optimismo y se propuso unos objetivos amplios que pensaba alcanzar de manera disciplinada y ordenada. El libro traza de forma convincente sus orígenes familiares, empezando por la enorme importancia de su abuela, que fue “al mismo tiempo su inspiración, su guía y su refugio”. La libertad, la sensación de que todo es posible y el valor de ser diferente son rasgos que distinguen a Macron. Cuando se casó con su antigua profesora de teatro, que tenía casi el doble de edad que él y era madre de tres hijos, demostró su tenacidad. La oposición de su familia y los cotilleos maliciosos convencieron aún más a un joven para quien su esposa es, sin duda, un pilar de fortaleza. Por algo su héroe favorito es Julien Sorel, el protagonista de El rojo y el negro, de Stendhal.

Emmanuel Macron pudo hacer suya la frase de Antoine St. Exupery en Vuelo nocturno: “En la vida no hay soluciones, hay fuerzas en movimiento. Debemos crearlas, y entonces llegan las soluciones”. Esto explica su actitud a la hora de reformar Francia. No es ni un liberal puro, en la tradición económica anglosajona, ni un socialista. En 1856, el filósofo y político francés Alexis de Tocqueville escribió sobre su país y su “administración reguladora y restrictiva, que quiere anticiparse a todo, encargarse de todo, siempre convencida de que sabe lo que conviene a sus administrados mejor que ellos”. Entre las influencias intelectuales de Macron se encuentran el antropólogo Paul Ricoeur y los antiguos primeros ministros Michel Rocard y Pierre Mendès France. Comparte con ellos lo que la autora denomina un “enfoque sin tabúes de la política francesa que es radical”. Si subir los impuestos y aumentar el gasto público fuera la respuesta para solucionar la pobreza y el desempleo, Francia ya habría conseguido vencer ambas cosas, cosa que no ha logrado. Si se pueden tomar prestadas de la derecha ideas factibles, no hay motivos ideológicos para no hacerlo, así que Macron las toma.

Su relato sobre Europa no está basado en el miedo, cosa nada fácil en el mundo actual. Quizá parece cada vez más aislado con sus ambiciosos planes para reformar la eurozona. En las circunstancias actuales, “desbloquear Europa” puede resultar todavía más difícil que reformar Francia, aunque no cabe duda de que la llegada del gobierno socialista en España es una buena noticia para el Elíseo. El Presidente es muy consciente de que, tanto en la derecha como en la izquierda, nadie se pone de acuerdo sobre los temas de importancia crucial: Europa, el empleo, la inmigración y el futuro del medio ambiente. Sus ideas sobre la emancipación y la movilidad social también se inspiran en filósofos de habla inglesa como Amartya Sen y John Rawls. Mientras trata de reanimar el motor franco-alemán, tiene que hacer frente a la creciente debilidad de la Canciller alemana, Angela Merkel, y los populismos de Italia, Austria, Polonia y Hungría. ¿Podrán los miembros de la eurozona encontrar la manera de actuar con un fin común? Macron va a hacer todo lo posible para asegurarlo.

Es posible que una personalidad transgresora, una ambición insolente y una mente visionaria y calculadora no basten para salvar Francia y mucho menos Europa. Los éxitos en la primera fase de su incruenta revolución interna no pueden ocultar el enorme reto al que se enfrenta con la reforma de las pensiones y los grandes recortes del gasto público. Quizá la cautela alemana apague sus ambiciones para Europa. Sus intentos de ganarse a Donald Trump sufrieron un gran revés en la cumbre del G-7 en Quebec. Sus detractores se preguntan si la seguridad en sí mismo que exhibe no es a veces arrogancia. Desde luego, la autora tiene razón cuando dice que no es necesario “aprobar todo lo que hace Macron para ver que su presidencia es una oportunidad para Francia”. ¿Podrá resistir “y reprimir a su monarca interior”? El tiempo nos lo dirá, pero este presidente felino tiene “el poder institucional y el potencial político para ejercer un gran impacto en Francia, Europa y más allá”. Este retrato indica que sería un error apostar contra Emmanuel Macron.

Fútbol y geopolítica, de Rabat a Moscú.

Marruecos presentando su candidatura para albergar el mundial de fútbol en 2026, en Moscú, 2018. Mladen Antonov/AFP/Getty Images

Fuente: esglobal.org. 27/06/2018

Autor: David Alvarado

La fallida candidatura marroquí para albergar la Copa del Mundo de fútbol en 2030 y la celebración en Rusia de uno de los mayores eventos deportivos del planeta denotan la importancia del deporte en la escena política internacional, el soft power que representa, con sus intereses ocultos y bondades, pero también, y sobre todo, sus perjuicios y riesgos.

Cierto que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se había valido de Twitter para amenazar a sus propios aliados, por si éstos albergaban algún tipo de duda a la hora de no apoyar la candidatura norteamericana. No es menos cierto, por otra parte, que la oferta representada por estadounidenses, canadienses y mexicanos obtuvo una mejor nota técnica de la FIFA que su rival marroquí, incluyéndose en este apartado las capacidades materiales para acoger la competición, y que las previsiones financieras, los cálculos sobre el volumen de negocio e ingresos, eran más prometedoras en el caso de la candidatura conjunta. Marruecos logró obtener el voto mayoritario de los países que pertenecen a su confederación futbolística, la africana, suponiendo dos tercios del total de sufragios obtenidos; el apoyo de Francia y algunos de sus satélites, de Estados “no alienados” como Cuba y Eslovenia, de Brasil, único país del continente suramericano que votó por Rabat, e incluso de China, Taiwán y Corea del Norte. “Si unos cuantos países africanos han concedido su sufragio es porque, lejos del fútbol, a menudo a cambio de un voto en la ONU o en la Unión Africana en lo concerniente a la misión del Sáhara Occidental, Marruecos les ofrece ayudas económicas o contrapartidas proporcionales. Si Francia ha utilizado su influencia a favor de la candidatura marroquí es porque aún representamos su periferia de negocio y su feudo cultural. De este modo, cada apoyo concreto responde a una lógica política particular”, estima Amar.Meses de ilusión y esperanza, de comunión ciudadana alrededor de un objetivo común, de bombardeo mediático y exacerbado nacionalismo, de vanagloria e ínfulas de grandeza, un periodo en lo que aquello que realmente importa, lo acuciante y urgente, fue relegado al olvido. Un inconmensurable estado de ánimo que dio paso a la decepción, dándose los marroquíes, y su régimen, de bruces con la cruda realidad. Demasiado optimista y en ocasiones incluso arrogante, encomendada por Mohamed VI a Mulay Hafid Elalamy, ministro de Comercio Exterior y uno de los hombres más ricos del país, la candidatura de Marruecos para albergar la Copa del Mundo en 2026, que no escatimó en gastos, acabó por sucumbir ante la alternativa concurrente representada, de forma conjunta, por Estados Unidos, Canadá y México. “Más allá de los pequeños cálculos sobre las defecciones, las abstenciones y los apoyos inesperados, lo cierto es que, a través del voto en las urnas de los representantes de las diferentes federaciones futbolísticas planetarias, ha quedado de manifiesto el limitado peso del Reino de Marruecos en la geopolítica mundial”, estima Alí Amar, director del portal de informaciones Le Desk. En total, de los 203 países con derecho a voto hasta 134 optaron por la candidatura United 2026 y apenas 65 por la marroquí, a lo que hay que incluir tres abstenciones (España, Cuba y Eslovenia) y la posición particular de Irán, que rechazó las dos propuestas en liza para albergar la mayor competición del fútbol mundial.

Tras el voto adverso, las iras marroquíes se concentraron en Arabia Saudí que, más allá de emitir un sufragio a favor de United 2026, promovió de forma activa la candidatura estadounidense en Asia, llevando de la mano a algunos otros miembros del Consejo de Cooperación del Golfo (Emiratos Árabes Unidos, Bahrein y Kuwait), tal y como desveló The New York Times. Riad era considerado un aliado objetivo de Rabat, que ha apoyado al reino árabe en su guerra en Yemen si bien no ha cesado de flirtear con Catar, a pesar de las sanciones impuestas por el régimen saudí. Es por ello que la actitud de Riad fue tildada de “traición” por la prensa del Reino de Marruecos, multiplicándose los mensajes a través de las redes sociales impeliendo a las autoridades a reconsiderar la relación bilateral, e incluso a adoptar represalias, quizás sin tomar en consideración la importante ayuda económica que cada año destina Arabia Saudí al país magrebí. El Viejo Continente también se ha mostrado muy poco receptivo hacia su vecino meridional: apenas 11 de 55 federaciones europeas apostaron por su candidatura. España se abstuvo y Rusia, a quien Marruecos ha abierto las puertas en aras de un refuerzo de la cooperación bilateral para ser menos dependiente de Estados Unidos y la UE, ha preferido sostener al “enemigo” estadounidense. “Son los fundamentos mismos de la doctrina diplomática marroquí que han sido invalidados por el voto de la FIFA, que muestra hasta que punto la percepción de nuestra posición en el mundo está sobrevalorada, fruto de la propaganda de Estado”, sentencia Amar.

 

Prestigio y soft power ruso

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El príncipe heredero saudí, Mohammed Bin Salman , habla con el Presidente ruso, Vladímir Putin, durante la ceremonia de apertura del Mundial de Fútbol 2018. Pool/Getty Images

El Mundial que acoge Rusia entre el 14 de junio y el 15 de julio reviste de una significación geopolítica particular. Para Moscú, que acoge el evento, se trata en primer término de paliar la mala imagen que se derivó de los Juegos Olímpicos de Invierno en 2014. En un momento en que el gigante rusose había anexionado Crimea, entró en guerra en Donbass, se descubrió una trama de dopaje organizado e incluso acababa de aprobarse en la Duma una ley contra los derechos de los homosexuales. Las sanciones económicas europeas y americanas y la anulación de la cumbre del G8 prevista en marzo de ese mismo año en Sochi, ensombrecieron la organización de aquel evento deportivo a ojos de la opinión pública internacional. Sobrepasar tal revés y evitar su repetición, transmitiendo al mundo la imagen de país moderno y desarrollado, constituyen un primer objetivo para Rusia en la actual Copa del Mundo de fútbol, reforzando el poder blando ruso a escala planetaria. Para lograr el éxito en esta operación de marketing internacional, sólo los estadios de la Rusia europea albergan la competición, en aras de facilitar los desplazamientos de los turistas occidentales. “Se quiere mostrar al mundo que Rusia no es ese país repulsivo que nos describen, que la gente puede ser bien acogida, que hay infraestructuras de primer nivel”, enfatiza Pascal Boniface, director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas de París, autor de Planète football y L’empire du foot.

Por vez primera en la historia de las copas del mundo, el presidente del país organizador pronunciaba un discurso de apertura de la competición. El presidente ruso asistió al partido inaugural entre Rusia y Arabia Saudí con el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, pero también acompañado del príncipe heredero saudí, Mohamed Bin Salman, denotando que el fútbol es un medio de hacer geopolítica. “Este Mundial se antoja determinante para el estatuto de Vladímir Putin, reelegido por cuarta vez tras las elecciones del pasado mes de marzo, en aras de reforzar su imagen de liderazgo y éxito, su simbolismo como dirigente capaz y carismático, tanto entre sus propios compatriotas como a escala internacional”, estima Cirille Bret, experto francés en relaciones internacionales y profesor en Sciences Po París. Para Pascal Boniface, “(Putin) puede mostrar a los rusos que gracias a su liderazgo, el mundo entero viene a su casa y, sobre todo, lava la afronta del boicot de 1980 en tiempos de la Unión Soviética. Para la estima del pueblo ruso y para estimular el patriotismo alrededor de su figura, el Mundial es un buen punto de apoyo”. Más allá de la imagen y propaganda, la situación económica de Rusia es preocupante, ya que desde 2014 su PIB se ha retraído un 3% y la tasa de pobreza se ha acentuado, extendiéndose a capas más amplias de la población, al tiempo que las finanzas públicas se mantienen en una situación delicada, ahogadas por las sanciones occidentales y el bajo curso de los hidrocarburos, en un momento en que el barril de crudo cotiza a 50 dólares, frente a los 70 dólares de 2014. “La fotografía de Putin con el príncipe heredero saudí denota también el interés ruso en atraer nuevas, e importantes, inversiones, que es, por tanto, otro de las prioridades de este Mundial”, apunta Bret.

 

Fútbol y economía (y nacionalismo)

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Unos niños cataríes celebran la elección de su país para albergar el Mundial de Fútbol en 2022. Marwan Naamani/AFP/Getty Images

El fútbol se presenta como una nueva modalidad de conflicto, simbólico, entre naciones y como un revelador de los equilibrios de poder mundiales. “También constituye una actividad económica que, a través de los beneficios que genera, atesta de forma clara la relación entre geopolítica y economía”, enfatiza Boniface. Incluso en aquellos países sin una importante tradición futbolística, la organización de copas del mundo es una anhelada vitrina para los pretendientes al estatuto de flamantes potencias económicas. Una expectativa a la que no es ajena la FIFA, cuyas opciones en los 90 son reveladoras, así como la designación de Japón y Corea del Sur en 2002, un hecho que consagró la adscripción occidental de ambos Estados asiáticos. Esta tendencia es si cabe más acusada durante los últimos años, con la designación consecutiva de tres países miembros de los BRICS: Suráfrica en 2010, Brasil en 2014 y Rusia en 2018. Igual para la polémica, elección de Catar para albergar la competición en 2022. Para Boniface, “la ambición del emirato en materia de fútbol es manifiestamente global, utilizando los efectos del Mundial como un arma de soft power para consagrar su influencia planetaria y dopar su economía”. El rol instrumental del fútbol para Catar es manifiesto a través de las inversiones que realiza en los centros neurálgicos de este deporte en distintas partes del mundo, en París o en Barcelona, por ejemplo, pero también en lo referente a su política deportiva más general, a través del establecimiento de filiales deportivas cataríes en África o la academia Aspira, que busca jóvenes talentos en todos los rincones del planeta.

Pero las bondades del fútbol no serían tal, según destaca Robet Redeker, autor de, en su momento polémico, Le sport contre les peuples, “el fútbol no libera a los pueblos de la opresión económica, la miseria, la corrupción o la injusticia”. Para este autor, la ideología deportiva, y de forma más acusada si cabe la futbolística, participa de forma activa en el advenimiento de una suerte de “barbarie dulce” que coloniza el imaginario colectivo en aras de privar a los individuos de toda capacidad de reflexión y de acción. “El deporte, en su dimensión de espectáculo lúdico-mercantil planetario persigue un doble objetivo; a saber, la domesticación del cuerpo y del alma”, sentencia Redeker. El fútbol como una suerte de “religión secular” cuyo objeto último es “la castración del pensamiento y, por tanto, de la vida, un freno a una aprehensión sana y potencialmente militante de lo real, un muro de contención al pensamiento político”. “El fútbol, que se ha convertido en un deporte identitario, contribuye al mantenimiento de un nacionalismo residual, portador de una carga política simbólica, un refugio a privilegiar para la emergencia o afirmación de los Estados, susceptible de catalizar las pasiones de un pueblo y sublimar, y justificar, toda suerte de antagonismos y derivas sobre el césped de un terreno de juego”, reflexionaba el historiador francés fallecido en París hace apenas unos meses Pierre Milza, experto en fascismos y relaciones internacionales durante el periodo de entreguerras. El fútbol se sitúa en el corazón de las dinámicas del nuevo mundo y su capitalismo desenfrenado, como un potencial vector de desarrollo y como motor de la realpolitik del siglo XXI, que se sustenta en frágiles alianzas, relaciones de fuerza e interés, catalizando de paso toda suerte de sentimientos de pertenencia y anestesiando a la ciudadanía frente a los acuciantes problemas y contradicciones de sus propias sociedades. Una muy compleja ecuación que Mohamed VI ya ha resuelto anunciando, inmediatamente después de la debacle del voto de la FIFA, que su país se presenta candidato para albergar el Mundial de fútbol en 2030.

El nuevo mapa de Oriente Próximo.

Mapa de Oriente Próximo en 1862. Fuente: Maproom.

Autora: Clara Rodríguez

Fuente: elordenmundial.com, 27/03/2018

La guerra de Siria y la lucha contra el Dáesh presentan oportunidades de redefinición de las fronteras en determinadas regiones de Oriente Próximo que, si bien podrían no consolidarse de forma física, podrán apreciarse demográficamente o como zonas de influencia. Las identidades, los recursos y los intereses geopolíticos son algunos de los factores que rediseñan el nuevo mapa de Oriente Próximo.

“Sueñas / que te despiertas / cuando no hay guerras”, escribía el poeta iraquí Basem Furat hace más de una década. Probablemente cualquiera en su país vecino habrá pensado lo mismo en algún momento. La guerra en Siria dura ya siete años y por el momento ha dejado más de 350.000 muertos, cinco millones de refugiados y un país arruinado económicamente. Ahora que el conflicto ha entrado en una nueva fase, con un Bashar al Asad triunfante sobre los rebeldes gracias a la intervención rusa y con un Dáesh reducido y acorralado en puntos concretos del país, viene la pregunta: ¿y ahora qué?

Nueve reuniones de las Naciones Unidas y un Congreso del Diálogo Nacional Sirio convocado por Rusia junto con Turquía e Irán han fracasado en el intento de establecer unas bases para el posconflicto sirio. En todo caso, en el documento final de este último se continúa respaldando a Al Asad y defendiendo “la total soberanía, independencia, integridad territorial y unidad de la República Árabe de Siria, su territorio y su pueblo”. Precisamente Siria es el punto alrededor del cual órbita un posible cambio de fronteras en Oriente Próximo.

La cantidad de actores que han intervenido en la guerra siria y la ubicación geográfica del país funcionarán como elementos claves para hacer un esbozo del futuro de la región una vez finalice oficialmente el conflicto. Las nuevas y, probablemente, breves alianzas surgidas al calor de la guerra —Rusia, Turquía e Irán con el añadido del Gobierno de Damasco y, sorprendentemente, Catar— y las rutas de recursos energéticos marcarán el futuro de la región.

Los kurdos en Siria e Irak

Como una de las cartas eternas dentro de la baraja de posibilidades para el posconflicto sirio, la destitución del presidente Al Asad ha sido una de las más presentadas, especialmente por Estados Unidos. Los analistas estadounidenses han mantenido siempre dos líneas de discurso cuando se ha abordado el tema de la solución al conflicto sirio: que se constituyeran provincias con poder autónomo —al menos temporalmente— y que no gobernara Al Asad bajo ningún concepto. La primera propuesta hace un guiño a los kurdos; la segunda pretende que las regiones sirias conformen un Gobierno de mayoría suní que, sin Al Asad —de confesión alauita— al frente, favorezca los intereses de otros países suníes.

Que Al Asad goza de poca popularidad entre sus homólogos de los países vecinos no es ninguna sorpresa; por eso precisamente la tríada Turquía-Rusia-Irán es hipócrita. Mientras tanto, Rusia protege al presidente alauita, tal como ha hecho desde el inicio del conflicto; en realidad, el Gobierno de Moscú tampoco quiere ejercer en Oriente Próximo más influencia de la que le conviene, porque sabe que los aliados son coyunturales y que existen rivalidades entre ellos.

La excelente defensa de sus territorios contra el Dáesh tanto en Siria como en Irak y la autoadministración de las zonas que dominaban después han despertado simpatía por la causa kurda. Con el apoyo de Estados Unidos y también de Rusia, los kurdos evitaron el avance de Dáesh, recuperaron todo el norte y el este de Siria, liberaron ciudades y se encargaron de la población civil. Todo ello los hizo sentirse legitimados para la consagración, por fin, del Kurdistán sirio. Jamás se vieron en otra igual.

Pero la creación de un Estado kurdo nunca ha interesado por razones históricas —en el caso de Turquía— y, sobre todo, geopolíticas —Siria e Irak—, relacionadas especialmente con el terreno sobre el que los kurdos se asientan, rico en recursos energéticos y naturales. Los kurdos han sido, de hecho, una de las principales preocupaciones de Turquía en relación a la guerra de Siria. El Gobierno de Ankara reprueba el nacimiento de un territorio autónomo kurdo en su frontera sur que pudiera hacer más intensa la insurgencia del Partido de los Trabajadores de Kurdistán en suelo turco. Por eso, en enero de 2018 Turquía atacó la provincia kurdosiria de Afrín, en el noroeste de Siria.

En 2014 los tres cantones del norte de Siria —Afrín, Kobane y Jazira— pasaron a ser las regiones de la independizada de facto Federación Democrática del Norte de Siria, más conocida como Kurdistán sirio o Rojava. La región de Afrín abarca el noroeste —gama de amarillos—; la de Jazira, el nordeste —gama de verdes—, y la del Éufrates, antiguo cantón de Kobane, el área intermedia —gama de rojos y morados—. La zona azul corresponde a territorio controlado aún no incorporado a una provincia. Fuente: Wikimedia

La incursión militar de Turquía tenía, por tanto, la intención de impedir la estabilidad y continuidad territorial de las regiones kurdas, especialmente en el entorno de sus fronteras, aunque maquillara la actuación como lucha antiterrorista. Actualmente, en la ciudad más importante de la región de Afrín, homónima, ya ondea la bandera turca. El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdoğan, fue el encargado de confirmarlo con un discurso que puede interpretarse en clave imperialista, aunque el primer ministro turco previamente había zanjado cualquier conjetura al respecto negando que su país tuviera interés en expandir su territorio en Siria. En cualquier caso, tanto si Turquía mantiene sus tropas en Afrín como, sobre todo, si continúan avanzando, cabe poca duda de que habrá una prolongación del conflicto y borrones en la frontera del norte sirio.

En Irak, como en Siria, los kurdos aprovecharon sus victorias contra el Dáesh para ganar territorio, con enclaves tan importantes como la ciudad petrolera de Kirkuk. Eufóricos, los kurdos iraquíes llegaron a celebrar en septiembre de 2017 un referéndum para decidir la independencia respecto de Irak y constituirse por fin como Estado. Pero fue una decisión precipitada: apenas un mes después, el ejército iraquí —con ayuda de Irán— retomó Kirkuk y obligó a los kurdos a replegarse hasta sus posiciones iniciales, esto es, la autonomía reconocida como kurda en la Constitución iraquí de 2005. Lo que en un principio era el sueño cumplido del Kurdistán quedó disuelto en pocos días. En realidad, la falta de cohesión de los diferentes grupos políticos kurdos es uno de los factores que mantiene estancado un resurgimiento del Kurdistán en Irak, lo cual no impide que pueda darse en los próximos años un nuevo intento de formación del Estado kurdo.

Las aspiraciones iraníes

La escalada de tensión y violencia entre Arabia Saudí e Irán va mucho más allá de lasupuesta rivalidad entre suníes y chiíes o el odio sectario convenientemente explotado: está en juego el dominio geopolítico de Oriente Próximo y también elcontrol de los flujos de gas y petróleo en la zona. La competencia entre las dos potencias ha sido evidente en la guerra de Siria, pero sobre todo en el conflicto en Yemen. Aun así, más que juego de poderes o cambio de fronteras entre los Estados creados por el tratado de Sykes-Picot, en esta ocasión se trata de la predominancia de aliados a lo largo de toda la región. Y aquí Irán ya tiene mucho trabajo hecho.

En los últimos años, Irán ha construido un arco de influencia chií de oeste a este que le permite alcanzar el Mediterráneo a través de poblaciones y zonas aliadas. ¿Cómo lo ha conseguido? Teherán se ha valido de circunstancias como la situación inestable en Irak, la alianza con Siria, la lucha contra el Dáesh y, por supuesto, su contacto con Hezbolá para ganar presencia militar a lo largo de Oriente Próximo. El corredor sale de Irán por el suroeste para entrar en Irak a través de las provincias iraquíes de mayoría chií, situadas al sur. Las mismas milicias chiíes que ayudaron al Gobierno de Irak en el repliegue del Dáesh y de los kurdos aseguran el camino hacia el norte del país para finalmente entrar en Siria a través de las zonas dominadas por Al Asad. La salida al mar la tendría o bien a través de Hezbolá en el sur de Líbano o bien a través de la base militar rusa en Latakia (Siria).

Si se profundiza un poco más en cómo podría afectar ese corredor iraní a las fronteras de Oriente Próximo, hay que detenerse en el caso de Irak. Con el sambenito eterno de“Estado fallido”, el país enfrenta desde hace años un contexto de inestabilidad política y violencia que el vecino Irán ha aprovechado muy bien. El país persa ha extendido su influencia en Irak descentralizando aún más el poder del Estado y azuzando la espada de Damocles que encarna la fragmentación del país. Sin embargo, el daño causado por el Dáesh ha suavizado las tensiones internas, ya que ha despertado un sentimiento nacional por el que previsiblemente Bagdad, encabezado por los chiíes, se volcará con las áreas más afectadas, como Mosul, aunque estas zonas sean kurdo-suníes.

Por su parte, si es cierto, como recogen algunas fuentes, que están produciéndose trasvases forzados de población en Siria, la demografía del país cambiará para siempre. La mayoría de la población siria —aproximadamente el 70%— es suní. La guerra provocó la huida de la población civil —especialmente suníes, ya que minorías como las cristianas nunca fueron atacadas por el régimen—, que siete años después, con la consolidación de Al Asad en la mayor parte del país, regresa a sus hogares. No obstante, hay fuentes que indican que se están llevando a cabo ocupaciones en zonas anteriormente de mayoría suní con ciudadanos y milicianos de creencia chií, así como permutas de población suní y chií en zonas del oeste de Siria, en ciudades como Homs y Damasco; asimismo, hay indicios claros de una fuerte presencia militar iraní en Siria. Evidentemente, Al Asad se está asegurando zonas leales, sin rebeldes ni opositores, lo que consolidaría la influencia chií en una Siria de posguerra. Quedaría pendiente para más adelante la situación en los Altos del Golán.

Si en el norte tiene lugar una guerra de desgaste cuyo fondo es la cuestión kurda y es cierto que Al Asad está concentrando población de lo que hasta entonces eran minorías en Siria —cristianos, alauíes y otros grupos chiíes—, presumiblemente, en el oeste, los suníes quedarían desplazados hacia el este, colindando justo con las provincias de Irak de mayoría suní. De cumplirse esta previsión, se haría realidad parte de los famosos mapas hipotéticos que abogan por la división de Oriente Próximo según las diferentes ramas religiosas o entidades culturales. Eso sí, sería sobre todo en clave demográfica, ya que de facto habría que plantearse si políticamente los ciudadanos suníes sirios e iraquíes se identifican entre sí hasta el punto de querer conformar un país o renunciar al actual tan solo por coincidir en el tipo de islam que practican. Por otro lado, Al Asad quedaría retratado como el dirigente que sacrificó todo, incluso parte de su territorio, con tal de la victoria y de continuar gobernando. Y el gran beneficiado de todo ello sería Irán.

Siria, el epicentro de los recursos

Si todo saliera según lo previsto, el arco de influencia o puente iraní incluirá carreteras y ferrocarriles que facilitarán el transporte tanto de efectivos como de mercancías o incluso armamento —para Hezbolá, por ejemplo— y, sobre todo, permitirá la construcción del gasoducto que Siria firmó con Irán en 2011 en el contexto de las primaveras árabes. La ejecución del gasoducto sería un gran triunfo para la república islámica y un golpe para países de corte suní como Catar y Turquía. En su momento, el reino catarí también aspiró a un proyecto similar, con una ruta que lo beneficiaba hasta Turquía; sin embargo, finalmente fue rechazado por Al Asad. Sin el presidente alauita y el apoyo de un hipotético Gobierno sirio suní, la aprobación de ese gasoducto tendría más posibilidades. Una vez finalizado el conflicto sirio, la reanudación de la pugna por este tipo de proyectos promete ser foco de nuevas tensiones en la zona, ya que las preferencias de Turquía e Irán, que por el momento comparten alianza con Rusia, difieren completamente con respecto a este tema.

Hubo un tiempo en que toda la parte del Levante mediterráneo era conocido como “la Gran Siria”. Desmembrada en cinco Estados —Siria, Líbano, Jordania, Palestina e Israel— y provincias delegadas a otros países, una vez más la zona podría enfrentarse a un nuevo dibujo de sus fronteras en las próximas décadas. La influencia desde Irán, los intereses territoriales para usos militares o energéticos y la lucha por o contra el reconocimiento del Kurdistán podrían considerarse factores de peso para una posible reconfiguración de la zona. Políticamente, hay elementos que lo favorecen: un Estados Unidos más impasible que de costumbre, una Rusia centrada en sus intereses concretos en la región y un miembro de la OTAN como es Turquía plenamente implicado. La intensidad de los movimientos por parte de Ankara, Teherán, Bagdad, los kurdos, la actividad de una Damasco dependiente de Moscú e Irán y las reacciones desde el Golfo por parte de Catar serán determinantes para establecer una posible reconfiguración de fronteras entre los países de la zona.

Siria se ha convertido en el tablero de juego de varias potencias de Oriente Próximo. Para 2018 es previsible la continuación de tensiones en la zona, pero además puede convertirse en el epicentro de un cambio cartográfico con fronteras permeables.

El uso de Internet y los medios de comunicación social sigue aumentando en los países en desarrollo y se mantiene estable en los países ricos.

Fuente: universoabierto.org

 

Poushter, J., C. Bishop, et al. (2018). [e-Book] Social Media Use Continues to Rise in Developing Countries but Plateaus Across Developed Ones. Digital divides remain, both within and across countries. Whasingthon, Pew Research Center, 2018.

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En los últimos años, han surgido dudas sobre los beneficios generales del acceso a Internet y el uso de los medios sociales. Preocupa o no, la proporción de personas que utilizan Internet o poseen un teléfono inteligente sigue creciendo en el mundo en desarrollo y sigue siendo alta en los países desarrollados. Cuando se trata del uso de los medios sociales, la gente de los mercados emergentes y en desarrollo se acerca rápidamente a los niveles observados en las economías más avanzadas. Además, a medida que la población de las economías avanzadas alcanza los límites superiores de la penetración de Internet, La brecha digital sigue existiendo, tanto dentro de los países como entre ellos

 

En los últimos cinco años ha habido un aumento constante en el uso de Internet entre las 19 economías emergentes y en desarrollo encuestadas. Entre 2013 y 2014, una mediana del 42% en estos países dijo que accedieron a Internet al menos ocasionalmente o que tenían un teléfono inteligente. Para 2017, una mediana del 64% estaba en línea. Mientras tanto, el uso de Internet entre las 17 economías avanzadas encuestadas se ha mantenido relativamente plano, con una mediana del 87% en estos países que utilizan Internet al menos ocasionalmente en 2017, similar al 86% que dijo esto en 2015 o 2016.

Una historia similar se observa en el uso de teléfonos inteligentes. En 2013-2014, alrededor de una cuarta parte de las personas de las economías emergentes y en desarrollo declararon poseer un teléfono inteligente, es decir, un teléfono móvil que puede acceder a Internet y a aplicaciones. En 2017, esa proporción había aumentado al 42%. Entre las economías avanzadas, el 72% dice tener un teléfono inteligente en 2017, la misma tasa que en 2015-16.

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La realidad invisible de los refugiados ambientales.

Desplazados somalíes por la sequía en un campo de refugiados en Mogadiscio, Somalia. (Mohamed Abdiwahab/AFP/Getty Images)

Autora: Carmen Chato.

Fuente: esglobal.org, 20/06/2018.

Aunque legalmente la máxima protección que otorga la Convención de Ginebra que regula el estatuto del refugiado y sus protocolos no lo hacen a día de hoy, cada vez son más las voces que demandan que los desplazados y migrantes que causa el cambio climático sean reconocidos como tal. El debate, que va más allá, tiene como reclamo de fondo el derecho a gozar de un medio ambiente sano, limpio y, sobre todo, sostenible.

En diferentes latitudes del globo, cientos de miles de personas se enfrentan cada día a la decisión de tener que abandonar su hogar de manera definitiva si quieren sobrevivir. Si bien esta situación no es ni mucho menos reciente, si lo es el considerar las variables medioambientales como el origen de estos desplazamientos forzados. Si nos detenemos en las islas de Vanuatu, archipiélago del Pacífico Sur, o de Tuvalu y Kiribati (Oceanía) la subida del nivel del mar ha hecho que poblaciones enteras hayan tenido que abandonar sus pueblos costeros, e implícito en ello sus medios de subsistencia, para buscar un lugar seguro. De hecho, fue un ciudadano de este último país quien solicitó a Nueva Zelanda en 2015 el estatus de refugiado, lugar al que se trasladó con toda su familia años antes debido a la salinización de las aguas por el avance del mar en sus costas. Sin embargo, las autoridades neozelandesas no vieron motivos suficientes para darle refugio según la jurisprudencia internacional en la materia y terminaron siendo deportados a Kiribati. Así, no solo se frustraron las esperanzas de Ioane Teitiota y su familia de encontrar un nuevo hogar sino de ser los primeros refugiados medioambientales de pleno derecho reconocidos de manera legal bajo el paraguas de la Convención de Ginebra.

Circunstancias como estas, en las que la causa de la migración se debe en última instancia a los efectos del cambio climático, se están dando de manera cada vez más frecuente en puntos distantes del globo como México, el cinturón que forman los países del Sahel, las Islas Marshall, Mongolia o Senegal, por solo citar una decena de ellos. A este respecto, Naciones Unidas calculan que para 2050 el calentamiento global forzará a 200 millones de personas a abandonar sus poblaciones en la búsqueda de otros lugares más seguros. Otras estimaciones más conservadoras dan una cifra de 25 millones, mientras que las más inclusivas lo aumentan a mil millones de almas. El hecho de que exista una horquilla tan amplia en los números viene dado, sobre todo, por la falta de consenso en el reconocimiento legal del estatuto de estas personas que buscan protección y que quizá tenga su origen en la escasa actualización jurídica que no se adapta a las nuevas realidades globales.

La importancia que está cobrando la cuestión es cada vez mayor y algunas organizaciones como el Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH) afirma que esta tendencia se está consolidando y que, por ejemplo, las consecuencias de los desastres naturales generan a día de hoy más desplazados que los conflictos armados. Por otra parte, la Organización Internacional de las Migraciones (OIM) aboga por la planificación en todas sus fases, con un enfoque integral en cada una de ellas (desde la prevención hasta el retorno o asentamiento de estas personas) que tiene como fin una respuesta sostenible a largo plazo.

Nos encontramos, por lo tanto, ante dos situaciones que hacen que este sea un problema de complicada resolución, al menos por el momento y tal como están planteados los mecanismos que deciden quién debe ser protegido como refugiado. Por un lado, la ineludible realidad de que los efectos de la actividad humana como la deforestación o la desertificación provocan que poblaciones enteras tengan que desplazarse para no regresar jamás. Por otro lado, el dilema de establecer si este desplazamiento es voluntario o forzado por causas externas, -así como temporal o permanente- marca las líneas del debate sobre la necesidad de un nuevo convenio que equipare estos “nuevos refugiados” a los ya reconocidos por la Convención de 1951 y su protocolo adicional del 1967.

Sin embargo, no estamos ante un debate nuevo. Ya en 1985, el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) dio una primera definición de refugiado ambiental, incluyendo en ella conceptos como los trastornos ambientales marcados, tanto naturales como provocados por el hombre, o la no distinción entre temporal o permanente del abandono del hábitat natural. Incluso iba más allá y alegaba que aquellos proyectos de desarrollo económico o el mal procesamiento de residuos tóxicos que influyeran negativamente en la calidad de vida pudieran ser consideraros como elementos perturbadores que hicieran evidente la obligatoriedad de emigrar a otros lugares más seguros. Así las cosas, y a pesar de esta definición vanguardista en los tiempos previos al protocolo de Kyoto, a las Cumbres del Clima o los Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS), la cuestión continúa más de tres décadas después vadeando entre la indefinición y la asimilación oficiosa de los términos jurídicos internacionales de protección. Así, generalmente, se les incluye dentro de los flujos migratorios de raíz económica y que por lo tanto no son susceptibles de recibir el estatus de refugiado. En la línea del PNUMA, otras interpretaciones del Derecho Internacional Humanitario reclamaban que, ante las evidentes lagunas jurídicas, era prioritario incluir en estos textos la salubridad ambiental; una situación que se ha visto parcialmente mejorada con la inclusión del Derecho Humano a un medio ambiente saludable y no degradado como un derecho de tercera generación, reconocido en el mismo momento que otros como el derecho al desarrollo o a la paz, asemejándolos en importancia y protección.

Una situación que ha llevado a la creación de espacios de reflexión que permitan discernir y perfilar ideas que contribuyan a soliviantar esta protección parcial. En esta línea, la Iniciativa Nansen (puesta en marcha en 2015) por los gobiernos de Suiza y Noruega se posiciona como uno de los procesos consultivos de referencia para salvar la brecha que existe entre la protección dada por los Estados y Organismos Internacionales y la realidad invisible de los refugiados ambientales. Además, en un intento de avanzar notablemente incluyen a los desplazados internos (cuya regulación depende de manera interna de cada país) por causas medioambientales como personas susceptibles de ser protegidas internacionalmente como refugiados, algo que ha analizado recientemente el Banco Mundial en su informe Groundswell: prepararse para las migraciones internas provocadas por impactos climáticos y que maneja cifras de 140 millones de personas afectadas.

Por su parte, la sociedad civil también está intentando visibilizar este asunto. La Fundación Justicia Medioambiental (EJC, por sus siglas en inglés) focaliza su trabajo en darle espacio público a la situación de aquellos que tienen que abandonar su hogar de manera forzada por causas medioambientales, y en especial, subrayando la pérdida de los medios de vida, la destrucción de las comunidades, de la soberanía alimentaria o del acceso a las fuentes de energía y al agua como pruebas suficientes para que sea un derecho reconocido plenamente. Greenpeace, directamente, lo clasifica como “el desastre subestimado” ligando cambio climático, desplazamiento y migración y denuncia que tanto la OIM como el IPCC (el Panel Intergubernamental de Cambio Climático establecido por Naciones Unidas) recomiendan no usar el término “refugiado climático” puesto que genera falsas expectativas.

A pesar de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, los Objetivos de Desarrollo Sostenible (en los que el medio ambiente y su protección tienen un lugar destacado) y del Acuerdo de París firmado en 2015 por 195 países y de carácter vinculante, la situación actual muestra que la cuestión se mueve a ritmo lento. A ello se suma una Convención sobre el estatuto del refugiado que es reflejo de la situación imperante en 1951, en la que se diseñó una herramienta capaz de proteger a aquellos europeos que huían de la Segunda Guerra Mundial.

Hoy en día, y aunque las consecuencias de aquel enfrentamiento global siguen definiendo el mundo actual desde muchos prismas y con variados matices, los países con rentas más bajas, en los que el desarrollo tiene índices reducidos, se ven afectados por un calentamiento global que además no han causado, obligándoles a elegir entre huir sin protección de ningún tipo ni garantías previas o continuar en un lugar que para ellos ya no tiene futuro y otra alternativa en la que impere la sostenibilidad como derecho humano.

El desarrollo de la diplomacia: de la corte a los algoritmos.

Representantes de China, Francia, Alemania, la UE, Irán, Reino Unido y Estados Unidos en el acuerdo nuclear iraní. Fuente: Wikimedia

Autor: Trajan Shipley

Las relaciones diplomáticas entre pueblos son tan antiguas como la existencia de estos. La forma en la que se han ejercido, sin embargo, ha variado a lo largo de los siglos. Repasando los cambios que se han producido en el ejercicio de la política exterior hasta la actualidad, podemos aventurarnos a predecir el futuro que le depara a esta actividad universal.

La naturaleza de la actividad diplomática ha cambiado mucho a lo largo de la Historia. Antiguamente, eran representantes personales de los monarcas, enviados plenipotenciarios, los que se dedicaban a ejercer esta labor. Tras la Revolución francesa y con el nacimiento de la burocracia y la Administración Pública, este papel lo pasó a ocupar la figura del ministro de Asuntos Exteriores. Hoy en día, la diplomacia se inscribe en una realidad transnacional en la que conviven muchos actores interdependientes que configuran la red de relaciones internacionales. En ese sentido, actores como ONG, multinacionales, think tanks y la propia sociedad civil despliegan sus efectos en un nuevo tipo de diplomacia que, en ocasiones, reside alejada de las embajadas.

La diplomacia montada

Las transformaciones que ha sufrido el ejercicio de la actividad diplomática son numerosas. Las embajadas, tal y como las conocemos hoy en día, serían impensables en tiempos del Rey Sol. La figura tradicional del embajador se encuentra hoy mejor reflejada en los diplomáticos saudíes que en los españoles, y el impacto de la tecnología y los nuevos actores mundiales ha comenzado una tendencia que devuelve a esta actividad su carácter ambulante e inmediato típico de sus orígenes en la época clásica y la Edad Media.

Henry Kissinger definió la diplomacia como “el arte de relacionarse entre Estados por acuerdo en vez de a través de la fuerza”. En esta definición, aunque breve, encontramos sus elementos más característicos: es una actividad que ejercen los Estados —u otras unidades políticas— que tiene por objeto relacionarse a través de medios pacíficos. Es fácil encontrar dichos elementos a lo largo de la Historia de la diplomacia; lo que realmente ha variado es la forma en la que se ha ejercido.

Los inicios de la actividad diplomática, que surge por la necesidad de la relación entre pueblos, se caracterizan por su carácter ambulante: los emisarios se mandaban cuando era necesario tratar un asunto. No existía una embajada del Imperio romano en Atenas —aunque sí algo parecido a los consulados— ni Carlomagno contaba con un cuerpo diplomático profesional para mandar a negociar con sus vecinos. De hecho, no sería hasta después del Congreso de Viena (1814-1815) cuando se dotaría a esta actividad de una serie de normas y principios reguladores.

El papado dotó de permanencia a la diplomacia. Fuente: Diego Cambiaso

La diplomacia era una actividad esencialmente rudimentaria que variaba según los implicados. Prueba de ello es el caso de las polis griegas, donde esta actividad se desarrollaba de acuerdo con su apertura y sus prácticas democráticas: los enviados o angelós se dirigían a los propios ciudadanos en las asambleas para transmitir el mensaje de su respectiva polis —algo que contrasta por completo con la confidencialidad de las prácticas diplomáticas habituales—. En la Roma imperial se encuentran los orígenes de la grandilocuencia diplomática —a los enviados extranjeros se les concedía inmunidad y eran recibidos con grandes honores—. mientras que la dinastía Maurya, en la actual India, se caracterizó por el empleo activo de distintas técnicas de espionaje.

Con la caída del Imperio romano, son las ciudades Estado italianas las que inician una actividad diplomática que sentaría las bases de la que conocemos actualmente. Es en este momento, con la acreditación de las nunciaturas apostólicas de la Santa Sede ante las cortes de los monarcas, cuando la diplomacia se convierte en permanente. Hasta ese momento, las relaciones entre los reinos cristianos medievales se habían producido por la llamada diplomacia montada, en referencia a los continuos viajes a caballo por parte de los embajadores de cada reino, que por lo general no residían en el país ante el que estaban acreditados. Es el caso de G. Gómez de Fuensalida, diplomático y militar castellano en la corte de los Reyes Católicos, a quienes representaba ante Inglaterra, Flandes y el Sacro Imperio Romano-Germánico. Pero el diplomático más conocido de esta época sería sin duda alguna Nicolás Maquiavelo, quien vivió este período de normalización de la actividad diplomática, en el que instituciones como la misión permanente y la norma de la reciprocidad se asentaron hasta el punto de exportarse al resto de Europa Occidental, todo lo cual sentaría el precedente de la actividad diplomática actual.

Para ampliar“Diplomacy”, S. Marks y Ch. W. Freeman en Encyclopædia Britannica, 2016

Los ministerios de Asuntos Exteriores

La existencia de un departamento ministerial dedicado en exclusiva a las relaciones exteriores y asuntos internacionales es un atributo de cualquier Estado contemporáneo. Tradicionalmente, ha sido contemplado como una institución dedicada a altos asuntos de Estado, uno de los departamentos fuertes junto con otros, como Defensa, Economía o Interior —razón que justifica que deba ser ocupado por políticos veteranos o reconocidos estadistas—, y, por ende, uno de los puestos más deseados. Así, el ex primer ministro británico Tony Blair confesaba en sus memoriasque, al reconfigurar su gabinete, se hallaba con el problema de que todos sus ministros querían la cartera exterior.

Pero la política exterior y las relaciones diplomáticas no siempre se han centralizado desde un ministerio; su existencia es relativamente corta en comparación con la Historia de la diplomacia. Sus orígenes se remontan al siglo XVI, momento en el que el centro de la actividad diplomática en Europa se localizaba en la corte y era ejercida por nobles y consejeros. El antecedente más directo de un ministro de Asuntos Exteriores lo encontramos en el modelo francés de las secretarías de Estado, cargos de confianza del monarca dedicados a despachar asuntos concretos de una forma algo burocratizada. Algunos señalan a Louis de Revol como el primer ministro de Asuntos Exteriores de la Historia en 1588; en la vecina España, heredera de ese modelo, no encontramos ningún antecedente directo hasta 1714, año en el que Felipe V nombra a un marqués como secretario de Estado. Sin embargo, son los británicos en 1782 y, menos de una década después, los estadounidenses los primeros en crear un departamento burocrático y situar en su cabeza a un ministro con la sola tarea de dirigir la política exterior. Desde ese momento, los ministerios de Asuntos Exteriores han sido la norma en la práctica diplomática.

La forma en la que se organizan estos órganos determina cómo se ejecuta su política exterior. Los modelos de organización varían de país a país, pero tradicionalmente se estructuran en unidades geográficas o funcionales. Las primeras dedican su actividad a la política exterior hacia una región en concreto —por ejemplo, la División para Oriente Próximo y el Proceso de Paz en el ministerio israelí—, mientras que las segundas prestan servicios generales al ministerio —el Servicio de Seguridad Diplomática estadounidense— o desarrollan una estrategia común del departamento o del Estado en un aspecto concreto —como la Oficina de Diplomacia Pública emiratí—. Las unidades geográficas han ostentado un mayor poder en los ministerios e incluso es fácil encontrar jerarquías regionales: el Departamento de Asuntos Orientales británico era visto como el más prestigioso y aristocrático hasta la Primera Guerra Mundial, ya que tuvo que lidiar con la famosa “cuestión oriental” del Imperio británico. Sin embargo, las unidades funcionales han ganado mucho terreno en los últimos años, lo cual pone de relieve que la diplomacia y la política exterior de un país es un asunto multifacético.

El organigrama del Departamento de Estado estadounidense es un ejemplo de compleja burocracia. Es habitual que diversos cargos no se encuentren ocupados por nadie. Fuente: Departamento de Estado de EE. UU.

Aunque la labor tradicional de los ministerios de Asuntos Exteriores ha sido coordinar la acción exterior del Estado, el monopolio de esta actividad está cada vez más en entredicho. Muchos ministros se encuentran demasiado subordinados respecto de su superior, lo cual les deja poco margen de maniobra; al escoger a su secretario de Estado, Kennedy se aseguró de seleccionar a un candidato débil que no rivalizase con él por el control de la política exterior. El aumento de los asesores políticos también favorece que la política exterior se derive de los ministerios a las residencias presidenciales. En España, el personal de los gabinetes de altos cargos creció un 244% entre 1986 y 2015, y no es extraño en otros países que este tipo de cargos desempeñen funciones elevadas —un asesor del presidente surcoreano fue el encargado de convencer a Trump de acceder a la cumbre intercoreana y de anunciarlo a la prensa—.

Sin embargo, ha sido el proceso de globalización lo que ha dotado a numerosas funciones ministeriales de un carácter más internacional, dado que los problemas a los que deben hacer frente en ocasiones trascienden las fronteras de su propio Estado. Así, por ejemplo, los ministros de Defensa protagonizan reuniones internacionales para hacer frente a grupos terroristas y los de Economía se reúnen para analizar el estado de la economía mundial. En el caso de la Unión Europea, esta tendencia se acentúa aún más, ya que todos los ministros nacionales forman parte del Consejo y se reúnen periódicamente para tratar a nivel europeo los asuntos de su cartera. Aunque los ministerios de Asuntos Exteriores siguen manteniendo el control de la política exterior, lo cierto es que sus funciones cada vez son menos exclusivas.

Para ampliarDiplomacy, theory and practice, G. R. Berridge, 2015

¿Cómo se ejerce la diplomacia?

Las misiones permanentes no fueron la norma hasta el siglo XV; hoy en día, Estados Unidos tiene a más de 11.000 empleados de su servicio exterior trabajando fuera de sus fronteras. Asimismo, la aparición de organizaciones internacionales como la ONU o supranacionales como la Unión Europea, en la que se han delegado algunas competencias nacionales, y la frecuencia de cumbres y conferencias internacionales —G20, Foro Económico Mundial, Cumbre Iberoamericana, etc.— han dotado de mucha más importancia al ámbito multilateral de la actividad diplomática.

Número de misiones extranjeras por país. Fuente: Statista

Uno de los aspectos que quizás haya sufrido una mayor transformación es el de la comunicación, actividad en la que se fundamenta en gran medida el ejercicio de la diplomacia. En la Antigua Grecia, una de las tres categorías de representantes diplomáticos era la de los angelós, literalmente ‘ángeles’ o ‘mensajeros’. Hasta la Segunda Guerra Mundial, el uso de palomas mensajeras fue común a la hora de enviar cables diplomáticos y de inteligencia. La valija diplomática, que también goza de inmunidad, ha sido la forma tradicional de envío de correspondencia entre los ministerios de Asuntos Exteriores y las embajadas, y la invención del telégrafo permitió codificar los mensajes y salvar la distancia de océanos.

Sin embargo, fue el teléfono el que realmente revolucionó esta actividad. Con este nuevo aparato, los ministros de Exteriores y jefes de Estado podían mantener conversaciones bilaterales sin tener que salir de su despacho, y en seguida se popularizarían los teléfonos cifrados y las líneas directas entre los despachos presidenciales; así, por ejemplo, la Casa Blanca estaba conectada al Kremlin durante la Guerra Fría con el famoso teléfono rojo. Esta herramienta, no obstante, tiene sus limitaciones, no solo por las dificultades de comunicación y malentendidos que pueden surgir durante la conversación, sino por la falta de seguridad. En el primer caso, es notable la primera conversación telefónica que mantuvieron Enrique Peña Nieto y Donald Trump, en la que el mandatario neoyorquino pidió al intérprete que dejara de traducir y sugirió una intervención estadounidense en México contra los cárteles de la droga. En el segundo caso, son ya conocidas las bromas de los humoristas rusos Vován y Stoliarov, que llegaron a poner en apuros a la ministra española de Defensa o al presidente turco, entre otros.

A finales de 2017, el Ministerio de Asuntos Exteriores de Israel acogió la II Conferencia sobre Diplomacia Digital, en la que diplomáticos y académicos de todo el mundo discutieron acerca del futuro de la diplomacia en relación con la revolución tecnológica. Uno de los asuntos sobre la mesa era el de los algoritmos. En la práctica, los algoritmos se utilizan para prácticamente cualquier operación que realizamos a través de la tecnología en nuestra vida cotidiana: calcular una ruta en Google Maps, una llamada por Skype o configurar la opción de ahorro de batería en nuestros teléfonos. Sin embargo, también se utilizan para influir en el comportamiento de las personas; en el caso de Facebook, ante las críticas recientes, anunció que daría prioridad a contenidos publicados por familiares o amigos antes que noticias. Los algoritmos también  son los responsables de que recibamos publicidad personalizada en las páginas web que visitamos, lo que les ha concedido un peso abrumador en el mundo de la publicidad online al analizar el comportamiento de los usuarios y ofrecer un resultado específico para cada uno.

En la conferencia, uno de los asuntos más importantes que se trataron fue el uso de los algoritmos como herramienta diplomática. Los departamentos de Exteriores israelí y británico ya utilizan este tipo de herramientas en sus bases de datos y también es común en agencias de seguridad nacional como la CIA o la NSA. Imaginemos, por ejemplo, que un algoritmo fuese capaz de calcular la próxima estrategia de Putin en Siria, las consecuencias de una guerra comercial entre China y Estados Unidos o los objetivos de Kim Jong-un en la cumbre con Donald Trump. ¿Qué papel le correspondería a un diplomático en este escenario?

Lo cierto es que la diplomacia tradicional, aquella que es ejercida a través de las embajadas, centralizada a través de un ministerio de Asuntos Exteriores y, en definitiva, únicamente de los Estados, se encuentra en crisis. Cada vez son más los actores que compiten, influyen y forman parte del proceso de toma de decisiones no solo en la política exterior, sino en el funcionamiento de las instituciones políticas. Hoy en día, las empresas multinacionales poseen una política exterior propia, las ONG y otras instituciones de la sociedad civil ejercen un papel decisivo en algunos acontecimientos —el rescate de migrantes en aguas del Mediterráneo, por ejemplo— y los propios individuos, a través de la tecnología, consiguen hacer frente a quienes tradicionalmente acaparaban el poder —recientemente, Irán bloqueaba la plataforma de mensajería cifrada Telegram—.

Sin embargo, hay ciertas funciones diplomáticas que, al menos de momento, no parece que estén en riesgo de desaparecer. Negociaciones complejas como el acuerdo del brexit, la asistencia a nacionales en peligro en el extranjero o la representación ante organismos internacionales son tareas que requieren a especialistas tanto en la teoría como en la práctica. Aunque es muy probable que ya no vivamos en la edad de oro de la diplomacia entre Estados, es una actividad que, lejos de desaparecer, se encuentra desde su formación en un proceso de cambio continuo. Habrá que estar atentos para ver qué tiene por ofrecer la diplomacia del futuro.